De un árbol a otro, una distancia de 220 metros. Es el recorrido más largo y emocionante del país.
Óscar Díaz Arnau Fotos: Pedro Laguna
Abajo, 70 metros de un mundo virgen, exuberante. Arriba, un árbol conectado a otro por un cable, pero a 220 metros de distancia. Entonces, la frase, esa misma que pensamos hace tiempo y que ahora vuelve con todo el rigor de su verdad: ¡Qué pequeños somos!
´Hay que vivir esta experiencia, es increíble´, dijo temprano alguien del grupo, y ahora que la ´experiencia´ se mide en metros, de arriba abajo y de un lado al otro, las piernas se aflojan y dan ganas de desistir. ¿Experiencia increíble o experiencia loca?
La aventura puede alcanzar límites insospechados; y no siempre debe ser asociada al peligro, más allá de los miedos y los agoreros. Las alturas, para qué negarlo, suelen causar algún mareo, o al menos un tímido nerviosismo que da vergüenza confesar. Pero la vida, aun para los temerosos, tiene emociones nunca imaginadas…
El destino: Sach\'aruna, a 20 minutos en bote desde el puerto de Rurrenabaque navegando por el río Beni. Luego se camina durante 50 minutos en la selva adyacente al Parque Nacional Madidi.
De entrada nomás, en el Centro de Retiros y Spa Cerro del Mago, entre cabañas rústicas y un ambiente verde, encantador, un grupo de expertos prepara con equipos especiales a los aventureros. No faltan el casco, los cinturones, las correas, los guantes y, cómo no, una fuerte dosis de adrenalina que ya viene incorporada.
En adelante, la pletórica vegetación. Por los senderos se harán oír las oropéndolas, comúnmente llamadas uchis, pájaros sociales que viven en grupos grandes y que desde lo alto observarán algún jochi colorado, roedor similar a un chancho pero pequeño. De la nada aparecerá el azul intenso de las mariposas morfo, que con displicencia acompañan y hasta se asientan en los zapatos si el caminante detiene su paso.
Al reemprender la marcha sobre una alfombra de chonta o mango silvestre, del bosque primario surgen, como hongos, las palmeras que caminan, también monos y ardillas huidizas y, allá lejos, bien alto, águilas pescadoras.
El guía Pedro Macuapa acompaña la caminata con explicaciones educativas sobre la flora y la fauna del lugar, como parte de un complejo turístico ubicado en el municipio paceño San Buenaventura, justo al frente de Rurrenabaque, con tres cabañas familiares, sala de conferencias y talleres, sendas para caminatas de varios kilómetros, plantas medicinales, pozos de agua naturales, miradores y refugios.
Como opcionales, se puede aprender de las tradiciones de la cultura aymara, quechua y tacana (lectura de hojas de coca, ceremonias de ofrendas quemadas para la salud, bendición, purificación y buena suerte), meditación, yoga y terapias alternativas (masajes, reflexología, shiatsu, etcétera).
Miguel Kavlin, gerente del Cerro del Mago, se refiere al albergue ecológico de Villa Alcira, que se encuentra dentro del territorio tacana y ofrece al turista actividades de convivencia con la comunidad. Los tacanas se benefician con la mitad de los recursos obtenidos; la otra mitad es para empresarios que trabajan a través de una operadora turística, Bolivia Mística.
1,2 kilómetros en el aire Para los intrépidos, la experiencia del canopy es imperdible. La caminata desemboca en el ´cable escuela´, de apenas tres metros, que sirve para la clase inicial de los novatos. Se revisan los equipos personales nuevamente y, unos metros más adelante, se llega a la primera plataforma.
En ese momento comenzará el paseo por encima de los árboles, con vistas y emociones increíbles, en un descarado desafío a los mosquitos. Serán ocho fases, con distancias de hasta 220 metros de un árbol a otro, haciendo un total de 1,2 kilómetros; en suma, el recorrido por el aire más largo del país.
La persona va colgada del cable y asegurada de un arnés, siempre controlada por expertos que recibieron instrucción especializada en Costa Rica. Las piernas sueltas meciéndose a decenas de metros, con la vegetación y el agua mezclados abajo, aunque pocos se atrevan a mirarlos; los brazos tensos, el izquierdo sujetado en las correas debajo del cuello y el derecho enguantado, detrás de la cabeza y sobre el cable, va frenando de trecho en trecho antes de llegar al árbol llamado destino.
¿Sensaciones? Miles, como si todas se reunieran en una sola. Cuando el miedo desaparece, surge una idea de omnipotencia, de querer sobrevolar el mundo desde alturas incalculables. Seguro esto se debe a la minirrealización del sueño de alzarse de la tierra y mirarlo todo desde el aire. O al excesivo cuidado, con sus respectivos resquemores, que ha asaltado a la vida prudente de ciudad.
Sea lo que fuera, hoy, de cara al promocionado ´canopy zip-line tour´, hasta la gente menos aventurera se enfrenta al árbol, al cable rígido de una punta a la otra y al íntimo temblequeo, con ansias de superar el estrés diario y gozar de una experiencia nueva.
Ya pendiente de la nada, no queda otra alternativa que disfrutar del itinerario aéreo: los nervios y la desconfianza se pierden en los primeros metros de vuelo sobre las copas. Y la vida humana, entonces, se empequeñece pero, a la vez, como por arte de magia, sorprende con una retahíla de maravillas.