Creo que bastaron esas doce horas para convertirme en un viejo llorón y sentimental. Han pasado tres semanas, y todavía echo de menos a Facundo. Para castigarme por una columna que escribí sobre los niños en los aviones, Dios dispuso que hace unos días, al viajar de Buenos Aires a Madrid, me tocara un niño como vecino de asiento. El jet estaba repleto y era imposible cambiarse de puesto, así que me resigné a doce horas horribles. El mío era el primero en la hilera de cuatro asientos; niño y madre ocupaban los dos siguientes, y en el último dormía un tipo atiborrado de somníferos.
Así fue como quedamos, codo a codo, el pibe y yo era. Era rubio, argentino y comunicativo.
- ¿Cómo te llamás? –me preguntó con típico acento de su tierra.
- Daniel –contesté secamente, poco dispuesto a entablar diálogo con mi infantil vecino, y me hundí en la lectura que había iniciado minutos antes.
- ¿Y por qué no tenés pelo aquí arriba?
— No molestés al señor –interrumpió la mamá. Pero yo (¿por qué seré tan bien educado?) le dije que no se preocupara, que el niño era encantador.
- Decime –insistió el angelito--, ¿por qué no tenés pelo aquí? (Esta vez me pasó por la calva la mano untada de dulce).
- Tuve, pero se me bajó a la barba.
- Ah.
Pasaron unos segundos y entonces se atrevió.
- ¿Puedo tocarte la barba?
- No hinchés las pelotas –le dijo la mamá. Y, dirigiéndose a mí: ´El padre del niño tiene pelo y no tiene barba. Por eso al niño la atrae la suya.´
Cuando un niño te escoge como sustituto paterno, aunque sea por doce horas, hay que estar a la altura:
- Sí, puedes tocar.
Tocó el niño la barba, tocó el bigote y tocó otra vez la calva.
- Se siente suavecito –le comentó a la mamá.
Superado el capítulo capilar, intenté continuar mi lectura.
- ¿Qué leés… este… cómo decís que te llamás?
- Daniel. Leo un libro que no es para niños.
- Yo no soy un niño. Ya tengo dos años, Danielito.
Confieso que lo de ´Danielito´ me conmovió. Me sentí padre, abuelo e incluso madre adoptiva, y rompí mi promesa de no dirigirle la palabra.
- ¿Y tú cómo te llamas?
- Facundo.
Las horas que siguieron al lado de Facundo fueron una extraña mezcla de desesperación y simpatía. Facundo me hablaba, no me dejaba leer, jugaba con mi cinturón de seguridad y formulaba toda clase de preguntas mientras la mamá dormía como un concejal. Teóricamente, yo debía estar al borde del ataque de nervios; pero, en vez de eso, me divertía ese simpático personaje que me recordaba a Mafalda, Felipe, Manolito, Susana y Miguelito, mis niños argentinos predilectos. El diálogo subía en intensidad.
- ¿Sabés echar el jugo en la mamadera? – y derramó la naranjada en su silla y la mía cuando quiso llenar de jugo el tetero.
- ¿Querés pan? –me ofreció al llegar la comida. Y yo comí pan empapado en jugo de naranja.
-Te presto a Chuqui– y me encartó con un perrito de felpa.
- Pasame la birome, Danielito– y tuve que prestarle el bolígrafo con el que hacía anotaciones en el libro. Facundo se puso a dibujar casitas en la hoja de instrucciones de emergencia, y luego me la regaló.
- Es para vos– dijo sonriente. (Conservo la hoja enmarcada en mi mesa de noche.)
En la hora séptima me confió al oído que quería ´hacer popó´: ´¿Vos me limpiás?´ La mamá lo había llevado al baño cuatro veces (las cuatro tuve que levantarme y esperar su regreso). Era demasiado honor para mí, y opté por despertar a la progenitora. He debido actuar más pronto. Cuando ella alzó a Facundo, un pozo amarillo humedecía ya la alfombra del avión. De lo demás se ocupó la madre en veloz carrera al retrete.
En el tiempo que faltaba para llegar, Facundo hizo pipí tres veces más (en el baño, por fortuna); quiso oír mi i-pod y pidió la canción del osito (no la tengo, lamentablemente); y por fin se durmió con la cabeza apoyada en el regazo materno y los pies en el mío. Debió de tener un sueño agitado, pues aún me duelen las patadas.
Al terminar el viaje, yo estaba molido y trasnochado. Nos despedimos en la aduana y Facundo me dio un abrazo y me acarició la barba por última vez.
- ¡Chau, Danielito! –lo recuerdo diciendo, con el tetero en una mano y Chuqui en la otra.
Creo que bastaron esas doce horas para convertirme en un viejo llorón y sentimental. Han pasado tres semanas, y todavía echo de menos a Facundo.
*Daniel Samper P. es periodista.
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