En la población paceña quedan tres combatientes de la Guerra del Chaco con vida. Después de 71 años del final de la conflagración bélica con Paraguay, dos de ellos rememoran aquellos días de furia.
Javier Badani • Fotos: Pedro Laguna
M atar a un ser humano no es nada fácil. Lorenzo Rivero Ríos aprendió esa lección a los 20 años, a cientos de kilómetros del calor y el cobijo de su hogar. Lo hizo en el campo de batalla.
De nada le sirvió haber sido el más certero tirador en los entrenamientos militares... A la hora de la verdad, el pulso le traicionó y su primer disparo fue a parar al infinito.
A su alrededor la batalla extendía su furia y, entonces, todo se redujo a un único objetivo: sobrevivir.
Aún temblando, Lorenzo cargó otro cartucho en el fusil, apuntó una vez más y, sin ver, disparó... Unos metros más allá, el cuerpo de un soldado paraguayo cayó inerte.
Esos son los recuerdos que Rivero guarda de su primera intervención en la famosa Guerra del Chaco, sangrienta conflagración que enfrentó en los años 30 a Bolivia con el Paraguay por culpa de las fronteras.
Ahora, bordeando el siglo de vida, el ex combatiente es uno de los últimos guerreros con vida en el pueblo de Tiwanaku, a 70 kilómetros de La Paz. En esa localidad habitan tres, pero Rivero es el único que mantiene todavía sus aptitudes físicas y mentales casi intactas.
Claro, intactas es sólo un decir. El anciano, que vive junto a Lucía (87), su esposa, se moviliza con dificultad apoyado en un andador y a diario libra una infructuosa batalla contra el silencio. Al menos eso intenta, armado de un audífono que se aloja en su oído y que él llama constantemente ´una porquería´.
Buscando la muerte
´¿Ja...? ¿Cómo? ¡Ahhh!, la guerra´, dice, y cerrando sus ojos abandona la penumbra de su tienda —donde dominan las vitrinas vacías— y entrega por unos instantes su encogida figura al imperio del recuerdo.
\'¡Bienaventurado el que muere!\', decíamos en el Chaco. Ése ya no tenía que despertar con la incertidumbre de saber si iba a encontrar agua o alguito para comer´, masculla Rivero (97), y su cansada voz cobra un inusitado dejo de rencor.
La crudeza de sus palabras contrasta con el entusiasmo con el que, en 1932, el entonces reservista de Caballería buscó luchar en la Guerra del Chaco, conflicto que había estallado semanas antes.
Con frenesí, junto a un centenar de muchachos, Lorenzo se trasladó a La Paz para reincorporarse al Ejército. Sin embargo, sus pasos fueron encaminados al Palacio de Gobierno, donde fue destinado a desarrollar la labor de centinela.
´\'Pagados de Salamanca —entonces Presidente del país—. ¡Vayan a defender Bolivia!\', nos gritaban´, rememora el veterano, quien junto a otros 32 soldados decidió abandonar su puesto en la plaza Murillo para exigir en el Estado Mayor el ingreso al Regimiento Junín 18 de Infantería, que se alistaba para ingresar al Chaco.
Una semana de entrenamiento fue suficiente. A finales de 1932, Lorenzo se hallaba ya en el frente de operaciones, donde conoció el desgarrador rostro de la guerra y el impenetrable clima árido que se ensañó, en especial, con los soldados provenientes del altiplano.
´A mi lado caían muertos mis compañeros: abiertos de par en par por el \'dun dun\', una munición que luego de impactar en el cuerpo volvía a explosionar. Más allá, otros también caían, pero muertos de sed, de hambre y de pena´, narra, mientras intenta ocultar sus heridas en el brazo y en la nuca.
Rivero, que permaneció un año en el frente de batalla antes de caer como prisionero de las fuerzas paraguayas, participó en varios combates. Sus recuerdos, sin embargo, se estancan en la histórica batalla del Kilómetro 7, de la cual es considerado un héroe, al igual que todos sus protagonistas.
Tostando piojos
Aún se desarrollaba la primera fase de la guerra y Paraguay retomaba los fortines Toledo, Corrales y Boquerón. La furiosa ofensiva fue detenida en la batalla de Kilómetro 7, bajo el mando del oficial boliviano Bernardino Bilbao Rioja.
Se escribían las últimas páginas del año 1932 y bajo la consigna ´¡No pasarán!´ unos 1.000 soldados, la mayor parte voluntarios, detuvieron por tres días consecutivos los violentos embates del enemigo.
Entre ellos se encontraba el jovencísimo infante Franz Rivero Ríos, quien sin saberlo combatió en esa emblemática defensa junto a su hermano mayor, Lorenzo. Con tan sólo 15 años, la contienda en Kilómetro 7 fue la primera batalla de Franz en el Chaco, pero también la última. Encargado de uno de los morteros, perdió la mano derecha debido a una súbita explosión de uno de los proyectiles.
Abatido, Franz Rivero retornó entonces a la población de Tiwanaku con cientos de historias que contar sobre su corta estadía en la contienda bélica. Las más, penosas.
En la actualidad, las palabras del veterano de 94 años son casi ininteligibles, por lo que su hijo, Freddy Rivero, se adueña de todos esos balbuceos para ponerlos en contexto.
Acostumbrado al frío del altiplano, por ejemplo, el recluta tiwanacota paliaba el intenso calor bebiendo su orín y combatía el hambre escarbando las áridas tierras del Chaco en busca de gusanos.
´Dormíamos en la tierra y con leña hacíamos fuego donde tostábamos piojos en nuestros platos... Ésa era nuestra distracción para el estómago´, interrumpe Lorenzo Rivero, quien junto a su hermano menor y Vicente Aduviri —que se halla delicado de salud— se alza en la actualidad como uno de los últimos guerreros de Tiwanaku.
De soldado a esclavo
Tuvieron que pasar cuatro largos años —de 1932 a 1936— hasta que los hermanos Rivero pudieron estrechar sus brazos una vez más.
Y es que Lorenzo, junto a un destacamento de 18 soldados, cayó preso en el combate de Siete Pozos.
´Llevábamos más de seis días sin comer y sin municiones..., arrastrándonos´, rememora el padre de nueve hijos, quien fue vendido por sus captores a un empresario de cueros español que lo hizo trabajar muy duro a modo de ayudante.
Así, el balance final de aquellos años no es alentador para el cabo, que pasó de jugar fútbol en las ruinas de Tiwanaku a matar hombres.
´En el Chaco se fue mi juventud´, musita Lorenzo Rivero. No lo dice, pero esas palabras marcan el final de la entrevista. Y, mientras su cuerpo se pierde en su ociosa tienda, sus labios dejan escapar una tonada: ´Cuánto amo a mi patria que metí metralla por defenderla´.
BENEMÉRITOS
Si bien no existen datos precisos de la cantidad de soldados bolivianos que participaron en la Guerra del Chaco (1932-1935), algunas fuentes señalan que la cifra sobrepasó los 200.000. De ellos, aproximadamente 50.000 combatientes perdieron la vida en los enfrentamientos. Actualmente sobreviven en todo el país 1.989 beneméritos, y reciben una pensión vitalicia de 1.326 bolivianos. Por otro lado, de los 2.800 oficiales del Ejército boliviano que actuaron en la conflagración, hoy viven sólo 60.