Concluida la Segunda Guerra Mundial, el mapa de conflictos del planeta —exceptuando Oceanía— quedó caracterizado por un continente europeo con una hegemonía económica incierta, mientras África se resquebrajaba a causa de sus luchas tribales, Asia era presa del fundamentalismo y del integrismo religioso, y América buscaba y rebuscaba —como hoy— su norte político.
Hasta el advenimiento del neoliberalismo, se había acentuado la creencia que un estricto control militar en contra de todo posible brote socialista, anarquista o terrorista, sería el mejor modelo de un gobierno mundial. Con la vigencia de la economía de libre mercado, va tomando cuerpo e institucionalidad la idea de un gobierno planetario cuya esencia y funcionalidad estará sustentada en la actividad comercial.
Esta última tendencia parece culminar en la creación de la Organización Mundial del Comercio, cuyos postulados filosóficos e institucionales —por cierto, muy resistidos— quedan planteados como instancias teóricamente homogeneizantes y prácticamente hegemónicas de las acentuadas asimetrías entre norte y sur.
Ahora bien, en nada aprovecha ejercitar otra consabida y delirante crítica al modelo neoliberal. Lo que la OMC debe aplicar inmediatamente son políticas que exterminen el asistencialismo —vía subsidios— y promuevan las economías eficientes, es decir, que las naciones estancadas alcancen la edad adulta mediante el respectivo ´destete´ de los organismos internacionales de cooperación multilateral.
Porque, aunque no se quiera reconocer, toda cooperación (económica, tecnológica, profesional) es un asistencialismo que terminará más temprano o más tarde en condonación, es decir, en dependencia.
El primer mundo debe dejar de nutrir la subcultura de la incapacidad, misma que sustenta el subdesarrollo, que a su vez multiplica unas características sicológicas en los asistidos, poco menos que genotípicas.
Por su parte, las decenas de naciones estancadas, deben reconocer que en el quehacer económico, sea cual fuere el modelo imperante, la ineficiencia resulta ser más costosa que la eficiencia, salvo que alguien pueda inventar una economía en la cual la ecuación costo-beneficio, desaparezca.
Sólo admitiendo la mencionada perogrullada, y en la línea de un gobierno mundial merceológico, las naciones subdesarrolladas deberán crear planes comerciales que involucren planes de consolidación industrial, hasta ahora inexistentes, y proyectos de formación empresarial académica capaces de superar la era del ´pionerismo artesanal´ de hacer economía, y las visiones excesivamente simplificadoras y reduccionistas en contra de la complejidad del hiperindustrialismo actual, visiones y posiciones que en lugar de crear economía, la objetan de por vida.
*Marco Antezana es empresario.
Para que no siga perdiendo imagen...
No se puede menos que asumir una posición crítica frente a ciertas actitudes y declaraciones del Presidente de la República. Mucho de lo que dijo últimamente constituye afrenta a la más elemental sindéresis
Luces y sombras
Transcurrido el primer mes de la nueva administración del Estado, surgen los primeros elementos que nos permiten una primera y somera evaluación de la marcha del Estado.