Antes de obtener mi título profesional, y después también y aún con más fuerza, he defendido el derecho de cualquier ciudadano de practicar el periodismo entendido éste como la narración de hechos que interesan a un amplio público, bajo el particular punto de vista del narrador que priorizará tal o cual detalle simbólico para mostrarnos en él el desarrollo de un fenómeno.
He conocido periodistas brillantes que jamás pasaron por la universidad y a muchos mediocres que hasta título de maestría tienen. En fin, el viejo dicho de que lo que natura no da. Y es que este es un oficio como el del zapatero que, como dice del jefe de Redacción de Clarín, Marcelo Moreno, se aprende clavando suelas y tacones, es decir haciendo zapatos. Los egoísmos corporativos no nos han llevado a nada bueno. Es, por ejemplo, una barbaridad que los maestros consideren que los licenciados de las universidades no pueden dar clases y los de las normales tienen el derecho sacrosanto de que el Estado les dé un empleo hasta que se jubilen.
Por todo lo anterior, no entiendo la posición de los dirigentes de los médicos bolivianos que han lanzado el grito al cielo porque sus colegas cubanos hayan venido a Bolivia a salvar vidas.
Nadie niega el hecho de que los galenos nacionales hayan estudiado en el país, pero eso no debería ser una garantía de trabajo automático. Por el contrario, al llamado del Ministerio de Salud se presentaron apenas seis doctores dispuestos a ir a la Bolivia profunda. En cambio los de la isla de José Martí vinieron, curaron y salvaron casi trescientas vidas sin costarle un centavo a los bolivianos. Como ciudadanos y como seres humanos deberíamos estar dando vivas.
No crea que detrás de este comentario existe un contenido político. No señor, si fueran médicos norteamericanos (como parece que llegarán gracias al encuentro entre la señora Rice y nuestro mandatario) estaría igual de contento porque no es concebible que en Bolivia se siga curando con orín a los niños y eso a sólo una hora de las ciudades.
Lo propio con la Operación Milagro. Hay en el país magníficos profesionales, incluso los hay muy comprometidos con los pobres. Lastimosamente a su lado también practican la profesión de Hipócrates muchos mercachifles y de paso la practican mal. Pero el colmo del colmo es que su negligencia no está penada. No pasa semana sin que alguien me cuente alguna barbaridad cometida por algún galeno, al punto que dicen que el mejor doctor boliviano es LAN Chile que te lleva directamente a Santiago donde están algunas de las mejores clínicas de la región. No creo que sea para tanto, sobre todo porque conozco a profesionales muy capaces, pero, al mismo tiempo sé que Chile recibe varios centenares de millones de dólares en divisas por la venta de salud.
Al paciente “le interesa poco” si el doctor le dice “oye chico”, “hey boy”, “escuchame pues”. Lo que verdaderamente es trascendental es que se lo cure, así que bienvenidos médicos del mundo entero si es que van a ayudar a salvar a los nuestros y mejorar la calidad de vida de los pobres. Sin olvidar que en los próximos años Cuba formará a cerca de diez mil médicos bolivianos comprometidos con ir a la Bolivia profunda, entonces no tendremos que importar profesionales de ninguna parte porque los que estén acá verdaderamente cumplirán el juramento que hicieron, trabajando entre los más necesitados.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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