El artista plástico orureño Raúl Lara relata las vivencias metafóricas del pintor postimpresionista holandés en la capital del folklore.
Redacción • Fotos: Fernando Cartagena
Un día lo encontré ebrio de amor, cerveza, chicha y trementina. El bramar del viento en los pajonales me recuerda a Vincent, ese entrañable ser, amigo y colega, que un día estuvo en Oruro con su pequeña caja de colores, sus sueños de amor y de locura y su pasión por la pintura, las mujeres y la vida´. Así late el recuerdo de Raúl Lara, artista nacido en la capital del folklore, quien a través de su paleta, palabras, música e imágenes ha guiado en una travesía imaginaria al célebre artista holandés Vincent Van Gogh.
Raúl lo vislumbró por primera vez en una ventana por la que se colaban los rayos del día. Acababa de regresar a su casa taller de Oruro, luego de varios años en el extranjero, y los aires nostálgicos detuvieron su mirada en la intensidad del sol. ´¡Qué espléndido, qué hermoso se ve en la profundidad del altiplano! Qué hermoso hubiese sido que Vincent Van Gogh conociera Oruro´.
Los bocetos y escritos empezaron entonces a dar vueltas por sus dedos. Era una visita imperdible, un encuentro extemporáneo de dos artistas que compartirían vivencias, amigos y cervezas en el lienzo.
En la entrada del Carnaval ´Lo imagino, trashumante como era, en los breñales bajo los umbríos y añejos árboles, que cubrían con sus fantasmales sombras el inmenso espacio, caminando desolado, con avidez de paisajes en sus cansados ojos, lejos del abigarramiento y el ruido de las grandes ciudades´. A paso ligero, el artista de cipreses ígneos, cielos en remolino y campos como mar embravecido deja atrás entusiasmado las campiñas holandesas para respirar el aire rancio de las minas de estaño y divisar el horizonte del altiplano.
Innegablemente, Van Gogh se halla en el Carnaval, cuando Oruro luce inundado por las coloridas expresiones del folklore y la intensa devoción por las carnestolendas.
´El Carnaval, donde la incidencia de la expresión folklórica es conocida a nivel planetario. Tanto así que la ciudad se baña de música, de ritmos, de bordados. Esto encandila e incorpora a Vincent Van Gogh, seduciéndole el altiplano, la aridez, la soledad, el viento, el frío y los centros mineros que se encienden como un color más del Carnaval. Le rodean la música y las sombras —pareciese que estoy en otro lugar del planeta, exclama desde dentro—. Ya no parece ese desolado paisaje vestido de minerales, de gente sufrida y humilde, de calles tristes... Ahora todo es de color alegría. Oruro es así, con el Carnaval que provoca la catarsis del hombre andino, del orureño que expresa todas sus vivencias a través de su música y su folklore´.
Es así que las modelos de este Van Gogh ahora lucen piel morena y nariz aguileña. La danza de la Diablada le inspira más colorido todavía, que se desparrama por el sorprendido rostro del pintor. Pintar el Carnaval es retratar la vida.
´Esencialmente en el color, los imagineros y los careteros hacen gala de tal creatividad que su trabajo ha sido un motivo esencial en la pintura. Es toda una expresión de la raza mestiza. Por eso el aprecio que se tiene en otras latitudes a nuestra riqueza folklórica es fundamental para mi pintura´, reflexiona Lara mientras busca en su taller infructuosamente a su amigo holandés, que se ha marchado.
El músico, el moreno Roncan las matracas por las calles borrachas de ritmos. Seducido por el ritmo de la banda y por el paso cansino de los morenos, Vincent Van Gogh se une a una fraternidad y se entrega a los designios de la danza. ´El motivo que tiene un artista en el Carnaval de Oruro es frondoso en cuanto a imaginación y creatividad. La gran carga andina y religiosa hace que esta fiesta sea universal. Cómo no pintar eso, cómo no recurrir a una expresión popular que está tan viva´.
Vincent se deslumbra por la música, por los sonidos metálicos que revientan en el aire. Se une a una banda y elige tocar la tuba. ´En ella suele reflejarse y se puede ver en su rostro un momento de alegría y otro de tristeza. Van Gogh es una dualidad, que disfruta de la alegría de estar en este lugar y la tristeza de una existencia terrible´.
Raúl Lara se une al fin a su colega holandés y le presenta a su hermano Gustavo y a otros artistas de Oruro, donde comparten unos tragos en el bar Huari. ´Estamos con otros poetas, músicos y pintores. Es la fiesta del arte y de la cultura, estamos compartiendo la existencia en un trago. Y Vincent se toma sus buenos singanis y un café negro de los Yungas´.
A ellos se unen el J\'acha Flores, Jorge Sanjinés, Héctor Borda Leaño, Alberto Guerra e Iván Decker para compartir el Oruro del api, del charquekán. Van Gogh se incorpora a esta cultura en busca de un cierto universalismo. Sin embargo, es hora de irse y Van Gogh rehace los pasos hacia su tiempo. No importa. Su visita a Oruro quedó plasmada en una serie multimedia de 40 obras, catálogo-libro y música. ¿Habrá sido feliz? Qué puede uno decir, si su rostro responde desde el lienzo.