Las noticias sobre el espionaje telefónico que se realizó en Estados Unidos con la venia del presidente George W. Bush son emocionantes y esperanzadoras, porque podrían conducir a su destitución, como le ocurrió a Richard Nixon.
Un Gobierno que es acusado de haber autorizado el uso de la tortura en cárceles clandestinas que tiene Estados Unidos en Europa, de haber autorizado el espionaje telefónico, de haber mentido en el caso de las razones para invadir Irak, de haber hecho fraude electoral, tendría que ser sometido al ´impeachment´, si es que ese país quiere tener una imagen digna en el mundo.
Un columnista del diario The Independent de Londres dijo que la corriente de gobiernos de izquierda que surge a borbotones en Sudamérica no está inspirada en el marxismo, sino en la comprensible antipatía que sienten los pueblos de esta región por el señor Bush.
Pero el tema es mucho más profundo que la antipatía de este personaje. Tiene que ver con la crisis del sistema económico que impera en el mundo.
Es bueno observar que los países de Sudamérica, unidos por aquella antipatía hacia Bush, no avanzan hacia regímenes socialistas ni mucho menos; se quedan en una actitud crítica respecto de las condiciones en que se practica el libre comercio en el mundo. El único escenario donde la región actúa unida y con coherencia, es en la Organización Mundial del Comercio (OMC), donde se la conoce como el grupo de los 22.
Si pareciera que los países de nuestra región han tomado en serio aquello del libre mercado, del libre comercio y de la globalización, pero quisieran que las reglas del juego sean honestas, por lo menos. Que si se debe dar reglas claras y permanentes para las inversiones, haya también reglas claras y permanentes para el comercio mundial. Que se eliminen, en suma, los subsidios agrícolas que practican Estados Unidos y Europa, las dos regiones que en estéreo nos mandan mensajes sobre lo importante que es aplicar reglas claras para las inversiones, pero que violan las leyes sobre el dumping. Que en lugar de perdonar deudas de países pobres dejen de aplicar las políticas que los empobrecen. Que no condonen deudas, que hagan lo necesario para que los países no tengan que endeudarse tanto y entrar en mora.
El señor Bush es antipático y ahora lo es más no solamente por el caso Irak, por las cárceles clandestinas, por las torturas que autoriza, sino por el desastre que está transformando el clima de todo el mundo, mientras Estados Unidos se niega a firmar el tratado de Kyoto. Y nosotros, los latinoamericanos, vecinos de la potencia, pues quisiéramos mostrar nuestra indignación por todo ello. Nuestros candidatos ganadores son, en realidad, mensajes que envían los pueblos, mensajes de indignación por este imperio que está provocando estos problemas. Un imperio que parecería haber encontrado a su Calígula.
Si Dios es grande, el señor Bush tendría que ser destituido por el Congreso de Estados Unidos. Sería el primer paso hacia una reconciliación, incluso con Dios. Lo demás tendría que consistir en corregir las políticas desastrosas que aplica la potencia y que están destruyendo el mundo.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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