Una teoría asegura que el cuerpo del monolito Pajsimama, pareja del Bennet, podría estar cerca de Akapana. Un equipo trabaja ahora con la ayuda de un georadar buscando respuestas.
Danilo Villamor y Álex Ayala Fotos: Pedro Laguna / Cortesía del Museo Núñez de Arco
La cabeza del monolito representa a una diosa de nombre Pajsimama —la Madre Luna—. Catorce trenzas, que terminan conformando cóndores, cuelgan de su parte posterior y también por las sienes. Una especie de turbante cubre la parte superior y la melena, alrededor, concluye en figuras que podrían ser de pumas. La cara exhibe ojos alados que acaban en forma de pez y de la boca salen cinco testas de cóndor hacia abajo y dos hacia arriba. Las orejas, en cambio, están primitivamente señaladas”.
La descripción que el arqueólogo Arturo Posnansky hacía en 1945 de la cabeza lítica, tallada en piedra andesita y de más de 1.300 kilogramos de peso, es minuciosa. No podía ser para menos, pues esta estela está muy vinculada en la historia a la del monolito Pachamama, más conocido como Bennet, descubierto por el investigador Wendell C. Bennet en 1932. La diferencia entre las dos estriba en que a Pajsimama le falta el cuerpo.
Mientras la misteriosa cabeza lítica descansa ahora en el museo arqueológico ubicado en la localidad de Tiwanaku, a pocos metros de las ruinas del mismo nombre, cientos de preguntas se agolpan en torno a ella: ¿Por qué se ha encontrado la parte superior del monolito y no la inferior? ¿Dónde está el cuerpo? ¿Cuál es su relación con el Bennet? Hoy, un equipo de la Dirección Nacional de Arqueología (Dinar) trabaja ya para dar respuestas a muchas interrogantes.
Búsqueda en Akapana Según las investigaciones, encabezadas por el antropólogo Danilo Villamor Encinas, parece ser que ambas estelas se hallaban emplazadas en las cercanías de la pirámide de Akapana, tal y como cuentan algunas crónicas de épocas pasadas.
En 1541, Cieza de León afirmaba: “Delante de este cerro —refiriéndose a Akapana— existen dos ídolos de piedra del talle y figura humanos”. Al respecto, en referencia a los colosales monolitos, también escribía Garcilaso de la Vega en 1609. “Había dos figuras de gigantes con vestiduras largas hasta el suelo y sus tocados en las cabezas”, decía. A su vez, el religioso carmelita Vázquez de Espinosa contaba en 1629 que al lado del pueblo de Tiwanaku se “veían un cerro hecho a mano —en relación a la pirámide— y dos figuras humanas de notable grandeza con unas como diademas en la cabeza que debían ser de ídolos. A su lado, se divisaba una antiquísima muralla”.
Hoy, siguiendo estas pequeñas pistas, los investigadores de la Dinar están buscando el cuerpo perdido de Pajsimama. Y su posible hallazgo marcaría realmente todo un hito en la historia de la arqueología boliviana de las últimas décadas.
Ante semejante desafío, pese a los cambios en el paisaje y al largo tiempo transcurrido, no están solos, pues cuentan con el apoyo de un georadar. “La labor de este aparato —explica Villamor— es recoger imágenes o radargramas, mapas en planta que se toman a diferentes profundidades y que muestran las alteraciones, en escala de colores, que existen bajo la superficie de forma similar a lo que se obtiene con un equipo de Rayos X”.
Para la manipulación del aparato y la realización de los estudios, entretanto, se cuenta con la colaboración de expertos extranjeros, como es el caso de W. Ryan, de la universidad de Boston, y los especialistas de la universidad de Pennsylvania, encabezados por Alexei Vranich.
Hasta la fecha se lograron prospectar más de 2.400 metros cuadrados en los que, de manera preliminar, se pudo vislumbrar la presencia de importantes anomalías —bloques de grandes dimensiones— justo frente a la pirámide. Algunas llamaron tanto la atención de los investigadores que inmediatamente fueron exploradas mediante pozos de excavación. Otras aguardan todavía ser estudiadas.
Teorías en torno al monolito En los nuevos trabajos radican, de esta forma, las ilusiones. Así, para Villamor no resulta descabellado pensar que el cuerpo de la estela gemela del monolito Bennet, el último gigante de Tiwanaku, esté cada vez más cerca de ser hallado.
