Cuatro islas, Bahamas, Saint Thomas, Puerto Rico y Labadee, invitan a los turistas a perderse en un sueño de aguas cristalinas, placer e historia.
Redacción • Fotos: Pedro Laguna
Como a las otras islas, a Bahamas sólo se puede acceder por avión, helicóptero y barco”. Y Pedro Laguna lo hizo a lo grande, a bordo de un crucero perteneciente a la red Royal Caribbean y apadrinado por la agencia Viajes Espacial, ubicada en la calle Montenegro de La Paz y especialista en estas travesías continentales.
“Desde lo alto, estas ciudades flotantes —que albergan a más de 3.000 pasajeros— parecen minibuses parqueados. Son enormes”. No sería la única sorpresa para Laguna. Su llegada al Caribe, un desierto oceánico de aguas azules soñado por medio mundo, se completó con la visita a cuatro islas paradisíacas donde las haya: Bahamas, Saint Thomas, San Juan de Puerto Rico y Labadee (Haití).
Un gran paraíso fiscal Primera parada: Bahamas. Este archipiélago, formado por unas 30 islas, 700 islotes y más de 2.000 arrecifes deshabitados, es muy conocido por considerarse uno de los paraísos fiscales que aún quedan en el planeta. “En algunas zonas —señala Pedro— el metro cuadrado cuesta hasta 1.600 dólares”. En contraste, los habitantes de las islas malviven en casas de madera que no superan los 10 metros y tienen justo lo necesario.
Así es Bahamas, un universo donde lo que no falta son las distancias entre los ricos y pobres. Y símbolo de esas diferencias es el hotel Atlantis, uno de los más caros del mundo. Cruzarlo de un lado a otro —sólo en su interior—, demora al menos media hora y cuenta con cinco playas privadas, un completo casino y un acuario que parece interminable, entre otras cosas. “La suite presidencial cuesta 25.000 dólares la noche”.
Y, aparte del lujo, impreso en tiendas y restaurantes, Bahamas ofrece otras alternativas. Una de ellas son los delfines, con los que se puede tener contacto directo en una excursión organizada en catamarán entorno a la isla Blue Lagoon.
Las joyerías de los famosos “La siguiente escala, Saint Thomas, es una isla-ciudad con cuadras enteras llenas de joyerías, unas frente a las otras. Pero acá nada sale gratis. Por ejemplo, un anillo de tanzanita —la piedra preciosa típica del lugar— puede costar entre 7.000 y 9.000 dólares. Hay también relojes y brazaletes de platino y oro de primera que alcanzan los 30.000. No en vano, la isla se ha convertido en un gran centro comercial para los famosos de todo el mundo. “Llegan en sus aviones y sus grandes yates a comprar regalos a sus mujeres”.
Main Street es la calle principal, y se asemeja a un mercado persa con miles de dólares en las vitrinas. Son como cinco cuadras en las que el dinero de plástico parece lo único que se maneja. Pero, al mismo tiempo, Saint Thomas ofrece también bellas postales, como la conformada por sus colinas de exuberante vegetación tropical, que hicieron que la isla fuera incluida hace casi cinco décadas en el Parque Nacional de las Islas Vírgenes de Estados Unidos.
Mientras, además de joyas, herederas de la tradición comercial que dejaron los antiguos bucaneros y piratas, otras tiendas ofrecen porcelana china y toda una serie de artículos, de acabado fino, libres de impuestos. Y para aquellos que están en busca de aventura queda la opción de bucear entre los fantásticos arrecifes de coral que rodean la isla, siendo incluso posibles descensos de hasta 80 pies de profundidad.
Un poco de historia San Juan, por su parte, capital de Puerto Rico emplazada sobre el océano Atlántico, es un rincón cargado de historia. Denominada la ciudad amurallada, San Juan fue construida en una isleta hacia el año 1521 por Juan Ponce de León.
La parte más visitada de la ciudad es conocida como Viejo San Juan, y fue inicialmente edificada como un emplazamiento militar. Hoy, gracias a su buen estado de conservación, se ha convertido en un lugar en el que uno puede recorrer 500 años de historia en un día, con un área que cubre siete bloques de calles estrechas, pavimentadas en adoquines y alineadas con antiguas casas coloniales con sus balcones y grandes patios.
Entre los rincones imprescindibles, mientras tanto, destaca la cárcel, reciclada actualmente para ser sede de la Compañía de Turismo, bordeada por el paseo de la Princesa y el Morro, uno de los fuertes más grandes del Caribe. Éste tiene muros de seis metros de ancho y fue construido en 1540 por los españoles, ofreciendo lindas vistas de la bahía de San Juan.
Saliendo de la ciudad, las maravillas son otras. Y a una hora de distancia se encuentra un bosque denominado “El Yunque”, espectacular ecosistema y hogar de cientos de especies de árboles tropicales, de exóticas flores y vida silvestre.
Ya por la noche, de vuelta a la capital, esperan los bares, los restaurantes y la calle San Sebastián, que en cuanto se entra el sol se llena de ávidos bailarines ansiosos por mover el cuerpo al compás de la salsa y de otros ritmos caribeños, al tiempo que degustan las frituras típicas de la zona, la explosiva piña colada o unos excelentes jugos de frutas.
Disfrutar de una isla privada El punto final del sueño tiene lugar en Labadee, una isla haitiana llena de playas comprada por la Royal Caribbean hace años para atender bien a los clientes de sus cruceros.
“Allá es posible realizar toda clase de actividades, desde golf hasta parapente o buceo”. Y todo ello, sazonado con los espectáculos que protagonizan los nativos de la región, quienes con los bailes más tradicionales hacen vibrar a todos los visitantes. Una arena finísima y unas increíbles aguas verdeazuladas complementan esta escena.
Y, para cuando uno quiere darse cuenta, se agotan los días, el crucero se acaba y el trabajo espera. Con datos de Clarín, Royal Caribbean y Agencias