El corresponsal en Oriente Próximo del rotativo inglés The Independent habla de sus tres encuentros con el líder de Al Qaeda.
Robert Fisk de El País para La Razón • Fotos: AFP / Reuters
Los occidentales necesitamos tener malos: Nasser, Gaddafi, Abu Nidal, Bin Laden, Sadam... A algunos hemos ayudado a crearlos, mientras otros han nacido de guerras derivadas de la II Guerra Mundial. Otros se transforman en hombres de Estado después de una vida de parias y a otros los capturamos.
Sin embargo, creo que Karadjic y Mladic, símbolos del mal en Europa, son figuras más importantes en la lista de enemigos que el hombre al que conocí hace 12 años en el desierto de Sudán, con unos dedos que recorrían, nerviosos, el forro de su túnica blanca, y una mente que revoloteaba como un insecto sobre la historia de su combate contra el Ejército soviético en Afganistán. Sí, los atentados en Madrid son un crimen de Bin Laden en España. ¿Pero podríamos demostrar en algún tribunal internacional que aprobó personalmente aquella atrocidad? Que su criatura, Al Qaeda, mató a todos aquellos inocentes no está fuera en duda. ¿Pero sabía él lo que iba a ocurrir? ¿Cambiaría algo que se le capturase?
Yo sabía, desde mucho antes de conocer a Bin Laden, que había dirigido las legiones árabes contra los soviéticos en Afganistán en 1979. En aquella batalla perdió al menos 500 hombres. Luego conocí al jefe del comando ruso encargado de capturar o asesinar a Bin Laden. Tuvo tan poco éxito como luego tuvieron los estadounidenses.
Para millones de árabes, Bin Laden, en su guerra contra los rusos, se transformó en el Lawrence de Arabia del mundo musulmán. Asqueado por las violaciones, los pillajes y las matanzas de la guerra civil, Bin Laden se fue de Afganistán en 1988 y halló un nuevo papel que desempeñar cuando Sadam invadió Kuwait, en 1990. Rogó a los saudíes que le dejaran encabezar su legión árabe contra el ejército iraquí para liberar el emirato. Pero el rey Fahd prefirió que fuera EEUU quien protegiera los lugares sagrados del islam.
Aquello no era mera herejía. Aquello era una traición. Por eso el Bin Laden al que conocí en el desierto de Sudán era un hombre airado, suspicaz, solitario. Nunca había hablado con un periodista occidental. Aguardaba mis preguntas sobre el ´terrorismo´ y estaba irritado porque un viejo camarada saudí le había obligado a recibirme. ´¿Qué podía decirme de Afganistán?´, le pregunté. ´¿Y de la guerra contra los soviéticos?´ Bin Laden se sorprendió. Pensaba que le iba a preguntar sobre el terror —cosa que hice más tarde—, y se encontró con que quería que hablara de su guerra contra los infieles bolcheviques.
´Lo que viví en los dos años que pasé allí´, dijo, ´no habría podido vivirlo aunque hubiera estado 100 años en otro lugar. Cuando comenzó la invasión de Afganistán, me indigné y acudí inmediatamente; llegué a los pocos días, antes de que acabara 1979, y seguí yendo una y otra vez durante nueve años. Me indignó la injusticia que se había cometido contra el pueblo de Afganistán. Me permitió darme cuenta de que la gente que obtiene el poder en el mundo utiliza ese poder para sojuzgar a otros y obligarles a aceptar sus opiniones. Es verdad que luché, pero mis hermanos musulmanes hicieron mucho más que yo. Muchos murieron, y yo sigo vivo. No tuve miedo a la muerte. Los musulmanes creemos que cuando morimos vamos al cielo. Antes de una batalla, Dios nos transmite tranquilidad. En una ocasión, estaba a sólo 30 metros de los rusos, que intentaban capturarme. Me estaban bombardeando, pero sentía tal paz de espíritu que me dormí. El tiempo que pasé en Afganistán fue la experiencia más importante de mi vida´.
