En sus 6.500 kilómetros de recorrido, cruza la cintura de Sudamérica de oeste a este discurriendo por nueve países. Es un mito que riega el pulmón de la Tierra y es al mismo tiempo portentosa fuente de vida e implacable generador de muerte. Algunos fragmentos de un texto que el escritor Javier Reverte publicó en el periódico El País ayudan a comprenderlo mejor.
Javier Reverte de El País de Madrid para La Razón • Fotos: Reuters
El hombre ha crecido junto a los ríos, ha calmado su sed en sus aguas y regado sus huertos y pastizales con la generosidad de sus caudales. Los cursos fluviales son metáfora del nacimiento y del fin de la existencia de cada uno de nosotros: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”. Y existen ríos que han dado origen a muchos mitos. Pero ninguno, con toda probabilidad, alcanza un carácter legendario como los que guardan el Nilo y el Amazonas. Aunque los geógrafos no se han puesto aún de acuerdo sobre cuál posee una mayor longitud, sí que sabemos que el Amazonas arrastra sesenta veces más caudal que su competidor africano. Es un Goliat con los músculos de agua.
Desde el primer manantial nacido en cumbres que superan de largo los 5.000 metros, allá en las crestas nevadas de los Andes y no muy lejos de Cusco, hasta la maraña de islas, selvas, pantanos y canales que tejen el bronco paisaje de un estuario de más de 300 kilómetros de anchura, el Amazonas constituye una imponente exageración de la naturaleza. Su cuenca, del tamaño de media América Latina, forma un universo de cumbres, bosques y ríos tributarios en el que conviven humanos y animales, y en donde la vegetación y el agua nutren a nuestro enfermo planeta de una gran porción del oxígeno que precisa para sobrevivir.
El Amazonas no es, ni mucho menos, un paraíso, sino que antes bien se asemeja a un infierno. La vida de quienes pueblan las alturas andinas, las orillas de los ríos, las poblaciones y las junglas casi inexploradas del interior nunca es fácil. Las enfermedades, las picaduras letales de los insectos y de ofidios pavorosos, la explotación laboral, los problemas que genera el tráfico de drogas y la miseria endémica hacen que la esperanza de vida de los seres humanos en una buena parte de la región se sitúe en una media que ronda los 50 años, y que para los indios es de 42.
Los fuegos y las talas indiscriminadas provocan cada año la deforestación de decenas de miles de hectáreas. El pulmón de la Tierra tose y se ahoga. Por otro lado, quien conoce la Amazonia sabe bien que esa portentosa fuente de vida es al mismo tiempo una implacable generadora de muerte.
En cierta forma, es casi un capricho el nacimiento de este río, que cruza la cintura de Sudamérica de oeste a este a lo largo de más o menos 6.500 kilómetros. En una de las cordilleras andinas del sur peruano, la sierra de Chila, las nieves perpetuas alumbran centenares de arroyos que se dejan caer hacia Occidente en busca del océano Pacífico, ciento y pico kilómetros más lejos. Pero uno de los regatos, brotando de una pequeña laguna de aguas heladas en el Nevado del Mismi, a 5.595 metros de altitud, desobedece la norma y decide escapar hacia Oriente. Ese manantial rebelde no es otro que el Amazonas. A partir de ahí, miles de tributarios van engordando su caudal mientras desciende por barrancadas y cañones y atraviesa selvas todavía impenetradas por el hombre, hasta alcanzar las orillas occidentales del océano Atlántico.
Su paso por territorio andino El primer perfil del Amazonas no es otro que el andino. Los aymaras y los quechuas, padres de la gran civilización de los incas, se reparten así los territorios que rodean el curso del Apurimac. Y, en valles que superan los 3.000 metros de altura sobre el mar, los indios extraen de la tierra, en condiciones durísimas, el grano y las papas que les garantizarán la vida, en las terrazas de tierra fértil arrancadas a la montaña.
Pero, al margen de la geografía, la historia de la Amazonia es, en buena parte, una crónica del horror. Cuando el español Orellana, en 1542, navegó por primera vez el largo tramo del Amazonas que hay entre Puerto Coca, cerca del nacimiento del río Napo (Ecuador), y Belem do Pará (océano Atlántico), se calcula que habitaban su cuenca seis millones de indios. Hoy son menos de medio millón, y ninguna tribu habita las orillas del gran río, sino que viven en reservas o escondidas en las honduras más remotas de la selva.
Mientras, volviendo a su curso, tras superar los tramos iniciales el Amazonas se convierte en un caudal navegable. El peligro entonces lo constituyen la malaria, el dengue, la disentería y un importante catálogo de enfermedades tropicales, muchas desconocidas por la ciencia. Es como si el río, indomeñable y maligno, inventase constantemente formas nuevas de matar para disuadir a los forasteros de su visita.
En ese contexto, ofrecen sus servicios embarcaciones viejas, de tres puentes, un comedor, tres o cuatro duchas y excusados, y dos cubiertas en donde los pasajeros tienden sus hamacas y organizan a sus pies los equipajes, formando el pequeño cubículo que será su vivienda durante unos pocos días.
