Balaceras entre vecinos, amores apasionados, ilustres de las letras... Este rincon selecto de Sopocachi todavia regala mil recuerdos.
Álex Ayala Fotos: David Guzmán
En el 52, Hugo Belmonte, de 12 años en aquella época, jugaba a la pelota con sus amigos, vestía mangas de camisa en verano y en invierno, y montaba en bicicleta cada vez que podía. En los 60, un extraño personaje se atrincheraba junto a un poste horas eternas a la espera de su amada. Vestía traje largo, se tocaba con un gran sombrero y tenía la expresión de los perdidos, sobre todo cuando ella no llegaba. En esa misma década, la señora Ágreda, que siempre cruzaba el callejón a la misma hora, era conocida como la Evita Perón de barrio, por su gran parecido con la legendaria Primera Dama argentina. En los 80, los coches comenzaron a penetrar el corazón de las tres solitarias calles de Cité Colón. Y, para la década de los 90, un mítico conventillo donde residían caballeros, vividores, cholitas y militares ya no existía.
Hoy, este rincón de Sopocachi ya no es denominado como antaño. Se lo conoce como pasaje Gustavo Medinacelli —en homenaje a uno de los fundadores de la segunda Gesta Bárbara, famoso movimiento literario de la historia más reciente de la literatura boliviana—, pero mantiene aún el mismo encanto de antes, con sus balcones al ras del suelo y sus silencios.
Hugo, que cuenta ahora con 65 años, aún recorre las tres callejuelas con nostalgia. En una de ellas, la Boyacá —que lleva este nombre en honor a una heroica batalla que tuvo lugar en territorio colombiano—, frente a la casa de sus infancias, tiene su oficina. Él peina canas, oculta sus ojos de aceituna tras unas gafas que le hacen verse como un topo y luce a veces una abrigada chompita de lana con cierto corte clásico, acorde con las anécdotas que todavía recuerda.
Ilustres personajes “Acá, donde ahora está La Comedie —conocido restaurante con cierto aire francés—, vivía Alcides Arguedas”, comienza a explicar dando inicio a un particular “recorrido turístico”. Arguedas (1879-1946), pilar fundamental de la literatura indigenista, fue también historiador, político y sociólogo, “y solía reunirse con todo tipo de intelectuales y bohemios en su casa”.
Hugo, por su parte, sabe que su oficina, que también hace las veces de madriguera cuando necesita respirar ausencias, perteneció a los Aramayo, quienes junto a los Patiño y los Hoschild fueron considerados los “barones del estaño” a comienzos del siglo XX.
“Luego, la casa pasó a las manos de Hugo Ernst Rivera, hacendado de origen alemán que fue alcalde de La Paz antes de la revolución del 52 y uno de los responsables de la construcción y diseño de la plaza Abaroa. Y a mí me la vendió la hija de Emilio Barrón, que en los tiempos de esplendor de este pasaje era el director del colegio Israelita”.
Historias semejantes, mientras, se repiten tras cada una de las puertas y los portones de madera. “En esta —comenta Belmonte señalando otra de las construcciones del pasaje Medinacelli—, vivió Porfirio Díaz Machicao”, destacado narrador, ensayista y periodista.
“Muy cerca de ahí, donde ahora funciona una imprenta, se alzaba un conventillo en el que residían militares y cholas bien trajeadas”. Más tarde, ese lugar se convirtió en el colegio San Marcos, muy reconocido, aunque hoy de ese pasado ya no quedan más que los recuerdos. “Heliodoro Delgado, un abogado entrado en años, era uno de los alojados en el conventillo y nos perseguía siempre alzando su bastón amenazante en la mano cuando metíamos mucha bulla”.
Balas perdidas Con una foto en blanco y negro deslizándose entre sus manos, Hugo Belmonte, con su ojo experto de coleccionista de estampillas, no tarda en identificar a varios de los muchachos con los que compartía travesuras. “Entre ellos, dos ex guerrilleros que combatieron junto al Che, Inti y Chato Peredo, hermanos de Antonio Peredo, senador del Movimiento al Socialismo. Con ellos solía andar en bicicleta y competíamos contra niños de otros barrios en fútbol. También tratábamos de cortejar a las muchachas durante la función matinal del cine Monje Campero”.
