Hay en la casa de Ana Frank de Ámsterdam una placa de agradecimiento a los países que recibieron judíos escapados de las persecuciones de los nazismos y fascismos de entonces. Entre ellos, Bolivia ocupa un lugar destacado. L. Spitzer en su libro Hotel Bolivia señala que por aquí pasaron cerca de 50.000 judíos, procedentes de diferentes regiones de Europa, aunque no todos se establecieron en el país. Hoy se estima en menos de mil personas lo que ha quedado de esa comunidad. La cifra parece verosímil sobre todo si se echa una mirada al estado de abandono del Círculo Israelita de La Paz.
Entre esos refugiados llegó de Turín Georgina Levi y su marido Enzo Arian, un joven médico ya fugado de Alemania por los acosos del régimen nazi. Los recuerdos de los años bolivianos de Georgina han sido recogidos por Marcela Filippa en un texto: Hubiera sacudido las montañas, donde se mezclan las voces de la narradora y de la entrevistadora. Un nuevo estilo de escritura proclama la autora en el cual se interpretan los hechos en clave literaria, pero además desde una perspectiva política y de género. La obra ha sido cuidadosamente vertida al castellano y enriquecida con numerosas notas aclaratorias por Clara López.
Georgina, ahora con 95 años bien llevados se incorporó con su marido al Partido Comunista Italiano a la vuelta del exilio y realizó una importante carrera política que la llevó al Concejo Municipal de Turín y al parlamento italiano. Humillada e indignada por las leyes raciales del gobierno fascista, que le quitaban sus derechos elementales decidió abandonar su ciudad natal y emigrar a un país lejano y desconocido: Bolivia, al lado de Enzo con quien formalizó su matrimonio para poder obtener la visa boliviana, que las disposiciones del presidente Busch, de 1938, permitían solicitarla a los perseguidos judíos. Ella era profesora de letras en un importante liceo de Turín y él acababa de recibirse de médico. Quizá podrían obtener trabajo en Bolivia. Aquí permanecieron 7 años de julio de 1939 hasta poco antes del colgamiento del presidente Villarroel, en julio de 1946.
El lector que se aproxima al libro en busca de sabrosos cuadros de época quedará seguramente decepcionado. La narración gira en torno a la maduración política, a la adopción propia de la condición de género, de la identidad judía seguida por una muchacha rebelde, antifascista, voluntariosa, que se instaló en el difícil ambiente vital y social de los asientos mineros de los Andes, ubicados por encima de los 4.000 metros de altura, que la sobrecogió. Sin duda se ofrecen algunas descripciones de la vida social de distintos grupos del país, en particular de los campesinos y mineros indígenas hacia los cuales Georgina muestra su simpatía. Se incide repetidamente en los conflictos, intrigas, chismes, exclusiones raciales que afectan a la comunidad de exilados judíos, en particular de Sucre.
De todas maneras previene la autora, el texto no presenta ‘la verdadera historia de un recorrido migratorio’, la realidad de lo que le ocurrió en el país, ‘sino la interpretación que la narradora ha hecho con todas sus estrategias, más o menos conscientes, de disimulo, complacencia y complicidad’,entre las dos voces la que cuenta y la que entrevista.
Georgina y su marido, a diferencia de otros emigrantes, en realidad ellos no lo fueron nunca, desde el día de su llegada tuvieron puesta la mirada en el retorno, en el combate antifascista, no trataron, pues, de acercarse durablemente a la cultura de la sociedad receptora, que juzgaron desde el punto de vista europeo. Organizaron su mundo social en términos de la significación para ese proyecto y decidieron al volver actuar en política militante. De esta manera se consagraron al aprendizaje del socialismo marxista, a través de la lectura de las obras más destacadas de esa corriente, hacia la cual se inclinaron. Tal vez la pobreza, la explotación en la que vivían los campesinos y mineros favoreció su toma de conciencia.
La orientación de los intereses centrales hacia Italia explica, probablemente, los pocos contactos con los paridos del país, las escasas alusiones a la política nacional que hace la narradora. La muerte de Villarroel conocida en el barco de regreso, no suscita comentario alguno. Georgina dedicó alguna parte de su tiempo a educar chicos del campo y las minas y en Oruro a hijos de emigrados judíos. No sin dolor y desgarres personales asumió su condición de mujer, si bien su propósito fundamental apuntaba a la activad partidista, poco común por aquel entonces entre las mujeres. Cuando contó a Enzo su embarazo, éste le propuso abortar, opinión que ella compartió. Se trasladó hasta La Paz para consultar con un médico judío, los nacionales no le daban confianza. Allí encontró una ginecóloga centroeuropea que la convenció de guardar la criatura. Finalmente, el parto pasó muy mal en Oruro por la negligencia del personal local. La niña nació muerta. La desgracia y el dolor fueron vividos como una fatalidad y acrecentaron la antipatía y desprecio por los profesionales nacionales. Más tarde decidió no tener hijos.
El tiempo transcurrido entre la permanencia en Bolivia y la evocación de los hechos hace que algunos aparezcan expresados en generalizaciones globalizadoras, no exentas de prejuicios, de las que también Georgina y Enzo fueron víctimas en Europa, como las que apuntan a los mestizos, poco apreciados por aquella. Al contrario los indios, sus ritos y fiestas son recordados con color y simpatía. Las afirmaciones sobre la inexistencia del matrimonio en Bolivia, las uniones de prueba o el concubinato debieron merecer una nota aclaratoria sobre el alcance y sentido de las prácticas en el país.
A pesar de la transitoriedad del refugio boliviano no hay duda que él sirvió como catalizador de la vocación política de ambos y para forjar el perfil que las identidades de género y de religión tomaron. Por eso Georgina con el tiempo reconoció que en el fondo de su alma subyacían tres elementos: Italia, Bolivia y el judaísmo, pero el que había dejado una huella mayor fue la experiencia en el país. La apuesta de una narración a dos voces ha sido ampliamente ganada en el texto.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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