¿Y qué piensan los rusos? Según una encuesta, tres de cada cuatro ciudadanos son partidarios de enterrar el cadáver y destruir el mausoleo. En 1924, cuando murió Vladimir Illich Ulianov, más conocido como Lenin, parecía mucho más viejo de lo que revelaban sus 53 años. En 1918 había recibido dos disparos en un atentado y en 1922 padeció un derrame cerebral que lo apartó por un tiempo de las tareas del gobierno soviético. Sus últimas fotografías son dramáticas. Una lo muestra con mirada perdida y rictus de enfermo mental. En ese punto estaba consumido por la arteriosclerosis y era incapaz de articular palabra. Otra, aún más impresionante, lo hace ver como un octogenario reducido a su silla de ruedas y su gorra de cuero.
Seis meses después de estos tremendos testimonios, el héroe de la revolución bolchevique, ateo y materialista, moría en Gorki. El 21 de enero de 1924, faltando diez minutos para la siete de la noche, falleció el fundador del Estado soviético.
Se dijo que la causa de la muerte había sido una sífilis. Mentiras perversas. Lo que acabó con Lenin fue un paro cardiorrespiratorio, sin contar con los dolores morales, políticos e histórico-dialécticos que el patriarca de un experimento tan dudoso debía de acumular en el alma. Después de haber arrastrado su parálisis y su mudez durante dos años, era fácil pensar que al morir había descansado verdaderamente en paz.
Pero no. Fue entonces cuando empezó el verdadero calvario de Vladimir Illich Ulianov. Sentenciado a la dudosa gloria de la momificación, el cadáver escuálido de Lenin fue puesto en manos de un equipo médico para que lo embalsamara y lo convirtiera en un remedo vivo del líder muerto. Al frente del grupo estaba el doctor Abrikosov, cuyas primitivas técnicas de preservación de cadáveres consistían apenas en inyectar sobredosis de formol, alcohol y glicerina en el triste fiambre. El resultado con Lenin fue fatal —si cabe la expresión—, pues al cabo de pocos días el proceso natural de descomposición le había sacado ventaja al de conservación. En suma, el caudillo empezaba a deshacerse.
Mientras tanto, una cuadrilla de obreros levantaba en jornada completa un mausoleo en la Plaza Roja para entronizar el padre de la patria con traje de paño y corbata, como cualquier banquero suizo.
Alarmados por lo que ocurría a los restos del héroe, los gobernantes acudieron a un profesor provinciano para salvar el cuerpo del deterioro que sufría. Él y su equipo acudieron a Moscú y lograron su cometido. Para ello tuvieron que bañar con frecuencia el cadáver en una piscina química escondida en el mausoleo y aplicar retoques, inyecciones y unturas que garantizaran la inmortalidad material de los despojos.
Así “vive” Lenin en su monumento desde hace más de ochenta años. Desde allí ha visto subir y caer a Stalin, surgir y apagarse el gulag, levantarse y hundirse a Kruchov y otros líderes y, finalmente, derrumbarse el régimen dictatorial que él inició para dar paso a un híbrido de autoritarismo, democracia y plutocracia, que es lo que hoy rige en Rusia.
Periódicamente, los gobiernos de Moscú se han preguntado qué solución adoptar con el hombrecito de negro y su mausoleo. Más de uno se ha planteado la posibilidad de hacer con él lo único serio que se puede hacer con los muertos, que es sepultarlos o incinerarlos. Pero no se atreven.
La última vez fue hace pocos días. Un asesor del presidente Vladimir Putin señaló que quizás ha llegado el momento de enterrar al prócer. En apoyo suyo se levantaron algunas voces, como la del director de cine Nikita Mijalkov, quien afirma que los costosos lavados químicos sostienen un “espectáculo pagano” y son un insulto al pueblo ruso. Pero el líder del Partido Comunista —supérstite de otros tiempos— amenaza con una huelga si alguien osa tocar la egregia momia.
¿Y qué piensan los rusos? Según encuesta de una emisora, tres de cada cuatro ciudadanos son partidarios de enterrar el cadáver y destruir el mausoleo. La opinión más interesante, sin embargo, no podrá conocerse nunca. Es la del propio Illich Ulianov, condenado a un exhibicionismo post mortem que quizás habría sido el primero en repudiar. Sepultemos al pobre Lenin y que Dios lo acoja de una vez por todas en el cielo de los ateos.
*Daniel Samper P. es periodista.
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