Toda América fue tierra de inmigración, primero de Europa y después de otros continentes: En unas regiones más que en otras se produjo con naturalidad el mestizaje, mestizaje que, quiérase o no, adquirió carta de ciudadanía y contribuyó decididamente a la independencia y a la conformación de nuevos estados.
Hoy en día muchos países latinoamericanos sufren un drenaje de personas de toda condición, principalmente hacia los Estados Unidos y Europa. Un número creciente de emigrantes latinoamericanos es gente llena de energía y voluntad de trabajar dignamente, más otros profesionales en quienes su país de origen —pensemos en Bolivia— ha invertido sumas importantes en educación, desde la primaria hasta la universidad. Es triste ver cómo este valioso capital humano rendirá sus frutos en otras latitudes, cuando tanta falta nos hacen aquí. Pero el legítimo afán de vivir y trabajar en paz, sin la incertidumbre y zozobras a las que nos han acostumbrado los agitadores de los últimos tiempos, así como la ilusión de abrirse camino en la vida, ellos y sus hijos, pueden más que el auténtico cariño al terruño que les vio nacer, a las viejas tradiciones familiares, incluso a los platos típicos de cada pueblo.
A fin de cuentas, se ven obligados a irse en busca de trabajo con una mezcla de dolor por lo que dejan, y de ilusión por lo que esperan alcanzar. Muchos consiguen sus objetivos a costa de capacidad, esfuerzo y privaciones. Otros fracasan en el intento y se ven obligados a realizar trabajos de ínfimo nivel que nunca hubiesen imaginado.
Los políticos, siempre a la caza de fáciles aplausos y de votos, proclaman a los cuatro vientos que, su primera medida de gobierno cuando asuman el poder, será multiplicar por miles los puestos de trabajo, y de trabajo digno y bien remunerado. Pero la promesa no se cumple y si se cumple es tan sólo en beneficio de los cumpas del partido, de los aduladores y otro género de oportunistas.
Y no estoy hablando de memoria. Más de un amable lector habrá oído las mismas historias o las sufrirá en su propia familia. Entonces, ¿para qué empeñar tantas esperanzas en ciertos políticos cuando anuncian cambiarlo todo y no cambian nada? Y si algo cambian es para asegurar un engranaje personal lo más pingüe posible en la maravillosa maquinaria del poder. Engaño reprobable que debemos reclamarles.
Es penoso advertir que aquellos que tuvieron que emigrar y que, con grandes privaciones logran ahorrar algunos ingresos, los sacrifican enviándolos a sus padres ancianos, a la esposa y a los hijos que no pudieron unírseles a la aventura. Y el Gobierno todavía presume de que el país no ha funcionado nunca mejor, gracias a lo bien que lo administra. No puede ignorarse que hay diversos factores económicos que en este momento favorecen a Bolivia. Una parte proviene de la producción nacional, que debería ser muchísimo mayor si tuviéramos buenos gobiernos y se arrinconara a los demagogos. Otra parte se debe a la coyuntura internacional que debe aprovecharse porque puede pasar como una brisa veraniega y, por último, una buena porción depende de las remesas de nuestros emigrantes. Si conjugaran estas circunstancias, no habría que emigrar para encontrar trabajo.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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