Unos afilan toda clase de cuchillos. Otros llevan las riendas de ascensores de edificios públicos. Y hay los que se ganan la vida rellenando formularios.
Óscar Díaz Arnau Fotos: David Guzmán / P. Laguna / Ángel Illanes
Con la ayuda del dedo índice, Janet Quispe, ciega desde los 14 años, sube y baja cientos de veces, sin moverse de su silla, el edificio del Ministerio de Desarrollo Sostenible. Por un convenio con la Federación de No Videntes, Janet allí trabaja de ascensorista.
Son las 14.30 horas de un lunes y Janet, casada con un invidente y madre de un niño sano de tres años, tiene mucho trabajo. El ascensor es pequeño y no le da respiro. Aun así, responde a los saludos con amabilidad y nunca deja de notar si está en subida o en bajada.
Así, le dedica al ascensor ocho horas por día, visitando imaginariamente, gracias al sistema Braille, cada uno de los siete pisos del edificio.
Muy cerca, en el edificio de Ecobol, ocho colegas suyos, entre ellos el también invidente Roberto Vargas, se turnan para atender seis ascensores —con capacidad para 20 personas— que por el día y la noche se mueven a lo largo de 20 pisos.
Impecables, lucen uno de los tres uniformes que intercalan en la semana. Ellos no sólo cumplen con esta labor, sino también efectúan otras tareas dentro del edificio. En general, todos creen que su sueldo apenas alcanza para vivir.
En este complejo hay cinco ministerios, dos viceministerios y otras entidades públicas. Aproximadamente 5.000 personas utilizan a diario los seis ascensores, formando largas filas en la planta baja. Con gente, un elevador tarda tres minutos hasta el último piso.
Germán Vilca lleva ocho años en este oficio; Franz Beltrán, seis; y Gustavo Aramayo, tres. Y los tres coinciden en que se tropiezan con gente de distintos niveles de educación y, por lo tanto, deben acomodarse a diferentes situaciones.
Con todo, combaten el cansancio y el aburrimiento conversando con la gente. Y las anécdotas, apunta Aramayo, están a la orden del día. “Hace poco —recuerda—, una joven me pidió subir al piso 20. Al llegar allá, para mi sorpresa, ella me dijo que trancara la puerta y le besara, que quería tener una experiencia distinta. Yo, casi sin palabras, me escapé como pude. Y la propuesta quedó simplemente en eso”.
Lamentablemente, pese a lo curioso del oficio, en La Paz cada vez se cuentan menos ascensoristas.
Un solitario afilador
Trabaja como ambulante, gracias al infatigable trajinar de una solitaria rueda. Se le ve cada mañana, camino de un mercado a otro, al ritmo giratorio de sus afiladores móviles. Hoy espera a sus clientes en el mercado Rodríguez. Pronto, comienza a acudir gente, y la rueda, estacionada contra el piso, empieza a girar con la ayuda de la pierna izquierda de Dionisio Alave.
Más de 40 años en el oficio no pasaron en vano y, a medida que se va consumando el sutil roce de la hoja sobre la piedra —siempre de costado—, un brillo plateado crea luz propia y el cuchillo, viejo y carcomido, renace de sus cenizas.
“Sufrimos, nos enfermamos”, se queja Alave al tiempo que pedalea. Hombre de 60 años, manos curtidas por su trabajo, barba recién nacida y gorra para cubrirse del sol, afirma que “apenas hay trabajo”. Además, apenas cobra un boliviano por afilar un cuchillo pequeño o un machete. “No podemos cobrar más, la gente del pueblo no puede pagar”, dice, y luego acomoda su estuche, donde carga un martillo, limas, metro, aceite y correa.
Los últimos dactilógrafos
Una calculadora, una vieja máquina de escribir “Lower de Luxe” y un escritorio, ocupado por una mujer joven, se agolpan entre las calles Colón y Mercado. Ella prefiere no revelar su nombre, atemorizada por el constante acoso de los agentes municipales, que hace poco se llevaron las mesas de varios trabajadores de la curiosa Asociación de Dactilógrafos Independientes Tributarios.
A su lado, un hombre con una máquina igual de vieja, teclea aceleradamente para no desesperar a la larga fila de personas que, entre paciente y resignada, espera su turno. Suele cobrar tres bolivianos por formulario, y cada día atiende, por lo menos, entre 15 y 20 clientes.
Se redactan solicitudes y testimonios, pero lo más normal son los formularios de impuestos para la renta. También se brinda asesoramiento, porque la gente desconoce el procedimiento de descuentos que tiene Impuestos Nacionales.
¿Y los horarios? “Si lo dejamos vacío, los frutillas (policías) se llevan las mesas”, responde la muchacha, que tiene incluso que almorzar sin moverse de su sitio.