La organización Plan Internacional trabaja en la Chiquitania con proyectos que ayudan a las comunidades.
Texto y fotos: Javier Badani
El sábado sí que se madruga en Candelaria... y este hecho no es casual. Después de todo, es el único día de la semana en el que un destartalado bus de la empresa Trans Guarayos se aventura a transitar por el sinuoso camino de arcilla que comunica a los habitantes de la comunidad chiquitana —distante 320 kilómetros de la ciudad de Santa Cruz— con la población de Concepción.
Este sábado, en particular, la lucha por obtener un asiento en la línea 102 es inusitada. Y es que el único medio de contacto con el mundo exterior, un teléfono de Entel que funciona a través de un panel solar, se halla descompuesto hace ya unos cuantos días debido a la neblina, que no dejó que cargaran sus baterías.
Mientras el desvalido aparato agoniza con agudos chillidos desde la descascarada pared de la casa de la familia Ramos Rodríguez, revolcándose sin preocupaciones por el piso de tierra derrocha carcajadas el habitante más apreciado por los 600 comunarios del pueblo: Juan Carlos, un pequeño de nada más que seis años.
El niño no lo comprende aún, pero ha sido a través de él que los habitantes de Candelaria iniciaron la mejora de su calidad de vida, proceso que comenzó con la construcción de un tanque semisubterráneo con una capacidad de 60.000 litros, que ha permitido a las cerca de 100 familias del pueblo contar con agua potable en su hogar, y que continuó con el registro civil de sus habitantes, quienes hoy, con orgullo, muestran sus certificados de nacimiento.
Todo comenzó el 2000 cuando Juan Carlos se convirtió en el primer niño de la Chiquitania en ser afiliado a Plan Internacional, una organización internacional de desarrollo comunitario que realiza diversos proyectos sociales. Esto es posible gracias a un sistema de patrocinio de los pequeños de las comunidades en las que la institución trabaja.
Así, actualmente son 5.100 los niños de 67 comunidades chiquitanas —70 en Candelaria— los que son patrocinados desde diferentes puntos del planeta. Y es a partir de ellos que se promueven cambios positivos en las vidas de sus familias, sus comunidades y sus municipios.
De abajo hacia arriba Plan Internacional, cuya sede se encuentra en Londres, inició sus actividades en 1937, con el objetivo de proporcionar alimentación, vivienda y educación a todos los niños víctimas de la Guerra Civil Española.
Actualmente, la organización trabaja en 45 países en vías de desarrollo y los donantes provienen de otros 15 puntos del orbe. Cada uno elige personalmente a un niño para que se convierta en su ´ahijado´. Entonces, como patrocinadora, la persona dona mensualmente un monto económico que, sumado al apoyo de otros patrocinadores, se utiliza en el desarrollo de diferentes proyectos sociales para las comunidades.
El proceso se inicia con la elaboración de una carpeta donde se detalla todos los aspectos concernientes a la vida del niño, su familia y su comunidad. El documento llega luego a las distintas oficinas de Plan Internacional, desde donde buscan a los posibles donantes.
Una vez que el niño es elegido, éste mantiene una comunicación con su patrocinador cada cierto tiempo a través de cartas, informes y fotografías que reflejan el trabajo que se realiza en todo su entorno.
En Bolivia, la labor de la organización internacional llega a 51 municipios y alrededor de un millar de comunidades del área rural con proyectos de educación, derechos de la niñez, registro ciudadano, salud, saneamiento básico y apoyo a la producción, entre otros.
Según datos de Plan Internacional Bolivia, 800.000 personas son beneficiadas gracias al patrocinio de aproximadamente 45.000 niños.
Dando poder a los pequeños Uno de los objetivos de Plan Internacional en la Chiquitania apunta al fortalecimiento y socialización de los derechos y deberes democráticos para que, así, partiendo de los niños, los comunarios participen activamente en cada uno de los proyectos destinados al desarrollo de su comunidad y su municipio, como la elaboración del Plan de Desarrollo Municipal (PDM) o del Plan Operativo Anual (POA).
Esa labor, que cuenta con el apoyo de las autoridades municipales y originarias, comienza en los centros educativos, donde se crean gobiernos escolares en los que se forma a los líderes comunitarios.
Es a partir de ellos que se conforman grupos focales con la participación de los padres de familia donde, con el apoyo de facilitadores en salud y educación, se recoge suficiente información sobre las necesidades que ahogan específicamente a cada comunidad.
En Santa Rosa de Roca —a una hora de Concepción—, por ejemplo, los estudiantes de la unidad educativa, que recién inauguró cinco nuevas aulas construidas por Plan Internacional, son muy contundentes en su pedido: Agua potable, electrificación y la instauración de la educación secundaria.
Lo expresa con vehemencia Freddy Putaré, quien a sus 16 años ocupa el cargo de presidente del gobierno escolar. ´¡Queremos ser bachilleres! Y no salir de nuestro pueblo para lograrlo´, señala el estudiante, que confirma que la educación en su localidad, que cuenta con unas 150 familias, únicamente llega hasta primero de secundaria.
El pedido de Freddy y sus compañeros no queda en un simple discurso. Armados de una maqueta con el modelo de escuela que ellos desean, los escolares han elevado su propuesta al municipio.
