Una decena de comunarios arriesga diariamente su vida en la ruta a Nor Yungas. Armados de improvisadas señalizaciones, ellos protegen la vida de los viajeros.
Javier Badani Fotos: Pedro Laguna
La familia Loza reza al borde de un precipicio. Lo hace frente a una cruz que lucha con la maleza que se ha formado a su alrededor. La cruz tiene nombre, Sarita, y también edad, 13; número que recuerda los años que pasaron desde el accidente automovilístico que segó la vida de la pequeña de siete años.
Hoy, cinco personas llenan de flores ese trozo de tierra del sector Chuspipata, en el camino de tierra que une a la ciudad de La Paz con las poblaciones de Nor Yungas.
Con la mirada aguada y llena de resentimiento, una anciana de pollera masculla su pena. “Una madre no debería enterrar a sus wawas. Rezo para que este camino maldito se cierre de una vez”, espeta con ira y su amargado rostro se eleva hacia los verdes montes que se muestran a la distancia. Allí, un puente anuncia la presencia de la carretera Cotapata-Santa Bárbara, ruta cuya construcción lleva 12 años y donde la anciana parece depositar sus airadas palabras.
A unos metros de allí, Roberto Mamani (62) también reza. Pero su pedido es radicalmente opuesto.
En el camino de la muerte Mamani lleva más de un año caminando más de una hora diaria desde su hogar, en Chuspipata, hasta su fuente de trabajo: un barranco a 20 minutos de Unduavi. Su despacho no es elegante pero es suficiente para protegerlo de la lluvia. El refugio mide un metro de ancho por un metro y medio de largo y está hecho a base de ramas, hojas secas y bolsas de cotencio. Mamani es un “semáforo humano”, como se conoce a los voluntarios que se encuentran a lo largo del sinuoso camino a Nor Yungas.
De Chuspipata a Yolosa, estos personajes —cuya cantidad varía entre seis a una decena— se instalan desde las 6.00 hasta las 18.00 en los recodos más peligrosos de la ruta. Una vez allí, y utilizando una señalización artesanal o un pito, advierten a los conductores sobre la presencia de otros vehículos que transitan la vía en sentido contrario.
“Antes era buen albañil”, recuerda Mamani mientras con una liga asegura a un palo de escoba dos pedazos de hule, uno verde y otro rojo. “Un día me vi viejo y sin pega”, motivo por el cual decidió aventurarse a trabajar en el “camino de la muerte”, donde, según datos de Bomberos, el 2005 se reportaron 20 embarrancamientos y en lo que comienza este año ya hubo tres.
Una labor que salva vidas A lo lejos se observa una camioneta de color rojo que devora la ruta de salida de los Yungas. Más arriba, un bus de la empresa Yungueña lo hace de bajada. Ambos conductores no pueden observarse, pero Mamani los tiene ya en la mira.
Raudamente, el anciano eleva su banderín mostrando al bus el color rojo. Entonces, el conductor se estaciona en el lugar más ancho de la vía, al lado del barranco, donde aguarda el paso de la camioneta.
Ahora, la señalización que sirvió de semáforo se transforma en una gigante paleta que Mamani estira esperando que el chofer del bus retribuya su voluntaria labor... 50 centavos se lucen en el hule rojo.
“Así, con centavitos mantengo a mi familia”. Por eso, “siempre pido que no se inaugure la nueva vía”, confiesa y luego asegura ganar menos de 10 bolivianos al día.
Más exitoso es Miguel Tito Viomonte. A sus 11 años, el niño lleva 12 meses como semáforo humano. Comenzó los fines de semana, cuando existe más tráfico en la ruta y ahora aprovecha las vacaciones escolares. Cada noche, Miguel llega a su hogar, en Chuspipata, con al menos 30 bolivianos en el bolsillo. Hasta ahora, el muchacho tiene ahorrados 500 bolivianos.
“Tu problema si te pasa algo”, habría sido la respuesta del padre de Miguel ante el anuncio de trabajar en la ruta. Al final, y dado el éxito obtenido los primeros días, fue el propio progenitor del niño quien ayudó a construir el refugio. Una sonrisa es la retribución que recibe Miguel desde la cabina de un vehículo de Trans Totaí. “Ellos son los más tacaños”, expresa el menor, sacudiéndose el polvo.
Diariamente, unos 200 vehículos ingresan al camino a Nor Yungas desde la ciudad de La Paz y decenas de turistas en bicicleta. “Una vez un ‘gringo’ ciclista no me ha hecho caso y al evitar a un camión se ha estrellado en la peña”, narra Wilber Larico Justo (15), quien se instala todos los días en la denominada “cola del diablo”.
“Muchos semáforos ya somos, ya no hay buena propina”, se queja Wilber quien, al anochecer, inicia la caminata de una hora hasta su hogar, en Yolosa. 25 bolivianos en monedas cantan en sus bolsillos.