Cada día de navegación hay escalas en cuatro o cinco pueblos, pequeños asentamientos de campesinos o ciudades de buen tamaño, muy pobres en su mayor parte y a menudo separados del mundo civilizado, sin ningún tipo de comunicación que no sea el barco.
Además, las embarcaciones constituyen una forma de vivir, y las poblaciones de las orillas están especializadas en la venta de productos a los viajeros: sandías, papayas y mangos, cestos, aperos de labranza, herramientas, rifles y cartuchos, los peces guisados...
Los barcos, con su lento deslizarse sobre las aguas, permiten muchas horas de asueto. Y de manera muy natural comienzan a establecerse relaciones de todo tipo entre los pasajeros, desde negocios fructíferos hasta romances varios y amistades hondas. El pudor es un lujo imposible de permitirse en la selva de hamacas de las cubiertas. En consecuencia, los ceremoniales y sonidos propios de la vida en común, desde el llanto de un niño hasta el gemido del amor, la risa de los amigos que juegan a los naipes o el griterío de una riña entre ebrios, resuenan por las noches a bordo.
Las maravillas del camino Hay bellas poblaciones en el camino. La peruana Iquitos, por ejemplo, nacida como una misión jesuita y convertida en una gran urbe durante el boom del caucho, alberga hoy cerca de medio millón de almas. Sus noches son deliciosas para pasear en el malecón sobre el río. Y en el mercado del barrio lacustre de Belén, donde las casas en forma de palafitos se construyen tres metros por encima del suelo para mantenerse a salvo durante la época de inundaciones, pueden encontrarse ungüentos, pócimas y remedios para todos los males, tanto del amor como de la salud o del trabajo. A Iquitos, rodeada de selvas, sólo es posible llegar por avión o por barco.
Siguiendo el río, en la llamada Triple Frontera se reúnen en una sola población la peruana Santa Rosa, la colombiana Leticia y la brasileña Tabatinga, incomunicadas también por tierra con otras localidades. Son tres urbes alegres y amigas de la salsa y de la samba. Pero en las selvas de sus alrededores campean a sus anchas las pandillas de los carteles de la droga, en donde mantienen laboratorios secretos de fabricación de heroína.
Más al norte, en el río Putumayo, tuvo sus caucherías uno de los mayores criminales en la historia del genocidio de los indios amazónicos: Julio César Arana, cuyo nombre ocultan con vergüenza la historia peruana y sus propios intelectuales. Arana fue responsable de la muerte de 30.000 indígenas y de la casi extinción de la etnia huitoto.
Más abajo, en el tributario Madeira, a unos 1.500 kilómetros del Amazonas, se escribió uno de los capítulos más locos de la historia amazónica: la construcción de un ferrocarril en el interior de la selva, un ferrocarril que apenas llegó finalmente a utilizarse, que costó una fortuna y que arrebató la vida, a causa sobre todo de la malaria, a más de 10.000 operarios,entre ellos casi 2.000 trabajadores gallegos llegados desde Cuba.
Alojada en un recodo del río Negro, poco antes de su desembocadura en el Amazonas, Manaos, por su parte, es la ciudad más famosa y legendaria de la región. Allá todavía están en pie muchos edificios suntuosos de los que construyeron los multimillonarios empresarios del caucho, y entre ellos el Teatro de la Ópera, de 1896, que es un fastuoso y excéntrico capricho levantado como una especie de pregón del poder ilimitado del dinero.
Cuesta trabajo admirarlo si uno piensa en el precio que costó en sangre de indígenas esclavizados. Por otra parte, los muelles de Manaos son flotantes para prevenir la subida de las aguas, que pueden alcanzar los 14 metros por encima de su nivel normal en época de lluvias.
Río abajo, los bosques casi desaparecen, o bien por las talas masivas (el 80% de ellas son ilegales), o bien comidos por fuegos provocados (hay a diario unos 600 en la cuenca amazónica). La tierra se ensancha allí en pastizales que alimentan a manadas de bueyes cebúes y en plantaciones de grano y de frutos.
Asoman después la ciudad de Santarém, tan portuguesa, y luego Belem do Pará, ya en la boca del río, en donde hay un nuevo Palacio de la Ópera, construido antes que el de Manaos, aunque no tan fastuoso.
En Belem do Pará, durante los días del boom cauchero se instaló un mercado con armazón de acero, el Vero Peso, cuyas piezas fueron traídas en barco desde Liverpool. Belem mantiene una numerosa flota de galeiras, pequeños veleros utilizados para la pesca en los canales y manglares del río. Frente a la ciudad, una isla del tamaño de Suiza, Marajó —con sus manadas de búfalos asiáticos, y sus vaqueros vestidos con botas de tacón alto, sombrero tejano y estrechos jeans—, parece un auténtico decorado de western americano.
Pero el río no muere en las costas marinas. Su fuerza es tan grande que llega a vencer incluso a las mareas del océano y arrastra sus detritus hasta más de 300 kilómetros mar adentro. De esta forma, la ciclópea extravagancia del Amazonas se muestra una vez más en el océano Atlántico, en donde los tiburones encuentran una ración extra de comida gracias a todos los animales muertos que les regala el río.