Un grupo de 50 alumnos se prepara ya para intentar vivir del teatro. Para ello, cuenta con la mejor escuela que hay en Bolivia, en Santa Cruz.
Óscar Díaz Arnau Fotos: El Nuevo Día
Sentados y tiesos, interpretan textos. Son dos jóvenes que sostienen unas hojas con las dos manos y actúan, ponen énfasis, interpretan los escritos frente al resto, un grupo de alrededor de 20 alumnos de teatro dispuestos en ronda, desperdigados por el suelo, por alguna banca, por una mesa, por donde sea... la libertad es la tónica.
¿Por qué un joven decide estudiar teatro? ¿Desde cuándo ésta puede ser una buena profesión? Una vez más, arte versus ciencia.
Todo se comprende cuando uno se encuentra ante una impresionante infraestructura, que ha costado más de 600 mil dólares, que es envidia de cualquier universidad. Es el refugio diario de los estudiantes de la Escuela Nacional de Teatro, la única del país, en el populoso barrio conocido como Plan 3.000 de Santa Cruz de la Sierra.
Hasta la “Ciudad de la Alegría”, como se denomina al complejo donde está la escuela, llegan cada día decenas de curiosos con la premisa de ahondar en este proyecto nunca antes desarrollado en Bolivia. Es la primera vez que el país tiene una escuela de teatro de la que sus alumnos saldrán con un título a nivel de licenciatura (con mención en Dramaturgia, Dirección y Pedagogía) o Técnico Superior.
En otra aula, mientras, todos corren, saltan y hacen piruetas. Vuelan, se estiran como elásticos y caen lentamente. La clase de acrobacia es el tiempo para las volteretas, para respirar y trabajar con el cuerpo.
Las primeras generaciones de artistas profesionales —aproximadamente 50 alumnos cuyas edades oscilan entre 22 y 38 años— se forman actualmente en los dos únicos cursos de la escuela: primero y segundo. Para ello, le dedican a su carrera todas las mañanas y las tardes, seis días cada semana.
Emilio Gasaui, el profesor sucrense de acrobacia, estudió ocho años en Chile y paseó su arte como trapecista en varios circos de talla mundial, entre ellos el de Moscú. Dice que los jóvenes aprovechan al máximo la materia porque saben que les aporta más recursos.
El director de la escuela, Marcos Malavia, orureño residente en París, intentó desarrollar este proyecto en distintas ciudades del país —La Paz, Cochabamba y Sucre—, hasta que las puertas se le abrieron en Santa Cruz, a través de la fundación Hombres Nuevos. Actualmente, esta institución, creada por monseñor Nicolás Castellanos, obispo español afincado en Bolivia, tiene dos desafíos: saneamiento y educación para el Plan 3.000.
La Escuela de Teatro, integrada en esta idea, cuenta con el techo académico de la Universidad Católica de Bolivia, al igual que otras dos carreras: Informática y Turismo.
Hugo Francisquini, subdirector de la Escuela, está contento. No podía ser de otra manera. Y sigue atento la clase de lectura e interpretación, primero, y la de acrobacia después. En una, dos voces acorralan el silencio de los demás. En la otra, los cuerpos en acción se hacen dueños de todos los sentidos.
Ellos tienen la ventaja de contar, además, con una moderna sala de teatro para 500 espectadores —recientemente inaugurada—, un escenario de 14 metros de boca por 12 de fondo, camarines amplios y una gran sala de ensayos que replica las dimensiones del escenario.
Pero eso no es todo. También disponen de una sala únicamente para acrobacia y otras para canto, vestuarios, camerinos y duchas.
Por otro lado, en un bloque aparte funciona una residencia para jóvenes de otros lugares, con un costo mínimo, en función de las posibilidades de los estudiantes.
La escuela y la gente Mediante la unidad de producción estudiantil, los alumnos canalizan sus obras y las presentan al público en general. Así, ya llevaron su teatro a 36 colegios de Santa Cruz.
Francisquini está enfocado en la necesidad de crear una cultura del teatro, de perderle el miedo a entrar a una sala, de recuperar al joven y al niño. Por eso se explica la llegada de la escuela a los colegios.
También enfatiza en un cambio de mentalidad que se advierte en el país, donde el ámbito laboral del actor se va expandiendo, entre otros campos, a la publicidad. Como ejemplo, señala la contratación de 25 jóvenes de la escuela para que actuaran en los stands de la Feria Exposición de Santa Cruz.
Los estudiantes, por su parte, aseguran que las clases les permiten crear su propia dramaturgia y ampliar horizontes no solamente haciendo teatro de sala, sino también teatro callejero, contemporáneo, conceptual o de vanguardia.
Son, además, de los que consideran que se puede llegar incluso a vivir exclusivamente del teatro.
Y en su día a día, amén de pasar materias como danza, canto, acrobacia, yoga y tai-chi, asisten igualmente a talleres dirigidos por profesores nacionales e internacionales. El próximo será el de César Brie, director del Teatro de los Andes, reconocido por especializarse en un trabajo físico, corporal y visual, antes que interpretativo.
Los testimonios
Un nuevo horizonte Porfirio Azogue, cruceño de 25 años, ha participado siempre en seminarios y talleres desde 1999 y, ahora, sigue esta carrera de teatro a nivel universitario. “Materias como acrobacia o canto, además de la gente que viene de afuera, hacen que nosotros tengamos un horizonte nuevo, para que seamos profesionales con un título reconocido”. Actualmente, Porfirio es también miembro del grupo Ditirambo, que tiene ya seis años de experiencia en esto de las tablas.
Por amor al arte María Peredo, cochabambina de 23 años, está haciendo realidad un sueño de toda la vida. Trabajó antes en algunas obras como aficionada y ahora cursa el segundo año de la carrera. Siempre reconoció la necesidad de estudiar teatro y, en cuanto se enteró de la apertura de la escuela, dejó todo y se fue a Santa Cruz. “La Escuela ha sobrepasado todas mis expectativas”, dice ella, que destaca el hecho de compartir el arte del teatro con la comunidad del Plan 3.000.