Samuel Alito, de 55 años, juró este martes como nuevo miembro de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, después que el Senado, en medio de una agria disputa política, confirmó la designación del presidente George Bush. Uno de los temas de controversia fue la muerte asistida, más conocida como la eutanasia.
Ante la pregunta de un senador demócrata de que si apoyaría los casos de muerte asistida, Alito respondió afirmativamente, diciendo que los estadounidenses tienen el derecho de designar a cualquier persona para que ejecute sus deseos de morir o vivir.
Pero Alito no estará solo en la Corte Suprema con esta definición, pues en forma casi paralela ésta respaldó la ley de eutanasia del estado de Oregon, con lo que rechazó un intento del gobierno del presidente Bush de tratar de enjuiciar a los médicos que ayuden a pacientes desahuciados a acelerar su muerte, para evitar más sufrimientos. El magistrado Anthony Kennedy, que escribió el argumento de la Corte, dijo que el gobierno federal sí tiene la autoridad de llevar ante la justicia a narcotraficantes o aprobar reglas a favor de la salud y la seguridad.
Empero, la ley de Oregon involucra sólo a personas sumamente enfermas, con males incurables y en su pleno juicio. En aplicación de la ley de Oregon, llamada “Ley de Muerte con Dignidad”, 200 personas se acogieron a ella, desde su aprobación en 1997. Los enfermos terminales que desean la muerte asistida deben obtener un certificado de dos médicos que establezca que al paciente le quedan menos de seis meses de vida y que se encuentra en posesión de sus facultades mentales. En estos casos, el médico prescribe una receta de medicamentos mortales y queda a la decisión final del paciente el administrárselas o pedir que lo ayuden.
Ahora, los legisladores de California, el estado más poblado de la Unión, consideran que el fallo de la Corte Suprema a favor de Oregon es una gran oportunidad para impulsar una medida similar, que la habían propuesto el año pasado pero que no prosperó.
En cierto tiempo de la vida se piensa en forma recurrente sobre la muerte y el deseo que prevalece es que ella sea rápida, sin penalidades personales ni familiares. Los partidarios de la muerte asistida —no uso la palabra eutanasia porque la hallo fea— consideran que, al final de cuentas, lo que se desea es morir con dignidad, esto es sin padecimientos mayores y, más todavía, sin la humillación de sentirse desvalido.
La Iglesia Católica rechaza este pensamiento, porque sólo Dios debe decidir cuándo y en qué forma morir. Soy católico practicante, de misa dominical y rezo diario, pero… no dejo de meditar sobre la opción de la muerte asistida. ¿Es una obsesión impertinente?
*Alberto Zuazo Nathes es periodista.
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