La Reserva Biológica Cordillera de Sama ofrece a los pobladores la oportunidad de ser vigías de la zona y explotar su potencial turístico. La construcción del albergue es un primer paso.
Miguel Vargas • Fotos: Pedro Laguna
De que se siente, se siente. No importa que las parinas paseen rosadas cruzando las aguas salinas de la laguna grande. No importa que las luces del sol y la luna coloreen las montañas según les dicte el capricho de las horas. No importa que el cielo se pinte azul sereno por la tarde y ahuyente luminoso los copos de nube. Mucho menos importa que el viento silbe melodías ancestrales sobre el camino del Inca. El frío penetra y cala los huesos. Se siente.
Un edificio de piedra es el vigía de la laguna grande en la comunidad de Pujzara. Durante el recorrido de 80 kilómetros desde la ciudad de Tarija, la Reserva Biológica de Sama despliega decenas de paisajes y los acomoda en las ventanillas de los coches. Primero presenta la niebla espesa que esconde el camino y la ciudad mientras los coches suben la cuesta, que ha tenido que saborear varias veces las cenizas por los chaqueos.
En esa cuesta es que empieza la Reserva Biológica Cordillera de Sama, un área protegida que se ubica al extremo oeste del departamento de Tarija. Esta reserva contiene las zonas fisiográficas del altiplano y los valles interandinos.
Su extensión es de 108.500 hectáreas y fue creada con el Decreto Supremo Nº 22721, el 30 de enero de 1991. Con la intención de salvaguardar la riqueza natural de la zona, el año 1996 se conformó una institución de la sociedad civil denominada Protección del Medio Ambiente Tarija (Prometa), que comenzó a trabajar en ciertas áreas como la educación ambiental, viveros forestales, investigación, desarrollo comunitario, apoyo a la mujer campesina, manejo de cuencas y otras actividades más.
Actualmente dependiente del Servicio Nacional de Áreas Protegidas (Sernap), la Reserva de Sama se ha constituido en un reto para la subsistencia de 12 comunidades que tienen su lecho en estas tierras. En esta lucha, la belleza de paisajes y especies en extinción se unen en una sola concepción: Ecoturismo.
Sobre la cuesta de Sama, los contrastes se elevan entre los 3.700 y los 4.700 metros de altura sobre el nivel del mar en el área altiplánica. Si bien la reserva recorre cuatro ecorregiones diferentes con numerosas especies de fauna andina como la vicuña, el cóndor, el venado o el zorro andino; y con una flora muy particular que incluye a la yareta, la quewiña y el pino del cerro, esta última, una especie hoy en peligro extinción.
El refugio de Pujzara Entre las poblaciones que viven dentro de la reserva destaca la comunidad de Pujzara, población que está formada por unas 51 familias y cerca de 275 habitantes. Los suelos áridos y las bajas temperaturas han limitado la mayor parte de las actividades económicas de los lugareños, que tienen en la ganadería uno de sus principales fuertes, pues con el apoyo de las ONG han logrado montar un centro que se ha especializado en la cría de llamas para el manejo sostenible de la especie en la región.
Los pobladores han sabido enfrentar la migración a la Argentina y otros lugares gracias a la confección de prendas de lana de oveja que ellos mismos comercializan en las ciudades. Sin embargo, la continua presencia de investigadores y turistas interesados en su riqueza natural ha abierto nuevas posibilidades de cara al futuro.
En la zona se halla una de las principales lagunas en la que gracias a su tranquilidad y condiciones naturales se puede encontrar una variedad de especies de aves como las socas cornudas (Fulica cornuta), las gaviotas (Larus serranos) y tres especies de parinas. También es el primer paso para ingresar en una importante zona arqueológica en la que existen restos de cerámicas y puntas de flecha.
Y, para disfrutar de todo esto, se alza un refugio para los visitantes.
Un lugar donde dormir ¿Cómo surgió la idea de construir un albergue ecoturístico en esta comunidad? "Bueno, se decía que venían muchos turistas y que les gustaba quedarse en estos parajes por muchos días, pero, debido a que no había dónde dormir, venían y se volvían", explica Emilio Choque, un hombre de 25 años que es actualmente el responsable del albergue. Su casa queda a un par de kilómetros, que recorre estoico ante el embiste de un viento que da rienda suelta a su congelada furia.
Coordinando esfuerzos con la ONG Prometa y el Sernap, la comunidad logró el apoyo de varios gobiernos extranjeros, lo que hizo que se volviera realidad el sueño de levantar el albergue de piedra.
Montado sobre una elevación que permite una vista general de la laguna y de las montañas, el refugio ofrece comodidad a quienes lo visitan. "Aún faltan algunos complementos, más que todo en la refacción y la instalación eléctrica. El sistema de agua tiene todo completo", explica Emilio, quien espera que en dos meses se solucionen los problemas para recibir a los turistas ampliamente.
La capacidad de la infraestructura varía entre las 20 ó 30 personas, pudiendo albergar incluso a más gente. Actualmente se dispone de 12 camas en las cinco habitaciones, además de una sala comedor, cocina, baños y espacios donde es posible celebrar reuniones. Allí también se vende la artesanía que se produce en la zona.
Un té caliente con galletas impide que el frío siga maltratando los huesos. Un suspiro y Choque comenta que el invierno es perfecto para apreciar este sitio de anidación y reproducción de una gran cantidad de aves silvestres migratorias. Con una superficie de 346 hectáreas en época seca y 970 hectáreas en la de lluvia, la laguna alcanza 1,95 metros de profundidad.
Algas, plantas sumergidas y emergentes nutren a este rincón lacustre, que se rodea por un área de inundación en que crece un tipo especial de pasto. Sus aguas, mientras tanto, se rodean por dunas, la antesala al camino del Inca.
Esta vía era utilizada por los antiguos pueblos incaicos como medio de comunicación entre las zonas andinas con los valles intermedios y bajos, ambos parte de la reserva, por lo que significa una caminata en que se puede apreciar la transición entre un paisaje y otro. En la actualidad sigue siendo empleada por los pobladores del valle de Calderillas, ya que es el único acceso entre altiplano y valle.
El camino conserva el empedrado todavía en buen estado y tiene todas las características de los senderos incaicos: Un canal de desagüe, plataformas y unos grandes muros de protección, soldados de manera magistral gracias a la ayuda de grandes bloques de piedra.
El paisaje que regala el camino, entre tanto, permite en ocasiones contemplar el vuelo de los cóndores, fulgurantes caídas de agua, arte rupestre y el canto de los ríos.
Para el turista, el refugio de Pujzara significa así una invitación a descubrir la naturaleza del altiplano y el valle tarijeños. Dentro de la instalación, además, se cuenta con agua caliente, comida y unos muros de roca que, por más que se enfurezca el viento, nunca ceden.
Para Emilio Choque, en cambio, la vida allá tiene otros significados. Son cuatro personas en su familia a las que debe alimentar, sumándose a su esposa, Adriana, y a sus dos pequeños, de cinco y un año y medio. El trabajo como artesanos, por el momento, es lo que les sostiene, pero esperan que pronto, aquel frío que no sólo depende del paisaje, sino que tiene que ver también con la pobreza, deje de sentirse en los huesos para siempre.