Todos los conflictos sociales que en las últimas semanas parecen haberse acumulado colocan nuevamente en el debate las contradicciones que muchas veces oponen las reivindicaciones sectoriales, justas en la mayoría de los casos, y el bien común de la sociedad. Analicemos por ejemplo el caso de los trabajadores del sector de salud o de educación. Reiteradamente se ha proclamado que tanto la salud como la educación son dos derechos fundamentales de la persona y que el Estado está en la obligación de garantizar. También es evidente que en ambos sectores el nivel salarial está lejos de llenar las expectativas y lo que con justicia deberían ganar las familias bolivianas. Éste es un problema de todo el sector de trabajadores pertenezcan a donde pertenezcan. Pero qué sucede cuando las reivindicaciones sectoriales y salariales llevan a una paralización de la atención que ambos sectores prestan a la población.
Entonces se produce un conflicto ético en el que el ciudadano se pregunta qué es lo más importante, si realizar un paro para mejorar los salarios de los trabajadores del sector correspondiente, o la salud y la educación de la sociedad en su conjunto.
Es en este sentido que la reivindicación sectorial muchas veces subordina el bien común al bien particular. Lo más importante está en conseguir los objetivos que el sector se ha planteado sin importar si con ello se perjudica al conjunto de la sociedad o a una gran parte de ella. Y aquí podemos ir sumando una serie de sectores tanto privados como del Estado que se encuentran enmarcados en la misma lógica. Allí también podemos encontrar conflictos como los del sector de transporte tanto terrestre como aéreo, tanto nacional como municipal.
Es muy posible que detrás de todo este panorama se encuentre una profunda crisis ética del bien común de la sociedad. Esta crisis refleja una pérdida de los valores comunitarios y ciudadanos, en beneficio de los intereses individuales o de particularidades de la sociedad. Y llevando esta teoría hasta el extremo, estamos delante de la gradual pérdida de los vínculos de unidad social y nacional. La sociedad en su conjunto ya no es portadora de valores, usos y costumbres, que sean respetados y al que la mayoría pueda adherir.
Quizá esto tenga mucho que ver con esa mayoría silenciosa que ni se encuentra en el extremo de la dirigencia social y sindical, ni en la de las instituciones y la administración del Estado. Con mucha frecuencia es esta mayoría social la que padece silenciosamente los conflictos, que sufre las consecuencias de éstos, que debe pagar la factura de los abusos y arbitrariedades, que debe sobrevivir a pesar de todo.
*René Cardozo es sacerdote jesuita.
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