Alcohólico, loco... Los adjetivos pesan sobre la figura de este pintor y escritor paceño que se atrevió a reflejar ´temas de indios´. Pero una tesis sobre su vida derriba éstos y otros mitos.
Mabel Franco • Pinturas: Ronald Roa / Siart 2003
La fama de borracho empedernido, y hasta de loco, se la endilgaron. De alguna manera había que disculpar sus ideas socialistas, que llegaron al extremo de proponer un cambio en el escudo de La Paz: hoz y martillo junto al Illimani. Por supuesto que pesaron también las circunstancias de su muerte —un trago de ácido sulfúrico que le sirvieron en un bar y que le provocó una agonía de tres días— y la anécdota aislada y citada por Porfirio Díaz Machicao sobre que Arturo Borda paseaba borracho por las calles, luciendo una cebolla en el ojal.
Pero Ronald Roa dedicó 30 años de su vida a desandar las rutas que el pintor y escritor trazó durante sus años de existencia, entre 1883 y 1953, para despejar algunos mitos. Así, a fines del pasado año defendió una monumental tesis de grado, en la carrera de Historia de la Universidad Mayor de San Andrés, por la que recibió el máximo puntaje y la recomendación de que debería publicar su trabajo. Mientras esto sucede, el historiador, nacido en La Paz pero radicado actualmente en Santa Cruz, ayuda a despejar algunas dudas en torno al autor de la serie de libros El Loco.
Un bohemio en La Paz
Arturo Calixto Borda Gozálvez nació el 14 de octubre en una casa de la calle Bolívar, en La Paz. Su padre, José Borda Gozálvez, era un militar que llegó a pelear en la Guerra del Pacífico y que escribía poesía y cuentos. Un ejemplo son los versos que describen la niñez de su hijo en la región de Yungas: ´Allí también está mi querido hijo Arturo / Que divierte jugando con mariposas mil / Y respirando el aire embalsamado y puro / Vive en ese espléndido y mágico pensil´.
José Borda y Leonor Gozálvez Montenegro tuvieron cinco hijos. Era una familia de clase media que en algún momento debió pasar por dificultades económicas, pues cuando Arturo tenía 18 años se vio obligado a dejar el curso de contaduría que seguía en el colegio Inglés, donde era alumno destacado, intelectual y moralmente.
Según el propio Borda, a los 16 años comenzó a escribir y a pintar. En 1909 obtuvo una mención honrosa con un óleo conmemorativo y en 1913 ya colaboraba con artículos para la prensa con el seudónimo de Aymara, idioma que él dominaba.
En 1917, su figura se hizo muy visible a raíz de la censura de uno de sus cuadros —un retrato del fallecido presidente Montes— y de la venta de El Yatiri, obra fundamental que le permitió reunir el dinero para viajar a Buenos Aires. En esa ciudad, su obra —78 lienzos— mereció críticas muy elogiosas en 1919, salvo de las autoridades diplomáticas bolivianas, que le reprocharon el haber llevado pintura de indios y le negaron su ayuda para recuperar los cuadros robados por su socio.
La reacción frente a esa injusticia la imaginó Gustavo Navarro (Tristán Marof) para su obra La novela de un hombre: ´...rasgó todos los cuadros... desapareció de Buenos Aires y se dedicó a la bebida, entregándose de lleno a una bohemia absurda...´, escribió al respecto.
´La fama de borracho está relacionada —afirma Roa— con la poca resistencia de Borda frente al alcohol: se embriagaba pronto´. Como escribe Jaime Saenz, quien conoció a un Borda ya mayor, un vaso bastaba para que comenzara a hablar en aymara. Era un ebrio tranquilo, según cuenta Carlos Salazar. Pero, no era un alcohólico, y uno se da cuenta de eso sólo con tener en cuenta su actividad pública, muy intensa, pues fue impulsor de los movimientos obreros y tuvo vínculos con la clase gobernante. El presidente Hernando Siles, documenta Roa, le invitaba a almorzar al Palacio de Gobierno, en tiempos en que se asistía con frac.