Pero, ¿cuándo se separó la cabeza del resto de la pieza? Por lo menos hasta principios del siglo XVII, los monolitos Pachamama y Pajsimama habrían estado erguidos, a la vista, de los que visitaban Tiwanaku.
“Entonces, parece que fue durante las tareas de extirpación de idolatrías”, señala Villamor. Y es que, tal y como indicaba en 1621 el padre Joseph Arriaga en sus anotaciones, las autoridades eclesiásticas “procedieron paulatinamente a destruir los ídolos o a cubrirlos con tierra”.
El descubrimiento de cuatro monolitos el año 1932 dentro del recinto del Templete Semisubterráneo, en Tiwanaku, se constituye en un fuerte apoyo a esta hipótesis, pues en esta estructura queda claro que las piezas líticas habían sido escondidas de la vista y el alcance de los vecinos, “para que se frenaran de una vez sus ritos y sus creencias”.
Por eso, no se descarta que el cuerpo del Pajsimama, tras ser separado de su cabeza, hubiera corrido similar suerte. “Y debido a su enorme peso es posible que lo hubieran enterrado cerca de donde se exhibía, entre el Templete Semisubterráneo y la pirámide de Akapana”.
Con todo, una segunda hipótesis siembra algunas dudas en torno a la ubicación del cuerpo, ya que sostiene que fue enterrado durante la Colonia y posteriormente exhumado, fragmentado y reutilizado en las obras del ferrocarril Guaqui-La Paz.
Pero parece improbable, pues el primer proyecto para la construcción de la línea férrea, elaborado por Augusto Elmore, se remonta a 1873, habiéndose construido entre 1901 y 1903. En este sentido, parece descartarse la fragmentación del monolito con este fin, pues el viajero y naturalista francés Alcides D\'Orbigny vio solamente ya la cabeza del mismo a principios del siglo XIX.
“Mide un metro con 20 y tiene 70 centímetros de ancho. La estatua representa una cara humana un poco cuadrada, cuyo rostro es casi vertical, mostrando dos ojos redondos. La nariz, poco prominente, es angulosa. Su boca está muy groseramente dibujada y debajo de ella se pueden ver algunos adornos. Ciñe su cuello un collar formado por personajes grotescos”, describía por aquel entonces. Según estas proporciones, se calcula que el cuerpo debería tener aproximadamente 5,4 metros.
Un complicado rastreo Hoy, aunque todo apunta a que el cuerpo del Pajsimama se encuentra en las inmediaciones de la pirámide de Akapana, resulta muy complicado adivinar en qué lugar, sobre todo por la constante depredación sufrida por Tiwanaku desde la época del dominio del Inka.
“Por ejemplo, los sillares de los muros tiwanakotas se utilizaron para construir los aposentos y edificios con destino a la vivienda del Orejón Inka Suyuyoc Apu y su comitiva, nombrada por el Inka Wayna Kapaj”, apunta Villamor.
Posteriormente, la destrucción continuó durante la época colonial, cuando los iconoclastas desmantelaron templos y ocultaron o destruyeron ídolos en su afán de acabar con las idolatrías. Además, según recogió en 1610 el cronista español Bernabé Cobo, “hasta los indios hacían sus sepulturas con losas que sacaban de las ruinas”.
Finalmente, en los años de la República se siguió removiendo más el suelo de Tiwanaku, y durante la presidencia de Ballivián se hicieron varias excavaciones, “en las que sólo se encontraron algunas figuras y masas labradas de grandes dimensiones, que se reutilizaron para hacer piedras de moler chocolate”.
En este contexto, localizar de buenas a primeras lo que falta de la estela no parece una tarea fácil, “pues hay que tener en cuenta que es muy posible que el cuerpo quedara totalmente desplazado del lugar que ocupaba originalmente”.
Con todo, el equipo de la Dinar no pierde la esperanza, pues así como la cabeza del monolito Pajsimama ha ido de un lado para otro —exhibiéndose desde el paseo Alameda de La Paz hasta Miraflores, pasando por la plaza Pérez Velasco y las ciudades estadounidenses de Chicago, Houston, Boston y Los Ángeles—, su cuerpo quizá no se haya movido jamás de las ruinas tiwanakotas.