El debate respecto a la importación de ropa usada está siendo manejado desde perspectivas equivocadas, tanto por los gremiales que claman por su derecho a dedicarse a algún comercio para llevar el sustento a sus casas, como por los empresarios que aducen que esa actividad impide la creación de empleos, queriendo hacer creer a no se sabe quién, que esa es la principal preocupación del rubro.
Aunque empresarios y gremialistas merecen una cierta atención, el tema debería dirimirse buscando el mayor beneficio para el consumidor, vale decir, el ciudadano, me refiero al boliviano ubicado en los quintiles más pobres de la sociedad, o al de clase media que por católico o por dejado se hizo de una sarta de hijos que apenas puede mantener. Es absurdo, y hasta inmoral, el querer obligar a familias con ingresos reducidos a comprar un pantalón en 70 si lo pueden hacer en 15.
El argumento de que la ropa usada acaba con fuentes de trabajo debe ser analizado con lupa. En primer lugar, el dinero no desaparece del sistema y, por lo tanto, lo que una familia ahorra en ropa, lo gastará en alguna otra cosa que también requerirá para su hechura de mano de obra. Seamos optimistas, qué tal si gracias al ahorro en bluejeans un padre de familia puede comprar libros para sus hijos, pero seamos banales, con ese ahorro tal vez la familia pueda ir un domingo en la tarde a comer un platito o a una pastelería, o volvamos a cosas serias, gracias al bajo costo de las ropas, la familia pueda disponer de esos pesos para ayudar a la abuelita que ya no puede ganar su sustento por ella misma.
Se han hecho varios estudios sobre el impacto negativo de la ropa usada en la industria textil nacional, y es posible que se trate de un golpe muy duro para ese rubro (aunque no debemos subestimar a algunos empresarios del rubro que han logrado consolidare en mercados mundiales), pero el estudio que falta es sobre el impacto positivo en la calidad de vida de las familias de ingresos bajos a partir del acceso a vestimenta barata. Me refiero a la potencialidad que existe de mejoras en la alimentación, la cultura, la recreación, la salud e inclusive la consolidación de solidaridades con los segmentos de la familia menos protegidos. Por lo demás, es muy posible que la ropa usada sea a su manera un instrumento de inclusión.
Ahora bien, el asunto no queda allí, lo que también debe considerarse es que la ropa usada debe ser importada legalmente, y lo importante sería que también sea vendida pagando los impuestos correspondientes. Pero ese no es un tema del producto en cuestión, es un tema de reordenamiento del sistema comercial en nuestro país. Tarde o temprano tendremos que acabar con el sistema simplificado, y tendremos que tomar en serio al sistema de aduanas.
*Agustín Echalar es periodista independiente.
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