Para el mundo andino, febrero es un período de celebración agrícola. Durante 28 días se agradece a la Pachamama por su fertilidad.
Javier Badani • Fotos: Pedro Laguna / Archivo La Razón.
Son 28 días de regocijo, un período donde el ser humano, el viento, el sol y la lluvia revolotean traviesos por toda la altipampa celebrando a la Pachamama. Y es que la madre tierra comenzó a florecer junto a los productos que, ya maduros, se anidan en sus entrañas.
Es Anata —jugar en aymara—, el noveno mes del calendario andino y ciclo del retoño, que también es conocido por los quechuas como Pawkarwaray. Celebrado ya desde los tiempos prehispánicos, este ritual agrícola se desarrolla en las comunidades del altiplano los 28 días de febrero.
En la actualidad, sin embargo, esta festividad indígena se relaciona erróneamente con la celebración del Carnaval. Esto se debe a que ambas fiestas se desarrollan casi de forma paralela y porque algunos de los rituales característicos de la Anata, como la ch\'alla, han sido apropiados en la conmemoración de las carnestolendas. A su vez, algunos elementos tradicionales del Carnaval, como los globos, la mixtura y los rezos cristianos han sido incorporados en los ritos andinos. A esto, además, hay que sumarle la superposición de la celebración católica de la Virgen de la Candelaria a los festejos del día de la Pachamama, cada 2 de febrero.
Pero, a diferencia del Carnaval, que se circunscribe en la ´celebración de la carne´ y que llegó junto a la Colonia, la tradicional festividad andina se centra en la retribución a la Madre Tierra por su fertilidad.
Está claro, entonces. ´No existe Carnaval andino... es la fiesta de las flores´, coinciden los reconocidos investigadores aymaras Juan Ángel Yujra y Fernando Huanacuni.
La época de las warmis En la cosmovisión andina el mundo está regido por una dualidad que se representa por lo masculino y lo femenino. Así, su calendario, que cuenta con 13 meses de 28 días, se divide en Awti Pacha, época seca —mayo a agosto— dominada por el chacha (varón), y el Jallu Pacha, época de lluvias —diciembre a marzo— en la que warmi (mujer) sienta la supremacía.
Y es la presencia femenina la que se deja sentir en la celebración de la Anata, en especial en el Chayaw Anata, la danza más importante.
´Esta es la época en que las flores juegan con las habas, las plantas y los animales. Todos estamos jugando...´. Son las mujeres de las riberas del lago Titicaca las que cantan en aymara esta estrofa acompañadas por un reducido grupo de varones, quienes interpretan moceños, tarkas y pinkillus. Ellos buscan que las precisas tonalidades de sus instrumentos atraigan a la lluvia para que riegue sus sembradíos. Por el contrario, los melancólicos sikus y qena-qenas están proscritos en estas fechas, ya que ´asustan a las nubes´.
Estrenando trajes que representan los colores vivos de la naturaleza, los danzarines recorren toda su comunidad arropados por vistosos aguayos de fiesta. Dentro de ellos se hallan los primeros productos de sus chacras. Para el ritual se escoge el mejor ejemplar de cada producto, la ispaya —en el caso de la papa se trata de un tubérculo con tres cabezas—, que es ch\'allado con vino dulce para que se multiplique durante la cosecha de marzo. En algunas comunidades es la pareja de campesinos de más edad la encargada de escoger la ispaya. ´Se guían, sobre todo, por el color de las florecitas´, explica el antropólogo Juan Ángel Yujra.
La música también es fundamental durante el mes de Anata, y está inspirada en el colorido que muestra la tierra. Así, el aymaña —cantarle a las flores— celebra el nacimiento de los retoños violetas de la papa y las tonalidades rojas y anaranjadas de los pastizales de alfalfa, quinua y cebada. Al respecto, el historiador Fernando Huanacuni cuenta que en el campo se utilizan las tiqas, adornos elaborados con lana de alpaca y tintes que son esparcidos en los sembradíos y colocados luego en el cuerpo de los animales.
El colorido, asimismo, está presente en las ch\'allas con los pétalos de flores recolectados por las más jóvenes, ya que se mantiene la creencia de que si el varón realiza esta labor el producto morirá.
Una fiesta para compartir La celebración de la Anata comienza en el hogar, al que se agradece por su cobijo ch\'allando e instalando mesas rituales en cada una de sus cuatro esquinas. Denominado Jisk\'a Anata (juego pequeño), este acto igualmente suele realizarse en las chacras familiares.
El festejo de todo el pueblo llega días después con el Jach\'a Anata (juego grande), ´en el que los campesinos organizan la ch\'alla de todo aquello que pertenece a la comunidad´, dice el sociólogo David Mendoza. Para esto, llegan los residentes de la ciudad con bandas y ch\'utas. La fiesta comunitaria se inicia después de engalanar el cuello de las autoridades, los Mallkus y las Mama T\'allas, con phillos elaborados a base de productos agrícolas.
Por otro lado, el intenso aroma de la wathya, alimento cocinado bajo la tierra, y de la qusa, bebida elaborada con maíz, se dejan sentir durante el apthapi.
Finalmente, los 28 días de fiesta terminan con la Cacharpaya, donde los comunarios se dirigen bailando al cerro más alto de la zona, el Munaypata.
Mientras, en todos los rituales no pueden faltar los globos, confetis, serpentinas y la mixtura, elementos que sumados a los rezos y cantos católicos dan cierta vida al sincretismo.
A pesar de ello, ´la fiesta de la Anata constituye un puente vital que restablece los lazos culturales con el rito y la familia´, concluye David Mendoza.
Coincide Juan Ángel Yujra, quien sostiene que la Anata es un regocijo familiar y comunal, ya que ´una sociedad que convive con la Pachamama y no agradece a los espíritus de la tierra es una cultura muerta´.