Desde los tiempos míticos de la plata de Potosí y del estaño de Patiño, Bolivia no exportaba con los resultados actuales. En corto tiempo se han doblado las cifras, cosa que por lo menos tomaría una generación en Alemania o en Japón. Lo anterior quiere decir que la bonanza actual no corresponde a un esfuerzo nacional, como podría ser la conquista en nuevos mercados con productos diversificados, o siquiera la mejora de los precios y cantidad del gas gracias a una negociación exitosa o la competitividad extraordinaria de productos agrícolas por su alta productividad, sino simplemente al éxito creciente de países como China o la India, que al consumir ríos de materias primas, coyunturalmente las han hecho subir de precio.
Hay lecciones sencillas: por un lado, países tradicionales mucho más pobres que Bolivia encontraron el camino del crecimiento económico sostenido. Por otro, la bonanza de materias primas en unos pocos años terminará (con excepción de los hidrocarburos que se están acabando), ya que las multinacionales responderán con inversión y tecnología a esas oportunidades comerciales ilimitadas, llámense carbón, fierro, estaño, plata y hasta el oro. Y por último, los recursos naturales nacionalizados y exportados en forma primaria, apenas favorecen a los gobiernos. Hasta ahora, sólo los Emiratos Árabes y Brunei han sido capaces de distribuir a su población con algún éxito, una parte de los descomunales ingresos de su petróleo. En ambos casos, dentro de la cultura islámica de una caridad ordenada en el Corán y no por una equidad cultural, ideológica o democrática como la que intenta, hasta ahora sin éxito cuantificable, el presidente Chávez.
Los gobiernos se convierten en devoradores de ingresos sin importar su abundancia y sólo el control democrático permite pararlos en esta tendencia aparentemente co-esencial al concepto mismo de gobierno. Ésta es la lógica detrás de las elecciones cada cuatro o cinco años o por otro lado, la base de la pobreza de países tan ricos como Arabia Saudita. Fenómenos profundos como la disolución del mundo comunista, el déficit actual de los EEUU, la miseria equitativa de Cuba o de Corea del Norte y la sobrevivencia del estalinismo, gracias a un régimen de terror que tuvo que ajusticiar a decenas de millones de ciudadanos para perpetuar el colosal Estado soviético, confirman en este último siglo, la aseveración anterior.
Recomendaciones como diversificar las fuentes de ingreso al conectar la producción con mercados encantados de pagar el valor que agregamos, en vez de vivir de los huesos de la Pachamama; la estabilidad y protección de las reglas del juego (democrática en la India o centralizada en la China); partidos fuertes, la apertura a la inversión y la educación productiva, hacen sentido mucho más allá de cualquier ideología.
Jorge Zapp es consultor internacional.
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