La lucha por este elemento esencial ha causado en el mundo guerras y conflictos. Además, los caudales contaminados generan enfermedades.
El País de Madrid • Fotos: Archivo Agencias
La única agua que puede beber una de cada seis personas en el mundo suele ser un líquido en el que usualmente nadan bacterias, amebas y otros tipos de gusanos. Y eso cuando no se trata de virus o venenos letales como el mercurio, el plomo o el arsénico. El agua da la vida, pero también la puede quitar.
Las cifras son aterradoras: cada día mueren 6.000 humanos por enfermedades diarreicas, la mayoría niños menores de cinco años. “El agua mata tanto o más que el sida, y la mitad de las camas hospitalarias del mundo están ocupadas por patologías relacionadas con ella”, detalla Daniel Zimmore, director del Consejo Mundial del Agua (World Water Council), organización que engloba a instituciones de más de 50 países.
Con todo, el problema no consiste únicamente en dar agua segura a los más de 1.000 millones de personas que hoy no tienen acceso a ella, o evitar infecciones con la mejora del saneamiento de los 2.600 millones que carecen de él. Un ser humano precisa unas decenas de litros al día para satisfacer sus necesidades básicas; uno o dos centenares sí puede permitirse una lavadora, un lavaplatos, ducharse… Sin embargo, recalca Zimmore, para darle de comer a alguien se requieren unos 3.000 litros diarios entre riegos y lluvias, una cifra que se dispara hasta los 5.000 con la dieta occidental. Si para producir un kilo de arroz se necesitan 1.400 litros, para un kilo de carne de vaca son unos 13.000.
¿Hay suficiente agua en el planeta? Dejando de lado la lluvia que debe caer sobre los cultivos, el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia estima que la humanidad debe extraer cada año para su consumo unos 3.800 km3. En cuanto a los recursos hídricos mundiales, si se retira el agua salada de los océanos, y del apenas 3% restante de agua dulce se descartan las enormes masas congeladas, todavía quedan gigantescas cantidades en el subsuelo y proporciones menores en los lagos, la atmósfera, los ríos… Si se cuenta tan sólo con estos últimos, el volumen que fluye hacia el mar es de sólo entre 1.700 y 2.120 km3.
Eso sí, este caudal se renueva por completo en semanas por medio de la evaporación y las lluvias, que perpetúan el ciclo del agua. En principio, más que de sobra, si no fuese porque estos recursos no pueden estar peor repartidos.
El segundo Informe sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos del Mundo de Naciones Unidas detalla cómo en Asia, donde se abarrota un 60% de la población, sólo se dispone de un 36% del agua dulce del mundo, mientras que en América del Sur, donde pisan el 6% de los humanos, se acapara el 26%. En Islandia gozan de 582.190 m3 por habitante al año, mientras que en Palestina subsisten con apenas 41.
Entre el primer informe de Naciones Unidas, que daba cifras del 2000, y este segundo, el agua que toca en el reparto se ha reducido en casi todos los países. “La causa es el crecimiento demográfico y el aumento de la demanda”, explica el boliviano Carlos Fernández-Jáuregui, coordinador adjunto del Programa Mundial de Evaluación de Recursos Hídricos de Naciones Unidas: “En el último siglo, la población se ha multiplicado por tres, pero el consumo de agua, por seis”.
Pero se tenga o no, este recurso se derrocha sin sentido. Así, entre un 30% y un 40% del agua que circula por el mundo se pierde en fugas en canales y tuberías, cuando no en perforaciones ilegales. Asimismo, el despilfarro es enorme en la agricultura, donde va a parar casi el 72% de toda el agua consumida.
Finalmente, la Unesco habla del agua como un derecho humano y, como su escasez aguijonea las tensiones entre los pueblos, Naciones Unidas ha empezado a instruir a diplomáticos en hidrología, y se esfuerza en dar otro enfoque a la cuestión, pues la lucha por el líquido elemento ha causado ya en varios países guerras y conflictos.