La comunidad cruceña es una de las más antiguas de la Chiquitania boliviana. Sus ancianos atesoran las tradiciones orales narradas por sus antepasados. La existencia de dos alcaldes es parte de las singularidades de este poblado oriental.
Texto y fotos: Javier Badani
E l acuerdo de paz se selló al mediodía. Entonces, Braulio y Miguel Ángel Vaca Díez, en pugna por la silla edil, dejaron las amenazas de crucifixión y los bloqueos a la carretera que conecta la Chiquitania con la ciudad de Santa Cruz. Luego del almuerzo familiar, los dos primos saldaron el conflicto —el 2005— con una salomónica decisión: agregar un segundo escritorio al despacho de Agente Municipal y dividir el sueldo de 1.800 bolivianos. Desde ese día, ambos reciben oficialmente a los visitantes.
Cosas como estas son comunes en Santa Rosa de Roca, una de las poblaciones más antiguas de la Chiquitania cruceña y cuya historia y leyendas se mantienen vivas gracias a la voz de sus ancianos.
Uno de ellos es Óscar Ramos Parada (62), descendiente de la familia que fundó la población oriental a finales del siglo XIX. “Oiga, eso de los dos alcaldes... ¿será legal?”, espeta con ironía el anciano desde su asiento en el restaurante y karaoke El Chiruriru, donde el aroma del majadito aguachento anuncia la llegada del almuerzo.
Un pueblo de aventureros La génesis de Santa Rosa de Roca, que se encuentra a unos 380 kilómetros al noreste de la ciudad de Santa Cruz, se remonta al año 1888, cuando José Prudencio Roca, descendiente de españoles, fundó el poblado junto a su esposa Marica Ramos. De allí el apelativo “de Roca”. Prudencio se asentó en la selva chiquitana junto a una decena de trabajadores que construyeron uno de los primeros templos de la zona, ante la desconfiada mirada de los indígenas chiquitanos.
Con el tiempo, fueron los propios originarios quienes iniciaron la expansión del poblado. Ellos buscaban educar a sus hijos en la escuela mandada a construir por el hacendado, quien contrató al profesor citadino Juan Francisco Franco. Éste llegó, en 1926, a ser Corregidor de Santa Rosa de Roca, año en que la comunidad fue elevada al rango de cantón debido a su crecimiento demográfico.
Hoy, sólo una cruz labrada en madera queda como testigo de aquellos días. Incluso el lugar donde fueron sepultados sus fundadores, donde se alzaba el viejo campanario, está dominado por escombros de tierra. A unos pasos se halla el único vestigio del primer templo: un solitario altar donde habita la Virgen de Fátima junto a una botella plástica de Coca- Cola adornada por un par de flores.
“Es una pena. Después de todo, ellos iniciaron esta historia y deberían ser recordados con dignidad”, masculla Óscar Ramos —padre de siete hijos y “unos 30 nietos”—, quien con orgullo afirma ser la sexta generación de aquella pareja de aventureros cruceños.
Los recuerdos de don Cirilo En la actualidad, Santa Rosa de Roca es uno de los cantones más habitados de la Chiquitania. Unas 1.500 personas conviven en el pueblo chiquitano circundados por seis comunidades indígenas.
Al igual que en la mayoría de las localidades del área, el sistema de electricidad es inexistente. Sólo los motores a diesel brindan algunas horas de luz a pocas familias. Los demás usan mecheros a diesel, gas —que cuesta 35 bolivianos— o simplemente velas, como es el caso del hogar de Cirilo Solís, el habitante más antiguo del poblado.
A sus 97 años, este longevo personaje es el último combatiente de la Guerra del Chaco con vida de toda Santa Rosa de Roca.
A pesar de tener la memoria resquebrajada por el paso de los años, Solís recuerda con lucidez la añeja celebración de Semana Santa, donde los habitantes visitaban en procesión las cuatro cruces gigantes que circundaban el pueblo.
Luego, “había que azotar el aire con correas hechas de cerdas de animales para librarnos de los hechizos, oiga”, rememora el anciano.
“Don ‘Ciri’, ¿Ud. conoce la historia del duende dañino?” La pregunta interrumpe las cavilaciones del ex artillero desde un oscuro pahuichi donde se aloja la cocina de barro de la familia Solís.
Es la voz de María Aponte (90), la esposa del veterano, quien, sin esperar respuesta a su interrogante, abandona en el piso de tierra un par de leñas y comienza a narrar la leyenda de un travieso personaje.
Un duende enamorado Kerlin Pañonis. Con ese nombre firmaba sus cartas de amor un duende que vivía detrás de un grueso árbol, en San Carlos, a tres kilómetros de Santa Rosa de Roca.
“Le escribía a una linda peladinga”, narra la abuela de una decena de nietos, y sus palabras atraen la presencia de Óscar Ramos.
“A mi abuelo, que vivía al lado de la casa de esa pelada, Kerlim le robaba cada noche la carne de su ganado para llevársela a la corteja”.
La carne, según la historia, era depositada por el duende al lado de la cama de la muchacha. Y así, mientras su amada dormía, el duende le peinaba la cabellera.
“Por las mañanas se podían ver las huellas de sus pisadas azules en las paredes de la casa”. Pero, “una noche el padre de la joven esperó al dañino, le pegó un tiro y se fue del pueblo con toda su familia. Kerlim se perdió por un tiempo, pero volvió con un nuevo nombre: Randolfo Lobos Parada, lo que al final —concluye Ramos rodeado de prolongadas carcajadas— lo convertiría en mi primo”.
Al igual que esa leyenda, existen otras historias que los estudiantes de la Unidad Educativa Santa Rosa de Roca buscan preservar.
Con una población estudiantil de 500 alumnos, los profesores de la escuela chiquitana —que llega hasta primero medio— elaboran un proyecto para rescatar las tradiciones orales de su comunidad, a través de obras de teatro escolar.
Llega la hora del té en El Chiruriru. Arropados por el aroma del masaco de yuca y el chocolate con leche, Braulio y Miguel Ángel Vaca Díez se reúnen para planificar el programa oficial de la fiesta del pueblo, el próximo 30 de agosto.
“Y, ¿qué pasó con Kerlim Pañonis?”, surge la pregunta. “Dicen que murió de amor, solingo...”.