Desde los inicios de la historia, el hombre ha tratado de mantener viva la presencia de sus seres queridos. Pero en el siglo XIX, este fenómeno logró su máxima expresión.
Miguel Vargas S. • Fotos: Julio Cordero / Freddy Alborta / Archivo Agencias
Señor Cordero: Le escribo atentamente para comunicarle el fallecimiento de mi hija pequeña, motivo por el cual le rogaría su presencia en mi domicilio para tomarle una fotografía´, expresa una carta cuya data ronda el año 1910. Hoy, el nieto del fotógrafo paceño, Julio Cordero Benavides, recuerda la misiva que abre en su memoria una costumbre de fines del siglo XIX: fotografiar a los seres queridos que habían fallecido.
¿Morbosidad? En la época, nadie lo entendió así. Los retratos post mortem entremezclan la melancolía por el ser querido con el misterio que rodea a la muerte. Son fotos tomadas a difuntos y que implican un primer acercamiento de la fotografía a la representación de cuerpos muertos. Sacar a la luz la imagen de un cadáver hoy se considera un tabú, pero a finales del siglo XIX se trataba de una práctica habitual.
Tratar de entender la muerte y representarla es un esfuerzo que se daba ya en los inicios de la historia del hombre. El cuerpo yaciente, resultado de la muerte, se muestra desde la época paleolítica en las cavernas y en las diferentes expresiones culturales de las épocas prehistóricas. Y los egipcios consideraban a las momias como personas en tránsito entre esta vida y la muerte, siendo éstas unas de las primeras imágenes post mortem que se conocen de la historia.
La gráfica y la pintura trajeron después la representación de la muerte como abstracto, en forma de esqueleto vestido con un hábito negro y una guadaña en los brazos, símbolos, por otra parte, de la enfermedad y de las guerras.
Sin embargo, la realización de los retratos post mortem se generalizó en todo el mundo cuando ya estuvo superado el medioevo. Este tipo de retratos, realizados en óleo para personajes famosos, se remonta a los inicios mismos de la fotografía, como señala Joëlle Bolloch, encargada de estudios documentales del Musee D\'Orsay en Francia, cuna de la fotografía.
Al principio, los retratistas se dedicaron a personajes conocidos. En latinoamérica destaca el de Santa Rosa de Lima, fechado poco después del deceso de la religiosa (1617) y realizado por Angelino Medoro. Curiosamente, el autor de la obra señaló en ese entonces que no estuvo presente en la exhibición del cadáver, por lo que trabajó la obra de memoria.
En Bolivia están como muestra los retratos de las fundadoras del Convento de Santa Teresa, en Potosí, todas en su lecho de muerte.
En Perú, la llegada del daguerrotipo (1842) marcó también la aparición del retrato post mortem cuando, en junio de 1844, el Francés P. Daviette se anunció como ´artista fotogénico recién llegado de París´ que retrataba a los difuntos, ´como cuadros al óleo´.
La difusión de la fotografía entre el público americano fue rápida y se dedicó a reflejar las etapas importantes de la vida: el nacimiento, el matrimonio, el servicio militar y la muerte. El fotógrafo acudía al domicilio del fallecido, como en el caso que relata Cordero, o en su defecto, eran los familiares quienes llevaban al difunto hasta el fotógrafo. La imagen de la persona muerta servía a sus familiares a modo de recuerdo, ya que en más de una ocasión era la única foto que se tenía del pariente.
Recuérdame al morir
Memento Mori, dice la sentencia. Se trata de una frase latina que quiere decir ´Recuérdame al morir´ y está relacionada no sólo con el retrato fotográfico, sino con el sitio de muerte, el cuerpo, el entierro, el cementerio y la vida futura. El Memento Mori reúne las imágenes de luto, pompas fúnebres o cortejos y el panteón. Se trata de una reflexión que trata de esconder la muerte como hecho.
Furnier, un reconocido fotógrafo, comunicaba en el siglo XIX: “Las familias que tengan la desgracia de perder algún deudo de quien deseen poseer un momento de esta naturaleza pueden lograrlo por medio del daguerrotipo´, para cuyo efecto el profesor ofrece ejecutar el retrato en el mismo aposento mortuorio; como era costumbre en la Europa de esos días.
Quizá por ello muchas de las fotografías están artísticamente arregladas. Los canelones perfectos y la ropa prolija de la niña que aparece en la imagen de Cordero son una prueba de la intención de estos retratos. ´Las familias y el fotógrafo preparaban los cuerpos y el estudio para que salieran siempre hermosos´, recuerda Cordero.
Cada fotógrafo tenía su propio estilo. Según explica Jasón Mori Julca, curador fotográfico, en Perú, Courret y Castillo diseñaron un modelo simple para retratar a los difuntos, mientras que Dubreuil se mostró más artístico en el trabajo de estudio a finales del 800.
El retrato de niños y de bebés era común en ese entonces, pues la mortalidad infantil era alta. Muchos padres llevaban a retratar al pequeño al estudio, posiblemente para que pudieran ser arreglados y maquillados. El difunto, bebé o niño, era tomado desde diversos ángulos y con los ojos abiertos.
Trucos de fotografía
Para la época, los muertos eran considerados los mejores modelos, pues los tiempos de exposición requeridos entonces eran muy largos. Esa quietud favoreció la proliferación de este tipo de retratos, pues el fotógrafo no sacaba así fotos movidas y podía manipular al ´modelo´, usando maquillaje.
Los cuerpos aparecían en general sobre su lecho mortuorio o en el féretro, con los ojos cerrados y las manos en cruz. Sin embargo, existen imágenes en las que los muertos parecen dormir o simulan estar vivos, ya sea con los ojos abiertos o el cuerpo incorporado.