Esa fue la experiencia formativa en la vida de Bin Laden. Si se podía destruir el Imperio Soviético con tanta facilidad, ¿qué otra cosa sería capaz de resistirse al poder del islam militante?
En nuestra segunda entrevista, en un desierto afgano en 1996, Bin Laden pasó la mitad del tiempo destacando la corrupción de la familia real saudí y la capacidad de sus guerrilleros para vencer a EEUU. Me reveló que sus hombres se habían enfrentado a las fuerzas estadounidenses en Somalia, y que éstos no eran más que ´tigres de papel´ sin moral de combate.
La última vez que hablé con Bin Laden, en un campamento guerrillero, estaba poseído por la necesidad de luchar contra Estados Unidos. Cuando hablaba, los seguidores de Al Qaeda bebían cada palabra como si se tratara de un mesías. ´Nuestra lucha contra América será mucho más sencilla que contra la Unión Soviética. Desde esta montaña deshicimos el Ejército ruso y destruimos la URSS. Y pido a Dios que nos permita convertir a Estados Unidos en una sombra de sí mismo´.
Es el 11 de septiembre de 2001. Estoy volando de Europa a EEUU cuando me cuentan desde Londres que unos secuestradores han estrellado cuatro aviones de pasajeros en EEUU. El sobrecargo y yo nos paseamos en busca de pasajeros cuyo aspecto no nos agradara. Había clasificado a los pasajeros de mi avión por su raza. Llegué a la conclusión de que uno de los propósitos de Bin Laden era, no causar la división entre los musulmanes y Occidente, sino entre inocente e inocente y, de esa forma, hacernos culpables a todos.
De nuevo en Europa fui a mi hotel y encendí la televisión; las Torres Gemelas caían una y otra vez. Y entonces me acordé de mi último encuentro con Bin Laden y de sus últimas palabras. En las imágenes del televisor, Nueva York era verdaderamente ´una sombra de sí misma´. Las imágenes eran el mensaje y el acto era el mensaje.
Cada video de Bin Laden iba seguido de las mismas preguntas. ¿Era verdaderamente él? ¿Dónde estaba ahora? ¿Estaba aún con vida? Lo que hacíamos poco era prestar atención a sus palabras. Sólo cinco semanas después de la invasión de Irak por parte de Occidente, el 2003, Bin Laden hizo un llamamiento a los musulmanes iraquíes a aliarse con los ´socialistas´. Predecía la caída de Sadam, pero recordaba la alianza de persas musulmanes y no musulmanes contra los cruzados del siglo XII en Oriente Próximo. Ahora, los musulmanes y los ´socialistas´ podían aliarse contra los nuevos ´cruzados´ americanos. Éste fue el detonante que unió a Al Qaeda y los rebeldes del antiguo Ejército iraquí en una guerrilla demoledora tras la ocupación estadounidense, en el conflicto que hoy está acabando con los sueños de Washington. No supimos escuchar lo que decía Bin Laden. Aquella cinta era la pista fundamental sobre lo que iba a ocurrir cuando Occidente ocupara la histórica tierra de Irak.
Todavía seguimos en la visión hollywoodiense de la existencia de Bin Laden —¿está vivo?, ¿cuándo le capturarán?— en vez de examinar su verdadera importancia. Porque Bin Laden ha dejado de ser importante. Buscarlo ahora es tan útil como detener a los científicos nucleares después de crear la bomba atómica. Ésa es la cuestión. Bin Laden ha creado Al Qaeda. Su trabajo está hecho. Ahora es tan irrelevante como los científicos que lograron la fisión del átomo. Es de Al Qaeda de lo que debemos ocuparnos. ¿Lo hacemos mediante la búsqueda de la justicia para Oriente Próximo? Éstas son las preguntas que debemos hacernos en las próximas semanas, meses y años. ¿Dónde está Bin Laden? Que le detengan, que le sometan a juicio, pero reconozcamos, por lo menos, que ya no tiene importancia. El monstruo que engendró ya ha nacido.