Llegan los días del recuerdo intenso de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Cada año se repite que debe aprovecharse el espíritu religioso propio de estas fechas para meditar sobre nuestra propia alma y nuestra conducta con los demás. Los obispos nos lo escriben en documentos pastorales, los sacerdotes lo predicarán en sus homilías. Nadie sabe cuántos cristianos ni cuántos “amateurs” que aprovechan lo que les conviene, habrán puesto por obra tan buenos consejos. Si no lo han hecho en el resto del año, puede dudarse de que lo hagan en el futuro. A lo más, nos arrepentiremos de nuestros pecados y ojalá que también hagamos propósito de la enmienda. Pero eso de hacer la paz entre los bolivianos, eso de los “discordes en concordia” del escudo de la ciudad no es más que un adorno heráldico municipal.
Y porque las cosas son así, el país va patas arriba o a las patadas, por muy triunfalistas que sean algunas encuestas. Y que nadie se haga la ilusión de que los buenos obispos van a arreglar las cosas que los otros han de seguir desarreglando. Ésta ha sido una trampa en la que han reincidido como un deber e innegable buena intención. No seré yo quien se permita desalentarles. Pero es que los obispos tratan de meter al burro en la cuadra por la grupa y no por la testuz. Y el animal no atiende a buenas razones.
Y encima, justo en vísperas de la Semana Santa, la prensa internacional nos sorprende con eso de que Judas fue un santo confidente de los secretos más íntimos de Jesús. Esa tampoco me la trago. Y el Cardenal Julio Terrazas tampoco. En su homilía del Domingo de Ramos nos decía de Judas Iscariote “es el traidor a la causa de Cristo: (...) el que traicionó, el que comió del mismo plato que Jesús, el que lo vendió por 30 monedas porque no conoció la misericordia del maestro y se ahorcó”.
Esta declaración es una respuesta a publicaciones que están difundiendo la existencia de un manuscrito del siglo III o IV, presentado como el “Evangelio de Judas”, en el que constaría que este personaje no traicionó a Jesús, sino que fue su más fiel seguidor. Seguro que éste será un argumento para novelistas, cineastas y para un público más fácil de embaucar con fantasías que de documentarse seriamente sobre la fe que profesa.
“No podemos olvidar que otros hayan escrito estas cosas 300 ó 400 años después de la muerte de Jesús, que pasa a la literatura y pasa a ser un monumento a lo mejor de algún escritor que tiene mucha fantasía, pero eso no hace temblar nuestra fe, que no cambiará porque alguien en un momento oportuno pretenda debilitar la creencia de nuestro pueblo”, indicó el Cardenal. En efecto, en aquellos tiempos se escribieron cantidad de historias —por no llamarlas historietas—, piadosas, tiernas, fantasiosas; e incluso el arte religioso colonial cuenta con un interesante repertorio de cuadros con escenas supuestamente “evangélicas”. Unos y otros, apócrifos. Sólo en las Escrituras, desde el Antiguo Testamento hasta las cartas de los apóstoles, pasando por sus evangelios, la tradición y la enseñanza auténtica de la Iglesia se encuentra el depósito de la fe que profesamos. La Semana Santa es tiempo para meditarlo y aplicarlo. La fe es un don demasiado serio para apoyarlo en supercherías.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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