Con cerca de 200 reconocimientos, la compañía, que cultiva tanto el folklore como el ballet clásico, ha logrado atraer a los más jóvenes.
Javier Badani Fotos: Pedro Laguna
Cuando las paredes ya no dieron abasto, Luis Fernando Gómez Chavarría empezó a depositar sus distinciones en gaveteros y cajones de cartón. Y, tras que éstos se llenaron, los certificados, diplomas, pergaminos, plaquetas y trofeos comenzaron a conquistar casi caóticamente cada rincón de su estudio y su hogar.
“Hasta hoy, ¡suman cerca de 200!”, expresa inflado de orgullo el bailarín y coreógrafo de 58 años, que se prepara para celebrar los 38 años de la Compañía Nacional de Danzas Ballet Kathusia, actualmente la más antigua de Oruro.
“Qué cosas harán no más allí dentro, pues... Como huaironcos yo los veo dar vueltas y vueltas”, comenta entre carcajadas una vendedora ambulante de cigarrillos y golosinas que comparte con la institución artística la estrecha acera de la avenida 6 de Octubre, en pleno centro de la ciudad de Pagador.
El ballet no es para “machos”
En cada recoveco del vetusto inmueble de dos plantas se respira la esencia del arte de la danza. Así, las habitaciones, originalmente destinadas a albergar muebles y cobijar personas, hoy alojan el colorido vestuario utilizado por los integrantes del cuerpo de baile, los decorados para las escenografías, los equipos de luminotecnia y, claro, a los 65 estudiantes de la academia.
“Es la casa del danza”, dice Luis Fernando Gómez, director de la compañía, quien en su juventud radicó en Argentina donde estudió durante seis años danza y coreografía. Más tarde, el entonces titulado profesor, decidió viajar a México para especializarse en Coreografía y gimnasia aplicada infantil. De esos días, el fundador de Kathusia recuerda con nostalgia los talleres de folklore latinoamericano que dictó en la Universidad Autónoma de México (UNAM).
De vuelta en Oruro, el profesional comenzó a dar clases privadas de danza clásica. Pronto, el creciente número de interesados obligó a Gómez a crear la Compañía de Danzas Kathusia, institución que lleva el nombre artístico que su primera estudiante adoptó para sí.
Sin embargo, la noticia del flamante ballet despertó en parte de la población algunos prejuicios que fueron difíciles de sobrellevar.
“Me costó, en especial con los varones. Tenemos una mentalidad de que los ‘machos’ no deben hacer ballet, ni pararse de puntitas. Y, si lo hacen, significa que son homosexuales”, se lamenta Gómez.
Pero con los años, y después de ganarse el reconocimiento de instituciones estatales y privadas, en ocasiones ha habido más varones que mujeres entre los alumnos.
“Tenía incluso un abogado y un médico que pasaban clases de ballet..., aunque al final no se animaron a subir a un escenario”, recuerda.
Al ritmo de antawara
Luego de tantas décadas dedicadas a la danza, el coreógrafo orureño confiesa más de un motivo para celebrar. Uno de ellos es haber introducido hace 30 años en el Carnaval de Oruro la danza antawara, baile tradicional hoy infaltable en las entradas folklóricas.
Actualmente, el cuerpo de baile que participa en la fiesta de carnestolendas llega al centenar de personas. Gran parte de ellos son niños como los del proyecto de la casa-albergue Negro José, pequeños huérfanos de las provincias orureñas. Y a ellos se suman los niños de las Aldeas Infantiles SOS.
Además, la Compañía de Danzas Kathusia también interpreta las danzas folklóricas del país en eventos desarrollados en el exterior.
Así, este año, por ejemplo, la academia se presentó en la localidad argentina de Jujuy donde, amén de salvas de aplausos y varios reconocimientos, sus miembros cosecharon también un sinfín de anécdotas.
Lo cuenta sonrojada la bailarina Carla Entrambasaguas (17), quien en el bus que trasladaba a los danzarines a Argentina tuvo que esconderse violentamente tras los baúles del vestuario con el objetivo de pasar la frontera sin llegar a ser detenida por ser menor de edad.
Y, si de vivencias se trata, nada como las protagonizadas por Indira Góngora Gutiérrez (20), quien comenzó a los seis años su incursión en Kathusia. Hoy, divide su tiempo entre sus clases de Derecho y su labor en el instituto como profesora de la sección infantil, donde atiende a los más pequeños.
“En los ensayos, usan pañales y no se desprenden de su biberón. Ya en la presentación, lo primero que hacen al salir al escenario es saludar a sus padres”, dice Indira, que sueña en especializarse un día en danza clásica en el extranjero.
Tras el reto de la perfección
Folklore ruso, español, latinoamericano... La oferta académica de Kathusia es amplia. Sin embargo, y casi sin excepción, los alumnos de la compañía de baile orureña desean llegar a ser figuras de ballet clásico. “Pero ese deseo requiere de por lo menos tres años de un constante sacrificio físico y mental”, asegura Luis Fernando Gómez.
“No por nada se considera al ballet como doctorado de la danza”, añade Estéfani Murillo Murillo (21) mientras introduce su delgada figura en un tutu romántico, vestido principal de esa expresión artística.
Con tan sólo siete meses en el ballet, la estudiante de Psicología está decidida a alcanzar la perfección, a pesar de un problema en la rodilla que le dificulta realizar saltos muy prolongados, especialmente cuando aterriza el invierno.
Como ella, otros bailarines, también tienen que vencer dificultades. Es el caso de Ruth Ana Barrero Mendizábal, de 25 años y egresada de Derecho, pues debe equilibrar sus ansias de ser bailarina con su otra meta, la de ejercer la abogacía.
Cuando una presentación artística se acerca, Ruth inicia sus ensayos en Kathusia a las 6.30 para volver luego a las 22.00, después de un agotadora jornada en el juzgado donde realiza sus prácticas.
“La danza me enseñó disciplina y practico eso en mi trabajo”, dice.
Mientras tanto, quien no tiene ninguna duda sobre su destino es Daniel Mauricio Torres, de 25, que lleva ya siete años en la academia.
“Si me dieran a elegir entre mis estudios de antropología o los de danza yo me quedaría, sin pensarlo, con la danza”, asegura el universitario, que al comienzo tuvo que vencer la burla de sus propios amigos. Ellos “me decían que sólo los afeminados se dedican al baile”.
A unos pasos de Torres, Luis Fernando Gómez lanza una sonrisa ante esas palabras. Lo hace mientras con sus manos sacude el polvo de uno de sus más preciados galardones: el Primer Premio del Festival Folklórico Internacional de Chile, que Kathusia consiguió con la danza del tinku en los años 80.