La verdad es que don Román Loayza y Agustín Echalar se parecen bastante. A los dos les gusta escandalizar. Mira que proponer cambiar el nombre de este país. Mira que sostener que Simón Bolívar era un “general que una vez jugó a Napoleón” y además tacharlo de invasor. Pero allá ellos con sus encuentros siameses, lo cierto es que Bolivia existe hayan o no querido que fuera lo que es los padres de la patria pensaron que estaban fundando, esos que se opusieron a que seamos el norte argentino o el sur peruano. Ocioso discutir hoy si nos hubiera ido mejor o peor, o si al país del Río de la Plata y al de la Ciudad de los Virreyes les hubiera convenido tenernos como conciudadanos.
Ocioso porque Bolivia es una realidad, mezcla de sangre y de sueños. Una realidad que se hizo en la eterna pelea (muy boliviana aunque no exclusiva de esta parte del mundo) de los unos contra los otros. Una realidad que se hizo en la guerra contra nuestros vecinos y en el sentimiento de cada uno de nosotros. Falta sólo ver cómo en un partido de la selección nacional cambas, collas y chapacos gritamos por igual olvidando regionalismo y otras estupideces que nos desunen.
He visto a niños con los ojos brillantes frente a nuestra tricolor en los parajes más inhóspitos de nuestra patria. Desde la Amazonia hasta el altiplano más árido. A ellos el Estado boliviano no les ha dado nada y sin embargo están dispuestos a luchar por este país que fue la fe de nuestros mayores.
Y hablando de mayores, viene a mi mente la imagen de los antepasados de Agustín, de los de Loayza y de los míos propios en las trincheras del Chaco defendiendo el petróleo de todos los bolivianos que se encuentra en Tarija y Santa Cruz y que si hoy no es paraguayo se debe a que 50 mil de los nuestros dieron su vida en esas arenas.
Ahí, en medio de la sed que obligaba a beber orines, en medio de la disentería y del calor infernal los señoritos terminaron abrazados de su pongos y los indígenas aprendieron a disparar.
Del Chaco salió otra patria cuyos frutos hoy cosechamos en tiempos en los que la discriminación y la inequidad (eso espero) están dando sus aletazos agónicos.
Bolivia es una realidad y ser hijo de ella es, también, una elección, tan legítima como cualquiera. Lo es también la Asamblea Constituyente espacio en el que los bolivianos reafirmaremos nuestro compromiso con la construcción de una patria donde todos seamos iguales no sólo ante el papel sino en la realidad, donde haya justicia social y donde no hayan bloqueos porque la riqueza se reparta entre todos.
En 1828 en Cuernavaca, México, José Miguel Heredia, el gran poeta cubano de la lucha independentista señaló: “Jamás olvidemos que la justicia es la base de la libertad; que sin justicia no puede haber paz”. Ni más, ni menos, esa será la paz que estamos forjando.
Súmele usted amable lector la cantidad de horas que invertimos los bolivianos en hablar de nuestro país. La que invirtieron las muchas generaciones de nuestros mayores. Y alguien dice que el nombre de esta patria no tiene sentido. Lo siento por esa persona, a la que, claro está le reconozco todo el derecho de reclamarse apátrida, o de adscribirse a cualquier nacionalidad que le dé la gana porque ahí está la base de la libertad de cada quién. En lo que a mí me toca Bolivia es mi más irrefrenable pasión. Tengo la sensación de que para más de un lector también.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
“Nativos digitales”
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Tratándose de una reforma total a la Constitución, para un trabajo ordenado, eficiente y productivo de la Asamblea Constituyente, es imprescindible la previa concertación de un Pacto Preconstituyente, impulsado por el gobierno y celebrado con todas las fuerzas vivas del país
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Preguntaba uno sin tarjeta ni credencial, que me presentaron como corresponsal de algún periódico de Estados Unidos, ¿qué hay de cierto de la expulsión de dos misioneros mormones por los cocaleros del Chapare? No lo sé, respondí.
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