Desde los comienzos de las civilizaciones humanas en las cuales se establece el poder como mecanismo para gobernar, la trampa más frecuente en la que han caído los poderosos ha sido la soberbia. Considerado como el mayor de los pecados capitales por ser la raíz misma del pecado, San Agustín, en el siglo cuarto de la era presente, decía: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”.
Nuestro país ha sido testigo de este mal que ha recaído sobre muchos mandatarios del pasado en mayor o menor grado. Cuando en octubre del 2003 el país caía, el gobernante de entonces no lograba entender la situación de las calles pensando que su despacho presidencial conservaba aún autoridad. La soberbia creó un abismo entre la realidad del país y la visión de las esferas gobernantes de entonces.
Los síntomas más evidentes de la soberbia son: creerse más de lo que uno realmente es, tener una actitud desconsiderada hacia el prójimo, menospreciar al otro, despreciar la semejanza con los demás y creerse dueño de la verdad. La soberbia es la antonomasia de la desconsideración y simplemente, el deseo de ponerse por encima de los demás. El filósofo contemporáneo, Fernando Savater, en su reciente libro, “Los siete Pecados Capitales”, dice que a veces ocurre que se confunde por soberbio a quien sobresale por sus virtudes. Tener virtudes denota excelencia, lo cual no es soberbia. El excelente no tiene culpa de serlo. Sin embargo, el vicio aparece cuando esa excelencia es arrojada a la cara de otros.
Savater también comparte en su libro el hecho de que la soberbia se esconde muchas veces detrás de la humildad y que más pronto que tarde, los falsos humildes se descubren ellos mismos, cayendo en una espiral de desgracia. Nadie es más frágil —prosigue Savater—, más vulnerable e inconsistente que el soberbio.
Por ello recomienda, recurriendo nuevamente a textos de San Agustín, que el mejor remedio para curar la soberbia es ser realista, lo cual generalmente puede ser resultarle muy difícil al soberbio. Difícil ya que para encarar la realidad se requiere de una genuina humildad. Humildad que tampoco debe llevarse a un extremo tal en el que se desvalorice uno a sí mismo hasta llegar a la humillación.
La esencia de los pueblos no es soberbia y el gobierno actual, que surge de él, comprenderá quizá mejor que las administraciones del pasado, que la consideración y la atención a las necesidades de todos los sectores y regiones del país es una virtud. En cambio, el autoritarismo y la exclusión son males que causaron mucho daño al país y deben ser evitados a toda costa.
*Orlando Cabezas G. es ciudadano boliviano.
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