Los métodos utilizados por el famoso fotógrafo parisino Disderi para retratar a los muertos eran célebres por borrar toda huella de la muerte en el rostro del difunto.
La parte más delicada del trabajo era la de mantenerle los ojos abiertos. Se dice que los abrían con una cucharilla de café y, una vez levantado el párpado, colocaban el globo ocular en su órbita y los ojos se quedaban abiertos hasta que alguien se ocupaba de cerrarlos. Así se obtenía un rostro con una expresión más habitual y la ilusión de vida se hacía posible.
¿Cómo reaccionaba la gente ante estas imágenes, hoy espeluznantes? Además de tratarse de un hecho muy generalizado, fue perfectamente aceptado por la sociedad, que entendió esta práctica como algo normal. En ningún momento fue percibido como una experiencia morbosa o extraña. Prueba de ello fueron, además de los avisos publicitarios que ponían los fotógrafos en los medios de forma cotidiana, las numerosas muestras que se realizaban de los retratos post mortem. En las postrimerías del siglo XIX, estas imágenes circulaban como tarjetas de visita para coleccionar.
Anteriormente a estas exposiciones, era común que a las morgues de las ciudades llegaran curiosos para ver los cadáveres. Sin embargo, la costumbre se perdió en el siglo XX, aunque hay retratos en Bolivia de 1925 y más adelante.
Imágenes de muertos, hoy
¿Por qué estas fotos no son vistas de igual forma que en el siglo XIX? Para el sociólogo Carlos Bustamante, la aparición de imágenes de muertos en la prensa restó importancia a la utilización de imágenes privadas, pues enseñando los detalles del deceso de alguien conocido es como nacía el morbo. Además, cabe distinguir la exhibición pública del cadáver como objeto de añoranza frente a la difusión de fotografías que muestran el lado más escabroso.
La contemplación de cadáveres arreglados para su exhibición sigue practicándose. Está el caso del líder comunista ruso de la Revolución de Octubre, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, que fue colocado dentro de un catafalco vidriado, convirtiendo su sepultura en un lugar de peregrinaje. Lo propio sucedió con el cadáver de Juan Pablo II, al que la gente rodeó para verle. Y en Bolivia hay un caso emblemático: El cuerpo del líder político Carlos Palenque fue exhibido en su programa televisivo nocturno La tribuna libre del pueblo (1997).
La tradición de fotografiar a los muertos se limita hoy a las personas célebres. En el ámbito familiar es una práctica poco corriente y se constituye en un elemento documental para la prensa. Es allí donde se publican fotografías que se concentran en el deceso como noticia o a la muerte como fenómeno, en el caso de desastres.
Sin embargo, el retrato familiar de seres queridos no se ha perdido del todo. Adolfo Valdivia, de la Funeraria A. Valdivia de La Paz, relata que ha recibido varias veces el encargo de sacar fotos de los difuntos para los familiares que no están en la ciudad; en una búsqueda del Memento Mori. ´Aunque no quieran admitirlo, muchas personas incluso contratan a alguien con una cámara de video para registrar el velorio y el entierro´.
Las fotografías de muertos célebres circulaban en el siglo XIX en el formato de tarjetas de visita.
Debido a su quietud, los muertos eran los modelos perfectos. Los fotógrafos sólo les abrían los ojos.
Internet
En la red se puede encontrar material abundante sobre el retrato post mortem y sobre el Memento Mori. Hay una infinidad de galerías virtuales con retratos de fenecidos e imágenes de sepelios y velorios de la época. Una de las colecciones más importantes del mundo está en The Burns Archive de New York. En América Latina destaca la exposición peruana denominada ´La Fotografía Post-mortem en el Perú (Siglo XIX)´. Sin embargo, con una visión mucho menos histórica y respetuosa están las páginas que apelan al morbo y actúan sin ética alguna en el momento de la muerte de los famosos o ante escenas escabrosas con desconocidos como protagonistas. Al estilo de los videos ´Las caras de la muerte´, existen páginas que registran en fotografía y video la muerte de gente en accidentes y situaciones dolosas, captadas generalmente de forma accidental por algún aficionado. Por otro lado está las ´galerías de famosos´, con imágenes de estrellas como Marilyn Monroe, James Dean, la Madre Teresa, Sharon Tate o Abraham Lincoln en el lecho de muerte, y que a veces resultan un tanto desagradables.
Detrás de la cámara
La publicación de fotografías de muertos en los medios se debe a lo noticioso. Es el contexto, y no el morbo, el que debería determinar la presencia de la foto de un muerto. De otro modo, su publicación no tendría sentido. Un gran campo de batalla o una catástrofe pueden hablar incluso de fenómenos culturales. Los reporteros Robert Capa, W. Eugene Smith o Weegee aseguraban que en estos casos no se trata de la muerte en sí misma, sino la muerte como problema del hombre. Además, entra a discusión la ética profesional de cada medio. Un mismo accidente de tráfico tendrá imágenes diferentes en un medio conservador y en otro de crónica roja.
Como ejemplo, en agosto de 1997, un diario británico compró a un paparazzi las fotografías de Diana Spencer agonizante y atrapada entre los metales del Mercedes Benz en el que se había estrellado junto a su novio, Amed Al Fayad. Lo que el medio buscaba era sacar las fotos de circulación y no publicarlas. Sin embargo, en la historia del fotoperiodismo también hay fotos emblemáticas de cadáveres. Basta ver la de Ernesto “Che” Guevara en la escuela de Higueritas, en Vallegrande, tomada en octubre de 1967.