No hay mejor ambiente para la entronización de un mito que un público predispuesto a adoptarlo. Sus hacedores lo saben y, puesta en escena mediante, van modelando la fetichización del mismo, o sea el conjunto de manifestaciones simbólicas y materiales todopoderosas capaces de mantener cautivos a quienes se figuran su legión de llámense “devotos”, “seguidores”, “fanáticos”, “elegidos”, etc.
Muy ilustrativo de esto fue el fenómeno que siguió a la fascinación por la civilización egipcia a partir de los hallazgos arqueológicos realizados desde el siglo XIX y que ya para la segunda mitad del siglo XX había alcanzado la categoría de industria en el sentido más amplio del término. La manifestación extrema de su expansión se consiguió creando un discurso pseudocientífico sobre el poder de las pirámides convenientemente alimentado por una literatura que le era funcional y que formaba parte del plan de marketing del mito. Como reguero de pólvora se extendió la idea de que dormir en un habitáculo piramidal que respetara en escala doméstica las dimensiones de alguna de las pirámides egipcias reconstituía el cuerpo dado el “poder concentrador de energía” de tal forma.
El primero en hacer una parodia de tan ocurrente lindeza fue el músico Alan Parsons quien dedicó todo un trabajo discográfico al tema bajo el título de “Piramanía”. Sin embargo, el argumento más contundente para el desmontaje de la patraña la encuentro en El Péndulo de Foucault, obra de Umberto Eco, que leída en su clave paródica es un hermoso compendio sobre cómo desmitificar aún las creencias más arraigadas en esta o cualquier cultura.
Ciertamente el mito, en tanto el humano es un ser cultural, se hace necesario sobre todo en tiempos de inflexión y/o crisis justamente en la búsqueda para trascenderlos ante la negación de la realidad concreta, rémora de atavismos que mantenemos latentes desde nuestro origen como especie y que se pueden avivar a partir de intereses determinados. Las más de las veces se trata de un cúmulo de tonterías, para usar las palabras que Eco pone en uno de sus personajes.
Probablemente usted recuerde que la energía atribuida a las pirámides se basaba en unos cálculos ciertamente convincentes que producían el efecto ya mencionado. Ahora viene lo bueno: para desfetichizarlo el personaje sigue un procedimiento parecido pero aplicado a un kiosco cualquiera —“Verán que la longitud del entarimado es de 149 centímetros, es decir la cien mil millonésima parte de la distancia entre el Sol y la Tierra...”— y llega a conclusiones extraordinarias.
Tengo la sensación de que por la particular circunstancia política por la que estamos atravesando, quienes se figuran los titulares del proceso de cambio están seriamente inmersos en la construcción de un discurso mítico que, sabedor de la presencia de una masa ávida de su adictivo poder, lo va a utilizar con la mayor soltura de cuerpo. Es de espíritus libres el ponerlo en evidencia.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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