“Parecíamos la comunidad del ‘Chavo del 8’ —sonríe lleno de ternura Belmonte—. Hasta había un zapatero que solía juntarse con sus amigos y tocaba el bandoneón con mucha soltura. Yo creo que se farreaban, se les veía siempre alegres, aunque yo aún era muy pequeño”.
Pero no todo era tranquilo. “En la revolución del 52, por ejemplo, hubo una balacera de tres días. Y hasta acá también llegaron las famosas balas perdidas. En nuestra casa, una entró en el baño y otra dejó un pequeño hueco en la cubierta de uno de los dormitorios. Años después, un tal Rubén Julio, del MNR, y un tipo de otro grupo político se liaron a tiros. Uno disparaba de un lado y el otro respondía. La trifulca fue como las del lejano Oeste”.
Guiños a la bohemia Aquellos días, sin embargo, quedan ya lejos. Hoy, aunque se mantiene el adoquinado en el pasaje y los balcones, los faroles antiguos y los enrejados hacen dar la impresión de que no ha pasado el tiempo, lo cierto es que las tres calles del pasaje lucen diferentes. Así lo siente, al menos, Magalí Villarroel, ex bailarina que vive allá desde 1965. “Cuando convirtieron la casa del brillante Arguedas en una discoteca —la extinta Underground— se perdió la vocación residencial del barrio”, lamenta. Pero desde ese momento son constantes ciertos guiños a la bohemia.
En el mismo lugar que ocupó Underground hace menos de un lustro, se alza ahora “La Comedie” —regentado por Bernardo Arduca—, una de las mejores plazas de comida que hay actualmente en la ciudad. En su exterior, los trazos de Gastón Ugalde, Gil Imaná, Keiko González y Muñoz Izaguirre y varios ojos de buey dan un toque muy particular a la estructura, que se asemeja mucho a un barco en movimiento y acoge también las habitaciones de un nuevo apart-hotel, insuflando una buena dosis de dinamismo y frescura al pasaje.
A su vera, siguiendo el camino enredado del cableado de luz, se ubica el centro de arte Alternativa, y, en la vía principal, lo que antes era el restaurante italiano “La Ostería del Pettirosso” está siendo refaccionado. Según Belmonte, se está montando otro restaurante.
Todo eso, de puertas hacia fuera. De puertas hacia adentro, como si se hubiera hecho un pacto de caballeros, muchas de las casas permanecen todavía intactas, con baldosines y cerámica de primera, plantas de ciruelo y flores de azulina, y vitrales y enormes tragaluces elaborados con los pedazos de metal que el arquitecto francés Eiffel desechó a la hora de levantar la terminal de buses. También, con mármol, motivos clásicos conformando dinteles y columnas de estuco y valiosos muebles de época.
“Hasta conservamos un espejo que mi bisabuelo trajo de Europa, que es muy similar a los del Palacio de Gobierno”, se enorgullece Belmonte. “Las que desaparecieron, sin embargo, fueron las fuentes de piedra que se alzaban en los patios”.
Resistiéndose al olvido, Hugo camina cada esquina repasando las imágenes de memoria. “A esta casa de la izquierda —indica—, Gilberto Rojas, el célebre compositor orureño, solía venir muy a menudo para enamorar a una muchacha. Por acá —prosigue— declamaba en ocasiones Ignacio Duchén de Córdova, tío de la hasta hace unos pocos meses televisiva María René. Y en aquel otro rincón reuníamos las tapas de cerveza para hacerlas aplanar luego con el tranvía”. Después, con ellas, fabricaban instrumentos con los que adoraban al Niño en Navidad.
Son momentos que han pasado ya a la historia, que no volverán a Cité Colón, pero que de alguna manera, por la magia del recuerdo, se han quedado allí para siempre.