Una promesa hecha al Cristo de la pequeña localidad de Oruro llevó a Enrique Jordán a levantar un humilde santuario en Tilata, una población muy próxima a La Paz.
Óscar Díaz Arnau Fotos: Pedro Laguna
Los ojos de mi hija por una iglesia”. Esto, que a simple vista parece un soberbio cambalache, fue una humilde súplica, el ruego desesperado de un hombre que, hace 25 años, peregrinó sin éxito donde los más afamados oculistas de La Paz en busca de la sanación de su retoño.
“Señor de Quillacas, si curas a mi niña, te prometo construir una iglesia y entronizar en ella tu bendita imagen”, le habló Enrique Jordán al Cristo crucificado que está en la capilla de Quillacas, en Oruro. Antes de dejar ese poblado, con desesperación pero todavía sostenido por la fe, insistió: “Los ojos de mi hija por una iglesia”.
Hasta Quillacas había llegado casi de casualidad, a instancias de un amigo que lo invitó a un preste.
Al poco tiempo, una dentista, mientras revisaba la encía de la hijita de Enrique, encontró el motivo de una infección que se había extendido a los ojos. La niña tenía incrustada una diminuta pieza de vidrio que había llegado a nublarle la vista, sin pasar aún a mayores. La niña, tras la intervención, creció sin inconvenientes de salud, y ahora es una exitosa profesional.
Un santuario como pago
El favor de Dios, por la intercesión del venerado “Tata Quillacas”, cambió la vida a la familia Jordán. Enrique cuenta que, increíblemente, desde aquel día se resolvieron muchos de sus problemas, como una fuerte deuda económica que pudo saldar, aunque cueste creerlo, con miles de dólares conseguidos gracias a un trabajo de último momento. Incluso, “convendría más decir que la solución llegó con dinero caído del cielo”.
La promesa, mientras tanto, comenzó a cimentarse en Tilata, en el camino hacia Viacha; exactamente, en los terrenos que los Jordán tenían en Tilata Junas, una de las cinco urbanizaciones correspondientes a la zona de Tilata “A”.
Enrique avanzó con la obra y luego la donó a la Iglesia Católica, que, apoyada por habitantes del lugar, concluyó la capilla del Señor de Quillacas hasta dejarla impecable para su inauguración, en 1995.
Ahora, 25 años después de los favores concedidos a Ricardo, todos los domingos se ofician misas en la coqueta iglesia de Tilata, construida con vivos amarillos y blancos, casi a semejanza de la de Quillacas.
Más allá de la fe —que uno puede profesar dentro de alguna religión o no—, en esta historia cabe rescatar la fortaleza espiritual de un hombre que, motivado por un amor inmenso, por un sentimiento que sólo un hijo puede despertar en un padre, fue capaz de desnudar su alma frente a la imagen de un Cristo crucificado para esperar luego de Dios un milagro que parece que recibió.
Los poderes del “Tata” En Belén, cerca de la población de Sevaruyo, luego de beber durante toda la noche, varios arrieros, entre ellos un argentino, se emborracharon y se quedaron al cabo de un rato profundamente dormidos. Al día siguiente, el argentino fue en busca de sus mulas para continuar viaje a Potosí, pero los animales no estaban donde los había dejado.
Desesperado, caminó errante por toda la altiplanicie hasta que llegó finalmente a un pequeño y casi desolado poblado indígena: Quillacas. Había invertido todo su dinero con la esperanza de concretar un negocio pero, de pronto, se veía en la miseria, y todo por culpa únicamente de la bebida.
Abatido por la desgracia, se tropezó con un anciano de mirada dulce. Y a él le preguntó, desconsolado, si había visto unas mulas.
El anciano le dijo: “No te preocupes, hijo, tus mulas están al otro lado del cerro, pastando y bebiendo agua en un arroyo, ve ya por ellas”.
El arriero, entonces, se dirigió al lugar y con un gran alborozo encontró a sus animales. De retorno quiso agradecer al anciano, pero no estaba en el lugar donde lo había dejado. Lo buscó también por los alrededores, y nada. Finalmente, levantó la vista y, en lo alto de un risco, vio un Cristo crucificado.
Sorprendido, cayó de rodillas y le agradeció el gesto noble a su Dios. Y, tras reconocer que él le había hecho encontrar sus animales, le prometió construir una capilla en el pueblo para divulgar ese milagro.
Con el tiempo, el arriero cumplió. Obtuvo una pequeña fortuna con su negocio, volvió a Quillacas y mandó construir la iglesia, en cuyo altar mayor entronizó al Cristo crucificado. Desde entonces, devotos de todas las regiones agradecen al “Tata Quillacas” por los milagros recibidos, y le festejan todos los años el 14 de septiembre.
Así también es en Tilata, donde, sin embargo, no se disfruta de un cura permanente. “Sólo hay uno que viene los domingos”, señala Jordán. Sin duda, es uno de los problemas que le quedan por resolver aún al “Tata”, además de la falta de alcantarillado, la inseguridad y la ausencia de transporte público.