La renuncia de Sánchez de Lozada a la jefatura del MNR no conmovió a nadie. El desproporcionado despliegue mediático de anuncios pagados, frente al casi inexistente impacto periodístico, fue nada más que una sórdida constatación. Algo así como el levantamiento de un ahogado semanas después del siniestro. A no confundirse: en este caso el occiso no es el renunciante, sino el partido, liquidado por su jefe con la característica eficiencia que marcó su vida privada y pública.
A modo de paréntesis, y antes de enfrascarme en la autopsia política del partido boliviano más importante del siglo XX, declaro mi escepticismo acerca de los alcances y motivaciones de dicha renuncia. Francamente no estoy convencido de la autenticidad política del gesto, y por el contrario, abrigo sospechas de que podría tratarse de una nueva treta marketinera de cara a la elección de asambleístas, o bien de una operación táctica del aludido en relación al juicio que se ventila en su contra.
Dicho lo obvio, vayamos a lo que realmente importa: El MNR, como instrumento político de nacionalismo y revolución, murió hace muchos años, cuando renunció a los postulados ideológicos que le dieron vida. Unos dirán que esto ocurrió prematuramente en los inicios de la revolución, otros que fue en 1985 con el 21060, y otros, que fue un proceso reciente, durante el reinado de GSL. Si bien la involución política del MNR es tan compleja como el rol histórico que le tocó desempeñar, la verdadera transfiguración ideológica se inicia en el último gobierno de Víctor Paz.
Aquel momento, marcado por el colapso de la economía, coincidió con una agresiva corriente internacional de imposición liberal. En esas aciagas circunstancias, el pragmatismo de VPE se tradujo en un audaz acto de equilibrismo histórico plasmado en la Nueva Política Económica. El diseño y la urgente necesidad de implementar un programa de estabilización monetaria y fiscal, determinó que VPE convocara a una serie de empresarios y tecnócratas para administrar eficientemente el traumático ajuste. Comenzaba de esta manera, y contra la voluntad de Paz, la pugna interna por su sucesión.
A partir de 1989, las grandes tareas de la revolución inconclusa del 52 empiezan a diluirse en la corriente gonista. La construcción del estado nacional mestizo, la reorientación del proceso de reforma agraria, la alianza de clases, la tarea pendiente de resolver la condición de exclusión racista del indio-campesino, son sustituidas por la visión moderna y globalizadora del MNR empresarial, cuyo proyecto político pasaba por la profundización del ajuste neoliberal y por convertir el Decreto 21060 en leyes estructurales.
El proceso fue hábilmente conducido por GSL, quien tuvo la enorme habilidad de ablandarlo con camuflajes analgésicos como la Participación Popular y el Bonosol, pero sobre todo consiguiendo la complicidad del movimientismo, que contribuyó con su tradición combativa y su historia a las reformas neoliberales; GSL supo utilizar la mística del MNR, reprocesada por avanzadas técnicas de marketing político y cuidadosamente administrada por un sistema de prebendas y favores. Hoy el MNR es la guarida residual del conservadurismo más retrógrado y mezquino, todo ello mezclado indecentemente con las siglas y la simbología de la revolución.
Lo interesante de esta absurda paradoja es que a estas alturas, a nadie ya le importa. Quien sabe la historia reciente ya se ha ocupado de establecer la diferencia entre el verdadero movimientismo y lo que vino después.
*Ilya Fortún es comunicador social, ex militante del MNR.
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