Todo proceso electoral, ¡y el reciente ha sido pródigo en ello!, deja alguna lección; la democracia es un aprendizaje permanente y tal es su encanto —imaginarla como pura mecánica cívica es aterrador—. Recojo e interpreto las que considero sustanciales a efectos de reafirmar una convicción personal —y colectiva, espero—: ha quedado demostrado el poder de cambio implícito en la democracia; y, en un horizonte previsible, no se visualizan contextos alternativos para desarrollar cambios políticos, económicos y sociales. Vuelvo a insistir en que hoy —esto es en extremo importante— para que el cambio sea posible y duradero, deberá producirse en democracia y solo en democracia.
La aplastante victoria obtenida en las urnas por un ciudadano oriundo de una de las zonas más deprimidas del país, que fue virando de posturas autoritarias —tributarias de un sindicalismo intolerante— a una adhesión, esperemos que sincera, al sistema democrático (habiendo pasado por un largo periodo durante el que mantuvo un pie en cada uno de ambos mundos) permite asegurar que por la magnífica votación expresada en el ámbito rural como pocas veces se ha visto, la democracia representativa ha sido incorporada con entusiasmo al régimen de “usos y costumbres” contribuyendo también, en ese sentido, a refrescar el sistema. Lo que en realidad se manifestaba en el discurso de la inclusión era el acceso de los sectores postergados a las posibilidades que brinda la modernidad, tarea que seguramente tendrá en el Presidente electo a su timonel; para fortuna suya tiene el viento a favor.
El cuadro descrito tiene sus consecuencias prácticas en abono de la propia democracia; en torno a la manoseada Asamblea Constituyente, por ejemplo. Si un ciudadano de cuna humilde ha conseguido encumbrarse por la vía democrática sin haber violado sus prescripciones (dejando atrás su antiguo comportamiento, se mostró mucho más demócrata que su adversario conservador), no hay pretexto para tratar de imponer una asignación de tipo corporativo de los constituyentes bajo el argumento de “usos y costumbres”; ya está demostrado que la democracia del voto individual forma parte de ellos. La colosal dimensión de la votación alcanzada por el ciudadano Morales convierte en ridículo cualquier pedido en tal sentido. Lo peor para sus expectativas constituyentes que podría hacer el próximo gobierno es postergar la elección de los representantes; con el impulso que trae, no va a necesitar forzar (imponer) la composición de la Asamblea. Quien quiera postularse que se someta al veredicto popular expresado en las urnas; así lo hizo Evo y le fue mejor que mejor.
Así como varios de los instrumentos de lo que yo llamo parademocracia desde arriba —encuestas, marketing electoral, democracia de mercado, manipulación mediática, etc.— fueron puestos en seria cuestión en la última elección; el proceso preconstituyente debe hacer lo propio con la parademocracia desde abajo —corporativismo, culturalismo, societarismo, etc.— Esto se conseguirá en tanto se vuelva a contar con un sistema de partidos, esencial en democracia.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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