Pero, ¿por qué entonces le rocían tanto alcohol a la figura del artista?
Antes de responder a esta pregunta, Roa elige despejar otro de los mitos: el de artista ignorado que no pudo vender ni dos cuadros en vida o que solía regalarlos por las calles durante sus aparentes borracheras.
Borda no era ningún desconocido en el país. ´Incomprendido, tal vez en algunos aspectos, sobre todo por no encajar en los ismos que son la pauta de quienes manejan la cultura´. La prueba de que se le conocía está en las publicaciones de prensa —decenas de ellas—. Así, contra las versiones de los arquitectos Mesa-Gisbert, que dicen que luego de la muerte no hubo ni un aviso necrológico, existe una lista de 300 personas que asistieron al sepelio de Borda, ´de la flor y nata de la intelectualidad paceña´, y las condolencias que llegaron de Santa Cruz, Cochabamba, Sucre, según consta en los recibos.
Pero, muerto el artista, se ignoró su obra El Loco, que en 1925 llegaba ya a los nueve tomos y que no se pudo publicar por falta de apoyo —´No existiendo partida en el Presupuesto Nacional vigente, donde hacer la imputación de los gastos que demandaría la edición de la obra denominada \'El Loco\', cuyo autor es el señor Arturo Borda, no ha lugar a considerarse la petición anterior´, respondió el Ministro de Instrucción y Agricultura—. Y el olvido cayó sobre el creador y también fundador de la Federación Obrera del Trabajo (hoy Central Obrera Boliviana).
Pero, de pronto, en 1966, el crítico John Canaday, del New York Times, descubrió a Borda a través del retrato que hizo de sus padres, una de las obras cumbres del pintor. El artículo, que comentaba la muestra de obras de varios artistas latinoamericanos, se ilustraba con el cuadro del boliviano, del que no hay más referencia que la fecha de su nacimiento y de su muerte.
´Muestra de nuestro colonialismo y dependencia´, señala Roa, en Bolivia se desató la tormenta. Todos querían algo de Borda. La familia, que se había repartido los cuadros, se peleaba por tener los mejores. Y los ´expertos´ acudían a Héctor Borda, hermano del pintor que había armado un archivo, para comprarle documentos que no siempre se traducían en publicaciones y que, por tanto, se perdían.
Ante tanto éxito, el Gobierno armó aceleradamente una exposición y se imprimió un catálogo en México con ayuda de USIS (EEUU). Entonces, los tres tomos que quedaban de El Loco fueron impresos por la Alcaldía de La Paz.
Sin embargo, los auspiciadores repararon en que Borda era socialista. ¡Un escándalo en tiempos de guerra fría! Además, por algo similar, en 1964 el presidente Barrientos ya había mandado destruir los murales de Miguel Alandia Pantoja.
Por eso, lo de Borda ´fue inauguración y clausura´. Gran pintor, se dijo, pero un borracho. El Loco se quedó en el sótano y los originales finalmente acabaron perdiéndose.
´Había que desprestigiar a quien podía ser un mal ejemplo, a un intelectual que apoyaba a los indígenas, a los movimientos sociales, a las mujeres, que defendía ocho horas de trabajo y, sobre todo, que no cuadraba en lo que se esperaba de un artista´, apunta Roa. Y para sus enemigos fue misión cumplida.
Borda no era buen bebedor. Se embriagaba con un vaso, pero era tranquilo. No era un alcohólico.
Pasaporte recuperado
El destino del documento iba a ser el basurero, pero Ronald Roa lo recuperó junto a la historia que lo rodea. Arturo Borda lo obtuvo en 1918 para ir a Buenos Aires. Le ayudó el intendente de la Policía de Seguridad, Justo Cusicanqui. El artista retribuyó a la entidad con el cuadro Filicidio.