Y, por el momento, las autoridades municipales ya aprobaron un diseño elaborado por los estudiantes para un parque infantil que sería construido este año. Es un paso.
Unos kilómetros más allá, en la localidad Cruz de Soliz, una niña hace noticia. Su nombre es Esperanza Mendoza, y con tan sólo 16 años ya muestra la pasta de líder.
Fue elegida presidenta del gobierno escolar el 2005 y este año los comunarios del lugar le designaron tesorera de un proyecto agropecuario y forestal. Dicho proyecto busca capacitar a los campesinos en estrategias para la mejora de los cultivos.
Esperanza, que tuvo que pasar con los facilitadores de Plan Internacional cursos básicos de contabilidad, administra mensualmente unos 500 bolivianos, que se emplean para la compra de las semillas.
´No es fácil, pero estoy aprendiendo a manejar los recursos de mi comunidad´, señala con orgullo la muchacha, que busca, asimismo, lograr que las autoridades implementen el desayuno escolar en su escuela, para mejorar así la alimentación de los estudiantes.
Hasta que ese día llegue, por su parte, Efraín Villarroel asegura que continuará, guitarra en mano, enseñando a todos los niños chiquitanos las bondades de la verdura.
Villarroel forma parte de un grupo de facilitadores que recorre las comunidades implementando los denominados huertos escolares. A través de éstos, se capacita a niños y adultos a cultivar lechuga, zanahoria, rábano, remolacha y tomate, entre otros. Además, se les enseña, de una manera muy sencilla, las virtudes de las hortalizas.
“Las verduras no son muy queridas en las comunidades chiquitanas porque como llegan desde los valles cruceños son demasiado caras”, señala el maestro, quien explica que un kilo de tomate puede llegar a costar seis bolivianos.
Lo que sí que abunda en la Chiquitania es la fruta. Tanto así que en muchas comunidades llega a pudrirse a la vera de los caminos. Es por eso que las madres son capacitadas para elaborar de forma artesanal mermeladas de frutas.
Ejerciendo sus derechos Américo Ortiz vive una vida muy agitada. Y es que este abogado encargado de la Defensoría de la Niñez del municipio de Concepción ha sido testigo de un aumento de los casos en el despacho que dirige. El incremento, en su opinión, se debe al éxito de los talleres de difusión sobre los derechos de los niños elaborados en varias comunidades de la zona. Este hecho, indica el abogado, ha permitido que los jóvenes y sus padres se aproximen con menor recelo a sus oficinas.
Fugas de menores, maltrato y violencia infantil forman parte de los casos —cerca de una treintena al mes— que generalmente se manejan desde esta institución estatal.
´Un día me sorprendió un joven que sentó una denuncia porque en su escuela no le permitían llevar el pelo largo´, confiesa Ortiz.
Parte de la difusión se basa en la labor de la Red de Protección de los Derechos de los Niños, creada por Plan Internacional y la Defensoría e instalada en 15 comunidades de Concepción, con la ayuda de un maestro y un alumno por localidad.
Miguel Mencary (12) realiza esta tarea en Altamira. Y el niño cuenta cómo su trabajo choca con los métodos de castigo tradicionales. Por ejemplo, comenta, ´los caciques aún tienen potestad de azotar a niños y adolescentes si incumplen alguna norma moral´.
Desarrollo sostenible Con todo, los proyectos de más impacto en las poblaciones de la Chiquitania son los sistemas de agua potable, ya que una gran parte de las comunidades aún capta el líquido elemento de pozos y aguas estancadas. Estas norias, además, se hallan alejadas de los hogares de los comunarios y son consideradas focos endémicos.
Para bien, en este sentido, sólo en el municipio de Concepción, Plan ha apoyado ya la construcción de tres sistemas completos de agua.
Sin embargo, Benita Mariela Machicado, concejal del municipio, prefiere destacar la capacitación de comunarios en el manejo y administración de los proyectos.
Un ejemplo de ello es Limoncito, donde luego de la construcción del sistema de agua se conformó una cooperativa con el objetivo de hacer sostenible la distribución de este elemento. Hoy, la lista de los socios de la cooperativa se muestra en una cartulina, donde se especifica que cada uno debe pagar mensualmente 20 bolivianos para comprar el diesel necesario para poder mantener en funcionamiento el motor.
´Antes —recuerda Rosa María Durán, supervisora de patrocinio y comunicación de Plan Santa Cruz— la ayuda económica de los patrocinadores era entregada a los comunarios de forma directa. La familia del niño recibía el dinero, pero vimos que ese sistema no funcionaba´. Ahora, los proyectos se encaran de forma comunitaria, con contraparte de la Alcaldía y de los comunarios con mano de obra.
Pasan las 7.00, y el vetusto bus de Trans Guarayos aún no arriba a Candelaria. El sol termina de marcar su dominio en el verde horizonte y Juan Carlos posa curioso ante el lente de una cámara. Pronto cumplirá siete años y sus patrocinadores, la familia Mashayoshi Hirose, esperan desde Japón tener en sus manos la última imagen del muchacho.
A su lado, su hermana Dina espera impaciente el bus y en sus manos lleva un arrugado papel, donde se encierra el nuevo pedido de los comunarios: Un baño para la escuela y un nuevo aparato telefónico, pero con baterías más duraderas.