De pequeño, el demonio me producía un indecible terror. Personaje habitual de los cuentos populares, que esperaba apareciese en la realidad detrás de un árbol. La llegada del carnaval invade las calles de las ciudades andinas del país con vistosos diablos saltarines que repiten una coreografía ancestral donde se evoca la lucha entre las fuerzas de la luz y las tinieblas. Si el sentido religioso de la danza se preserva entre la mayoría de los participantes, el resultado final del combate aún perma- nece indeciso. Los diablos son los dueños de la calle y de la fiesta, el público se deja entusiasmar más por las acrobacias diabólicas, ritmadas, por el fasto de los disfraces que por los paliduchos ángeles. Algunos dirán que siempre fue así, siguiendo el adagio latino: “Sine diabolo nullus dominus”. El mundo contemporáneo pronto a admitir la muerte de Dios y el renacimiento de los dioses, guarda un lugar de privilegio al Príncipe de la Noche.
De pequeño, el demonio me producía un indecible terror. Personaje habitual de los cuentos populares, esperaba que poniendo en práctica sus artimañas apareciese en la realidad detrás de un árbol, de un recoveco de las calles o en las piezas vacías. Las sobremesas en la finca del Palmar con contertulios conocedores de las andanzas del maligno y ágiles para contarlas alimentaban mis miedos. La del tunante mujeriego, que subía a la grupa de su caballo, en el camino de regreso a su casa, a un inocente niño entrevisto en las sombras de la noche y que al preguntarle a dónde iba escuchaba una respuesta con voz cavernosa: vamos al infierno, revenía a menudo en distintas versiones. Mayor turbación sentía cuando en las historias Satanás tomaba las formas femeninas. ¿Cómo encontrar tranquilidad cuando éste era capaz de encarnarse en rostros y cuerpos diferentes, cuando cualquier ocasión le era propicia para tender una celada artera? ¿Quién podría vivir seguro con tantos cambios, metamorfosis, duplicidades? Y eso que entonces todavía no había leído a F. Pessoa quien pone en boca del diablo: “La verdad es que yo no existo”, pero habla. Tal vez sea sólo una voz con mil ecos. Ahora mis terrores de un súbito encuentro con Él han partido mas las asechanzas demoníacas no dejan de manifestarse.
Nuestra época le ha dado la oportunidad de otras encarnaciones en ideologías, regímenes políticos, personajes históricos que no ahorran a las personas ni a los grupos los sufrimientos, el caos, el dolor, sin olvidar las viejas habilidades que retienen la perversidad de siempre. Los espejos constituyen su refugio favorito. El engaño y los disfraces sus utensilios cotidianos. A éstos, los expertos en demonología añaden la posesión, la capacidad de llevar a sus víctimas a una crónica depresión, de atacar a las personas en sus flancos más débiles: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la envidia y la pereza, la gula. Dante reservó a cada uno de estos pecados un círculo del infierno con sus correspondientes torturas. Únicamente el destinado a los golosos parece desertado desde que los humanos calculan sus calorías, la calidad de las grasas, las propiedades antioxidantes de lo que meten a su boca hasta caer en la enfermedad contraria.
Desde el pasado, los hombres han intentado mediante pactos o cultos demoníacos que no se han perdido, servirse de las potencias del infierno para conseguir el poder, las riquezas o el amor aun a costa de perder su alma. Fausto desesperado de no lograr romper el mundo de las apariencias, escuchó las sugerencias del Genio del Mal de buscar las certezas en la muerte.
Otra vieja práctica trata de domesticar al diablo introduciéndolo en la vida cotidiana a través de menciones en el lenguaje corriente. Allí un despreocupado uso metafórico conjuraría el peligro, el dramatismo de verlo surgir que su sola invocación intencional provoca. Las expresiones, los proverbios hacen referencia a Él a sus maldades, sus picardías o a su excepcional inteligencia y oportunismo, sin excluir la imprecación de echar al diablo todo. Los personajes de Don Quijote no se privan de tales interjecciones compensadas por los dichos que llaman a la ayuda de Dios. La familiaridad del habla de todos los días que alude al demonio permite mostrarlo con desprecio irreverente como un tonto inhábil. ¡Es un pobre diablo! Se suele decir de alguien desprovisto de voluntad, carácter o de buen juicio.
Así los tópicos referidos al Señor de las Tinieblas evocan sus dotes multifacéticas que van desde la imagen del eterno corruptor hasta la del bullicioso torpón y al límite tontainas, acompañante benévolo de las imperfecciones humanas que atenúa su perversión y asechanzas originales. ¿Pero no será esta otra de sus metamorfosis para ejercer sus artes de manera diestra y socarrona? Cada mutación le permite reclutar nuevas víctimas para sus pavorosos círculos donde las almas pagan sus vicios y debilidades.
El diablo, personalización del mal, según la teología cristiana, surgió del castigo infligido por Dios a los ángeles rebeldes, al anochecer de la creación y seguirá dando vueltas en el mundo hasta el juicio final. Mientras tanto los mortales lo sentimos incrustado entre nuestros
deseos y su persecución o su abandono, condenándonos a la obligación de elegir y desenmascarar sus oportunistas tretas. ¿No será que hoy el demonio de la soberbia ha desplazado a los demás demonios en la competencia de incitaciones, apoderándose sobre todo de los arriba colocados, entorpeciendo y afeando cualquier convivencia humana? Falta hacia los dioses y los hombres que recuerda la ceguera de las ranas de la fábula que envanecidas por su capacidad de hincharse desoyeron todo consejo y reventaron por buscar ser como el buey.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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