Hace sólo dos meses, el país se desenvolvía en medio de una tensión inaguantable, donde la adversidad se acercaba peligrosamente a un odio desbordante entre clases sociales, razas y regiones que a muchos hacía predecir que la única solución viable, para un país tan inviable, sería una cruenta guerra civil.
Pero el amplio margen de la histórica victoria del movimiento
masista sobre su más cercano oponente, dejó a propios y extraños estupefactos, mostrando al país y al mundo que Bolivia vivía una nueva y propia realidad, con el ascenso de un indígena a la primera magistratura, como producto del voto de los suyos y de las personas cansadas del manoseo de los políticos tradicionales, que durante años se sirvieron de los menos favorecidos para sustentarse en el poder.
Con este triunfo, el flamante presidente y su entorno se enfrentarán a grandes desafíos, producto de las promesas electorales y de la presión de propios y ajenos, lo que los obligará a efectuar cambios trascendentales, que serán tipificados como revolucionarios, tanto en el ámbito económico como en el político.
Pero consciente o inconscientemente, el futuro presidente Morales puede ser el autor de otra revolución que ningún caudillo ha logrado en Bolivia, aquella revolución que podría denominarse, como la de la identidad boliviana, en la cual los que siempre se consideraron los ignorados, por efecto de esta victoria han demostrado su poder, en tanto que los de las clases privilegiadas comprobaron que ya no eran los poderosos de otrora y que no podrían coexistir ignorando a los otros.
Logrando este ascenso de unos y el realismo de otros, aglutinarnos a todos en un punto de convergencia que permitirá un entendimiento, que ni siquiera la revolución del 52 pudo lograr, donde los llamados blancos, mestizos e indígenas ya no nos midamos por el color de la piel, sino por nuestras reales intenciones y el producto del corazón.
Cambio revolucionario que finalmente pueda moldear al nuevo hombre boliviano, permitiéndonos obtener una identidad nacional propia, cuyos atisbos ya han empezado a perfilarse, al sentirnos, unos más y otros menos, primero indignados ante una broma de mal gusto realizada a nuestro futuro Presidente, pero luego orgullosos al ver que a aquel indígena, que hace pocos días atrás sólo lo denominábamos como Evo, sea el hombre al que los poderosos del mundo han recibido con respeto, otorgándole su apoyo, mereciendo que todos los medios de información mundial hayan dado amplia cobertura al hecho noticioso, algo que ningún otro personaje nacional pudo lograr y no por lo folklórico que ello pueda representar para algunos, sino por la actitud no protocolar, pero muy digna que este nativo boliviano, nacido en humilde cuna, pero orgulloso de su ancestro, haya mostrado ante las potencias mundiales y los hombres que las representan.
Esperamos que esta fuerza que se percibe, sea digna y lealmente interpretada por quienes pronto detentarán el poder, logrando que algún día, todos podamos constituirnos en una sola identidad, con orgullo de nuestro pasado y del presente, en una conjunción que se logre, no por la lucha de clases o de razas como algunos ortodoxos persisten todavía en implantar, para lograr la síntesis del conjunto, sino como producto de las enseñanzas de amor hacia el prójimo, sea de la clase, región o raza que sea, en concordancia con las enseñanzas del más grande revolucionario que el mundo ha conocido: el llamado Jesús de Nazareth, porque no es con odio como se logran los fines comunitarios, sino con amor hacia una patria, el terruño y hacia aquellos que la habitan.
*Víctor J. Aloisio B. es administrador de empresas.
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