Saltimbanquis, mimos, músicos y malabaristas copan las aceras de La Habana vieja trepados en sus zancos. Robar una sonrisa a niños y turistas para ellos es la supervivencia.
Álex Ayala Fotos: Alejandro Azcuy
Una lluvia de zancos aporrea el suelo a ritmo de unos tambores. Un baile de colores sigue a continuación. Los niños acompañan la escena con gestos de asombro y con palmadas, hasta que son invitados a pasar por debajo de las piernas interminables de los integrantes de la agrupación Tropazancos Cubensi, un elenco callejero de artistas que los martes, miércoles, sábados y domingos ameniza la vida de las calles cubanas de La Habana vieja.
Olivia, a secas —como gusta que se le reconozca—, viste por lo menos una docena de colores. Tiene el gesto pícaro de quien vive de moldear la cara de mil maneras y es una de las fundadoras del grupo que hoy ha conquistado la plaza de Armas de la capital de la isla.
"Comenzamos en el 2000 —rememora—, viajando de un lado a otro con obras de teatro con mensajes ecológicos, enseñanzas para las comunidades en cuanto a maneras de vivir más sostenibles y como alternativa para sobrellevar con alegría las necesidades que sufrimos por ser un país bloqueado".
La función continúa. El ruido de tambores ocupa la plaza nuevamente y los malabaristas, músicos, mimos y demás tropa conquistan uno de los enclaves principales de la parte más vieja de la ciudad, donde el arte se respira por todo lado a modo de galerías, exposiciones, tríos y cuartetos musicales y guardianes de vetustos y amarillentos libros.
Por amor al arte Tropazancos, por lo menos, ha dado ya con su sitio dentro de un panorama difícil, pues cada año de las universidades y escuelas de Cuba salen decenas de artistas dispuestos a demostrar sus buenas mañas. Los teatros, sin embargo, no consiguen dar cabida a todos.
Pero Tropazancos ha encontrado cobijo bajo cielo abierto, en la calle. "La alternativa son los zancos. Por medio de ellos cada uno tiene un escenario bajo sus pies".
Hoy, gracias a ese espíritu se ha formado toda una comunidad dedicada a amenizar la vida de los habaneros, los curiosos y los turistas. Y del sueño que comenzaron sólo tres personas ya participan 16. "Algunos somos graduados de las escuelas de arte de La Habana: de música, de danza de interpretación... Hay también bailarines folklóricos con formación popular sumamente profunda. Y lo mismo ocurre con los instrumentistas".
En un momento de descanso, uno de los muchachos, el trompetista, aprovecha para soltarse con un solo que tiene una carga tremenda de melancolía. Él es vivo ejemplo de la variedad de personalidades que se han dado cita en el grupo.
"Representamos muchas maneras de existir. Tenemos desde intelectuales hasta personas muy sencillas, desde gente joven hasta más madura, a quien le gusta la salsa, el jazz, el hip hop o el metálico. Y hay hasta una chica que llegó desde una comunidad y empezó de cero".
Y todo, casi por amor al arte. "Somos gente humilde que no necesita muchas cosas. Nuestras madres nos colaboran, por ejemplo, con los vestuarios y tratamos de que todo sea lo menos costoso posible".
Luego, en la agrupación cada uno tiene un rol bien definido. Unos cuantos tocan música —desde cha cha chá hasta conga, rumba e incluso reggaeton—. Otros manejan esperpentos, títeres gigantes y hacen malabares. Y no falta tampoco quien nos maquilla".
Los pocos pesos que consiguen de los turistas, mientras, los reparten, y sirven como impulso para que el proyecto siga aún adelante.
La historia de Las Krudas Un ejemplo de esto último lo conforma el conjunto de hip hop Las Krudas, del que Olivia forma parte.
Así, sus discos, en buena manera, son financiados con el dinero que se recauda poco a poco por las calles.
Las Krudas, además, es una de las primeras bandas de hip hop de mujeres que se han conformado en Cuba, quizá la única compuesta por lesbianas —antes eran tres integrantes, pero ya son sólo dos—.
Como ellas se definen, se dicen Las Krudas por su negrura, por su gordura, por ser mujeres y por su discurso de lucha contra el machismo, la discriminación y la opresión.
Letras como "120 horas rojas", que habla con crudeza y una oscura melodía sobre la menstruación, dan una idea del trabajo de estas chicas.
Es la otra cara de la calle. Mientras Tropazancos Cubensi es una agrupación que está pensada para alegrar la vida de la gente, especialmente de ancianos y niños, Las Krudas le ponen un toque de denuncia a la cotidianidad de la urbe.
La reacción del público En la plaza, parece que se ha armado una revolución. Un mimo se confunde entre el público con expresiones de una profunda ternura. Las damiselas y los caballeros de los zancos se arrancan con un baile trepidante. Los malabares vuelan entre unos y otros. Y Olivia pasa la bolsa en busca de agradecimiento.
Llevan más de media hora actuando sin descanso. Y es que el tiempo pareciera que nunca transcurre por las calles de La Habana.
Tras la función, algunos niños se acercan para tomarse fotografías. Realmente llaman mucho la atención los saltimbanquis. Después de las tomas de rigor, las enormes plataformas de madera se apoyan en las columnas de la plaza y los artistas buscan un descanso merecido.
Aunque exhaustos, a todos se les siente en su salsa. Pese a haber visitado festivales en Brasil y México, para Tropazancos no hay nada como el sabor añejo de La Habana.
"Somos un grupo de nuestras calles, en la calle, para la calle y desde la calle", resume Olivia, enfundada en un traje ancho, como de bufón, que aumenta sus encantos.
"¡Adelante!... la orden pone en alerta a todos los del grupo, que se levantan de su letargo como un resorte camino a invadir las aceras nuevamente. Detrás, como reguero de pólvora, avanzan decenas de niños de todos los colores. Son blancos, negros, mulatos y trigueños que hacen suya una de las máximas de Tropazancos: La unidad sólo es posible en la diversidad.