Con 50.000 km a sus espaldas y más de un año y medio de viaje, el español Ramón Costa afronta el reto más exigente de su vida. Hace más de un mes, en su periplo, pisó suelo boliviano.
Álex Ayala Fotos: A. Rojas / R. Costa
Su rostro es universal, con unas facciones que le harían parecer de cualquier sitio. De su cara, que se asemeja a una consumida pepita de aceituna, nacen unos pómulos bien marcados. Y su acento, visiblemente catalán, es lo único que deja adivinar su nacionalidad española. Pese a todo, en su intento de dar la vuelta al mundo en una moto Honda, Ramón Costa, de 39 años, se ha convertido en un ciudadano de todas y ninguna parte.
Ahora está en Perú, pero hace poco hizo escala por Bolivia, justamente durante los días en que tomó posesión Evo Morales. ´Éste es un país espectacular —reconoce, pese a que sufrió en los 350 kilómetros entre Villazón y Potosí—. Tiene un colorido especial, totalmente distinto al del resto de los países´.
Con 3.000 euros en el bolsillo Ramón sabe, además, de lo que habla. Con varios veranos encadenados en sus manos, ya quemadas, 50.000 kilómetros a sus espaldas y un año y ocho meses de travesía ha visto paisajes verdes, ocres y amarillos, ha estado encarcelado y ha aprendido a sufrir, a disfrutar, a compartir y a comprender al otro, en un sueño que comenzó únicamente con 3.000 euros en el bolsillo.
´Comencé por Andorra, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Serbia Montenegro y Bulgaria. Esta primera parte resultó bastante rápida´.
Las dificultades, sin embargo, comenzaron en Turquía. ´Allá se terminó la tranquilidad y todo fue más lento, hasta que en Irán y Paquistán empezaron los problemas. En Irán se quedaron con la moto y tuve que recuperarla gracias a un soborno. En Paquistán fue más complejo, pues me detuvieron por sacar una fotografía´.
Con todo, tras atravesar la India se embarcó en un avión que se dirigía hacia Australia, ´donde decidí quedarme durante varios meses´.
El pasaje de la moto Allá, para sobrevivir, Ramón no tuvo más opción que trabajar como ilegal. ´Lo bueno es que se gana bien y en poco tiempo pude conseguir lo suficiente para poner rumbo a Latinoamérica´. También, para pagar el pasaje de la moto. ´El espacio de la moto en un avión cuesta ocho veces el de una persona. Por eso, el vehículo lo tengo que mandar por barco, pero tarda meses en llegar a su destino. Así, en ese largo compás de espera uno tiene que comer y dormir´, explica.
Para completar ingresos, Ramón ha vendido reportajes sobre los destinos que ha conocido a varias revistas. Para pasar la noche, mientras tanto, algunas veces ha recurrido al ´Hospitality Club´, que reúne a más de 80.000 personas en el mundo que ofrecen alojamiento gratis a trotamundos. Y en los lugares donde no hay esa posibilidad se aloja en los hostales.
Como su segunda casa Por si acaso, en la moto —que es como si fuera su segunda casa— guarda su carpa, para emergencias, pues Ramón escoge muy a menudo rutas que no son nada turísticas.
´Es la mejor manera de tomar el pulso a las realidades —argumenta—, y de relacionarse con el pueblo´. En Bolivia lo hizo con tres lustrabotas de La Paz a los que invitó a comer durante los días de su visita. ´Y uno descubre curiosidades tales como que en Australia las fresas se comen con sal y no con nata´.
Como constancia, a Ramón le basta y le sobra con su pequeña cámara fotográfica, con la que retrata el mundo para almacenarlo después en la memoria de su computador portátil. Por lo demás, viaja casi casi sin equipaje. ´Me valgo con un par de camisas y un par de pantalones. Cualquier peso más, cualquier souvenir, resulta inútil´. Y sólo unas cuantas guías, folletos, trípticos y papeles recogidos a lo largo de su travesía molestan por su peso. ´Por eso, cada cierto tiempo mando varios kilos de papel a España´.
Con todo lo recabado y ayudándose de su bitácora personal, Ramón pretende escribir un libro con todo lujo de detalles, entre los que pretende incluir aquellos relacionados con las barreras del idioma.
´Pese a que hablo español, francés e inglés, me he encontrado en situaciones inverosímiles, en lugares perdidos de Irán y Paquistán donde dormía en casas de campesinos con los que me entendía por signos´.
Mientras, para poner fin a su odisea Ramón tiene todavía que atravesar Ecuador, Colombia, Panamá, Centroamérica, México, Estados Unidos y África. Pero, sin acabar ésta, ya piensa en su próxima aventura: China y Mongolia en automóvil.