José Mejía Paz y Valentín Tito Challa son de los pocos barberos que todavía quedan en Bolivia. En otra época rasuraron incluso a presidentes y personalidades. Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado. Y cremas, cuchillas y demás utensilios que antaño eran utilizados en su tarea diaria, están por convertirse ya en auténticas piezas de museo.
Óscar Díaz Arnau Fotos: Pedro Laguna
Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Zuazo, Enrique Hertzog, Germán Busch y Max Fernández ofrecían gustosos sus mentones y ellos, a navaja limpia, rasuraban sus barbas con esmero, a algunos incluso en el Palacio de Gobierno, arropados por un ambiente de respeto y cordialidad. Pero esos eran otros tiempos…
Como época de oro de las barberías se puede considerar al periodo entre las décadas del 40 al 60. Por aquel entonces, mientras unos se dejaban encremar la cara y otros esperaban que la toalla a vapor suavizara su piel, muchos hacían fila hasta que les tocaba el turno de ser atendidos por los rapabarbas.
Lejos uno del otro, pero cercanos por la magia de los espejos, José Mejía Paz y Valentín Tito Challa recuperan hoy de la memoria los mejores pasajes de sus vidas entre tijeras y mecheros. ¿Cómo era afeitar con navajas alemanas, norteamericanas o españolas y en sillones de cuero francés? ¿Cuántas brochas, de las de antes, quedan en las peluquerías? Las preguntas surgen impregnadas de una fragancia prístina, de post-afeite, con un halo de nostalgia, y arrancan sutiles sonrisas a estos veteranos de este oficio.
José Mejía Paz Aprendió a cortar y afeitar en un mes, observando al abuelo del ex presidente de la República, de apellido Veltzé (no recuerda el nombre de su maestro), en la calle España, frente al teatro Achá de Cochabamba. Y un día fue llamado para que atendiese a Paz Estenssoro en el Palacio. Llegó, los guardias revisaron su maletín y le dieron el permiso de ingreso afirmando en voz alta que no llevaba nada de peligro. Pero antes de entrar, él exclamó: “¡Hijos de Dios, ustedes no debían ser policías, para qué está la navaja ahí!”. Ese mismo día, el Presidente cambió a un coronel y a un agente.
La anécdota se acomoda en un ambiente perfecto. Del vetusto aparato de radio fluye la música de Mozart, infatigable compañero del fígaro, y Mejía, empuñando su navaja preferida, inicia el ritual del preludio a la labor diaria, la misma que viene practicando los últimos 66 años. Nadie apostaría que, con su estampa y su sonrisa imperecederas, fuera todo un nonagenario.
“Hertzog era todo un caballero”, vuelve a recordar Mejía. “Hola negro, ¿ya tomaste el desayuno?”, le preguntaba algunas mañanas el Presidente. Y luego le invitaba al Palacio para que desayunaran juntos.
A Víctor Paz no sólo le cortaba la barba en el Palacio, sino también en su casa y cada 20 días. “Sabían tratar al obrero”, dice con la mirada despierta del barbero de Rossini, aunque sin la picardía del fígaro de la ópera. Hoy, rara vez tiene más de cinco clientes al día y, salvo Benjamín Miguel, no recuerda otra personalidad en su “barber shop” del edificio Asbún, en la Socabaya.
Mejía revela el secreto de su antigua técnica de afeitado resumiéndola en una navaja afilada con una piedra japonesa, ahora inexistente en Bolivia. Luego, “se enjabonaba con brocha de afeitar, pero con un jabón especial que ya no se produce”.
Nada es igual que antes, salta a la vista, y la actividad es casi nula. Así, el alumbre —indispensable para tapar los poros—, las navajillas, los rociadores, la crema importada, la brocha de pelos blancos, la toalla húmeda y el algodón al cuello esperan, entre mecheros apagados, que se haga el milagro, y se pueda rescatar el pasado para traerlo hasta este presente triste de barbas ausentes.
Valentín Tito Challa “Valentín, ¿y ahora quién me va a afeitar?”, le preguntó Luis Moscoso, entonces director del Centro Educativo Integral Félix Méndez Arcos. El peluquero le había fallado y a Valentín Tito Challa, con sólo 14 años, le salió el impulso de ofrecerse para reemplazarlo. Estaba por cumplirse la primera mitad del siglo y el adolescente ya atisbaba, casi de contrabando, el trabajo del barbero habitual de Moscoso.
La rasurada quedó tan bien que lo declararon “profesional” y lo despacharon a la calle, para abrirse campo en el arte de la peluquería.
Y lo consiguió, a pesar de las dificultades. Valentín estuvo internado porque se quedó huérfano de padre y madre a los cuatro años. Con todo, al independizarse, poco a poco se fue haciendo de clientes y, de no tener nada, llegó a los 73 años con dos casas; “gané plata entre 1951 y el 2000”, dice él.
Hoy, con 59 años de profesión, se mantiene aún firme en su peluquería de Sopocachi. Y recuerda que antaño figuras de la política eligieron poner sus barbas en remojo allí, en plena calle Ecuador.
Si bien ahora no tiene un solo cliente como barbero, no se le olvidan los tiempos en que rasuró más barbas que cortó cabellos. Ahora, “cada cual se afeita en su casa”.
De los políticos que atendió, menciona la afabilidad de todos, pero también una característica generalizada: “eran tacaños”. A modo de ironía cuenta que durante el primer gobierno de Paz Estenssoro fue exiliado a Chile; en el segundo, le rasuró la barba al tres veces presidente de Bolivia; y, finalmente, terminó siendo su asesor agrario.
Valentín es “Profesor de Corte y Peinado”, con título del Servicio Nacional de Formación de Mano de Obra (Fomo), no como algunos colegas suyos que, se queja, “se hacen llamar \'estilistas internacionales\', pero eso es todo una mentira”.
Añorando, el barbero confiesa que compró en un remate, previo pago de la entonces fuerte suma de 8.000 bolivianos, cuatro sillones traídos de los Estados Unidos en 1933. Además, dos de los primeros modelos de máquinas eléctricas “Oster”, una navaja francesa, otra estadounidense y varias españolas, junto a sus brochas ya archivadas, podrían formar parte de un museo.
Y es que los tiempos han cambiado. La máquina de afeitar eléctrica arrasó con la costumbre de hacerse rasurar en las peluquerías, y ahora los barberos como Mejía y Valentín se cuentan con los dedos de una mano. Casi todos fueron arrastrados por la corriente de los años... y la época dorada del oficio retorna sólo en sus mejores sueños.