Aun mes de la transmisión de mando presidencial, las cosas son del color del vidrio con el que se las mira. Para unos, la cosa está bien enrumbada, por un lado por las señales que da el nuevo gobierno y, por otro, por las reacciones de la oposición. Otros ven al paso del tiempo como su mejor aliado, esperando ansiosos que alguno de los errores del nuevo gobierno, justifique sus posiciones preelectorales.
De ello se encargan algunos masistas cada vez que abren la boca. Ahí lo tienen al dirigente campesino Román Loayza, que en su último disparate, no hace otra cosa que justificar aquel spot de Podemos en el cual se denunciaba las intenciones de cambiar la bandera y el escudo nacionales. Hasta el momento, el único insumo de la alicaída oposición, son este tipo de declaraciones, que seguramente representan la pugna intestina por espacios de poder y el desordenado entusiasmo de arranque del nuevo gobierno.
Por supuesto que esta vez la transición debiera de ser más compleja y traumática. No nos olvidemos que en anteriores ocasiones las supuestas transiciones de poder se llevaban a cabo entre socios de un mismo proyecto político. Los cambios de administración anteriores fueron más bien reacomodos y ajustes en un mismo esquema; en la práctica, no eran más que la reasignación matemática de cuotas de poder entre partidos con una misma visión del poder.
Lo que no deja de ser interesante es que las escaramuzas entre gobierno y oposición no sean más que dimes y diretes, en un momento en el cual supuestamente deberíamos estar sufriendo las apocalípticas consecuencias de haber elegido a un gobierno de izquierdas. Hoy, de acuerdo a lo presagiado, deberíamos estar haciendo frente al bloqueo financiero de la comunidad internacional, al descalabro del sistema bancario por la fuga de depósitos, a la paralización del aparato productivo, al enfrentamiento regional armado, y a las demandas judiciales de todas las empresas petroleras.
Lo cierto es que nada de esto ha ocurrido, y en esa medida, me atrevo a pensar que el tránsito político viene siendo relativamente exitoso (si es que asumimos, obviamente, que estamos frente a una verdadera transición). En esta lógica, sería bueno comprender que la reconstrucción de la institucionalidad debe pasar justamente por un cambio de visión de lo nacional, y entonces no es razonable pensar que el cambio se opere en base al caduco sistema institucional, construido justamente como soporte de una determinada ideología.
El pseudo aparato institucional construido en los últimos quince años, fue concebido bajo preceptos y concepciones liberales, y difícilmente podrá ser el cimiento de una construcción política diferente. Sorprende entonces ver a ex personalidades del viejo régimen como los abanderados de la nueva oposición, rasgándose las vestiduras por el avasallamiento de una institucionalidad que sólo era tal cuando servía a sus intereses, y que sobre todo fue el andamiaje de un modelo que la mayoría ha decidido cambiar.
El escenario del rediseño de una institucionalidad que refleje una nueva visión del estado, de sus instituciones y de sus roles, debería ser la Asamblea Constituyente. Allí es donde se tiene que discutir si lo que hicimos hasta ahora nos ha servido realmente, o debemos cambiarlo. Sinceramente espero que la oposición llegue a esta instancia con propuestas y liderazgos renovados que aporten al futuro, y no a un pasado que muchos queremos olvidar. Más que nunca, el país necesita de una oposición fresca y madura que acompañe y aporte al proceso de cambios.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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