Era diciembre y la década de los ochenta llegaba a su fin. Estábamos más tristes que nunca porque John Lennon había sido asesinado pero el canto debía continuar y con Mauricio Bayro, pintor cochala y chilango, asistimos a un concierto de Joan Baez en la ciudad de México. Todo transcurría sin sobresaltos y su voz evocaba a Saco y Vanzetti o al Preso Número 9, cuando de repente ella pidió un minuto de silencio por su —nuestro— hermano John y empezó a cantar Imagine. Esa fue la señal para que uno y luego varios fans dejemos nuestros asientos y empecemos a correr saltando —estábamos en el tercer piso del auditorio, el más barato, como corresponde— hasta terminar trepados en el escenario rodeando a Joan Baez y haciendo coro pluri-multi entonando una y otra y otra canción de Los Beattles. Nunca más volví a ver a Joan Baez.
Hasta que la otra tarde, mi caserita de di-vi-di-s, puso en mis manos la tapa de un disco pirata que registra un concierto de B.B. King, gran maestro del blues, y Joan Baez, famosa cantante de música protesta. Un concierto, además, realizado en la célebre cárcel de Sing Sing, la más pesada de las penitenciarías de Nueva York. Era día de Acción de Gracias y corría el año 1972, en ese entonces, los artistas recorrían las cárceles en apoyo a los detenidos por oponerse a la guerra de Vietnam. Ese concierto fue registrado por nueve cámaras y algún periódico gringo lo definió como “uno de los mejores shows en la historia de la música”, aunque no se limita a registrar la actuación de los músicos sino que muestra la condición de los presos. Gran documental, qué duda cabe, y que se transforma en acontecimiento que eriza la piel porque, después de las celdas y los testimonios de los presos, después del arribo de los músicos a la prisión, después que el comedor se transforma en auditorio con bromas y silbidos, después del canto gospel de unas negras frenéticas que encandilan a los presos, después de eso que transcurre durante media hora aparece en escena —es un decir— Joan Baez con una camisa de blue(s) jean y una chompa con cuello beattle —remember México—abrazada a su guitarra. Les dice a los presos sin dramatismo que lamenta su situación y que la música es para que pasen un buen momento y les ofrece su música. Un negro aspira su cigarro, mientras otros hombres se desparraman en sus asientos como si estuvieran en algún teatro al aire libre. Finaliza la primera interpretación, y Joan Baez invita a su hermana menor, el mismo perfil, similar cabellera y la pura inocencia, abrazada también a su guitarra. Intercambian miradas y empiezan a rasgar sus cuerdas y cantan: “Viva mi patria Bolivia, una gran nación, oh, oh, oh, por ella doy mi vida, también mi corazón”. Keasdicho.
¿No sienten, lectores, ganas de salir a la calle y buscar en esos innumerables escaparates que adornan nuestras calles ese DVD? Es parte de una The Hoffman Collection, el fondo de la foto donde B.B. King toca la guitarra mientras mira a su saxofonista es de color verde, y vale apenas quince pesitos. Verdad que vale la pena, y no porque sea 23 de marzo y nos sentimos orgullosos y esperanzados —sigo pensando como Horkheimer: “cuando los hombres dejen de desfilar, entonces se cumplirán sus sueños”— sino porque sí. Porque eriza la piel y corta la respiración.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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