Gracias a una idea de la Fundación La Paz, jóvenes que estaban abocados a la dureza de las calles ven en las botellas una esperanza de desarrollarse de manera profesional.
Inés Ruiz del Árbol Fotos: Jamil Chávez
Transparentes, de colores, grandes o pequeñas, su intenso crujido es inconfundible, aún más cuando son cientos las botellas que se amontonan formando una especie de montaña que parece sin fin.
Y es que algo tan sencillo como una botella de plástico se ha convertido en la protagonista principal de una historia que acaba de comenzar en La Paz. Así, desde hace unas semanas, centenares de jóvenes vestidos con chalecos verdes han tomado la ciudad en nombre de la ecología, ya que desde la Fundación La Paz se ha puesto en marcha una gran campaña de reciclaje, bajo la batuta de René Pinaya, para recuperar materiales y ahorrar tanto energía como dinero.
Tukuyninchis —que quiere decir “todos juntos” en quechua— da nombre al proyecto. Y su significado va más allá de la palabra, pues detrás de las más de 50.000 botellas que ya se han recogido se encuentra la verdadera razón de este proyecto: ayudar a 7.000 jóvenes que en algún momento vivieron en la calle.
Es el caso de José Luis Huaquisaca, encargado de la máquina trituradora, que vivía a la intemperie antes de entrar en la Fundación La Paz, hace ya siete años. Abandonar el mundo de la venta callejera, donde hay pocas opciones, supuso una oportunidad, y ahora tiene un hogar, un oficio y el sueño de ser educador de jóvenes con problemas.
En su mirada, siempre profunda, se observa la ilusión de quien cree en un proyecto, y lucha por sacarlo hacia delante. “Espero que esta iniciativa tenga repercusión, y que la gente se dé cuenta de la importancia del reciclaje”, suspira convencido. Como él, muchos otros muchachos trabajan para que la idea crezca y se desarrolle.
Lily Pérez, por ejemplo, sale todos los días a recoger botellas. Llegó a la fundación hace tres años, después de pasar en la calle el tiempo que otros niños utilizan para ir a la escuela, y hoy cree tener futuro. “En la calle nadie te respeta, es muy duro”, dice mientras sonríe levemente con los ojos muy abiertos. “Es bueno estar aquí, porque estamos trabajando por la naturaleza. Lo malo es que casi nadie conoce en qué consiste el reciclaje”.
Con todo, para su hijo, que ya va al colegio y cumplirá pronto cinco años, el plástico es una esperanza.
Participación de todos
El proceso de reciclaje comienza a las siete de la mañana, cuando los jóvenes, ataviados con sus chalecos verdes, salen en busca de botellas en las que nadie había reparado hasta el momento. Visitan hogares, hoteles, restaurantes y colegios con una sola demanda, que los ciudadanos tomen conciencia de la gran importancia de reciclar.
Una vez recolectadas las botellas, las llevan al centro, donde comienza el trabajo en cadena. Allí cada uno tiene una labor esencial.
Primero, un grupo de niños quita las etiquetas y las tapas de las botellas mientras otros lavan en las pilas las que están preparadas, desnudas, ya sin ningún distintivo.
Una vez que los envases están limpios, se dejan secar al sol y se introducen en una máquina donde se trituran. Luego, el resultante se mete en unos enormes sacos. Y el siguiente paso es la exportación.
El molino eléctrico con el que trabaja José Luis tiene capacidad para triturar 180 kilos de plástico a la hora, lo que supone más de cinco toneladas de plástico a la semana.
Finalmente, las ganancias obtenidas se destinarán a la creación de talleres de ecoturismo, gastronomía y artesanía, para que los jóvenes de la Fundación La Paz puedan realizarse de manera profesional.
El destino del plástico
Pero, ¿qué ocurre con las botellas trituradas? Aunque aparentemente no tienen ningún uso útil, se destinarán a fabricar, alfombras, hilos, sillas y una larga lista de productos.
Así, se intenta además que la sociedad comprenda las ventajas del reciclaje, pues gracias a él materiales que tardarían más de 500 años en degradarse y dañarían gravemente el medio ambiente, son reutilizados de una manera efectiva.
Y ya se van obteniendo resultados. Por el momento, conscientes del esfuerzo, varias organizaciones nacionales e internacionales han donado material y recursos para facilitar la tarea de estos jóvenes.
Ellos, por su parte, clavan una y otra vez su mirada soñadora en las montañas de botellas que recolectan casi desde las primeras luces del alba, sabiendo que sus vidas, que hasta hace poco fueron como de plástico, están adquiriendo una consistencia de cemento y fierro.