Dos intensos días de conciertos articularon hace dos semanas el mensaje de los jóvenes alteños a través de letras con gran carga social.
Inés Ruiz del árbol Fotos: Patricio Crooker
n el backstage del Ayni Rock 2006 los nervios se encuentran realmente a flor de piel. Queda menos de media hora para que comience el concierto, y ya están empezando a llegar los primeros grupos de gente, curiosa, que espera con gran ansiedad el inicio de este gran evento, que se celebra por vez primera en la ciudad de El Alto.
Harod Ríos mira a su alrededor y respira profundamente. Él es un apasionado de la música y está decidido a darlo todo encima del escenario. Comenzó tocando en el año 2000, cuando sólo tenía 13 años, en grupos de punk y hard core. Ahora es el vocalista y guitarrista de Trauma, una banda muy conocida en El Alto que toca trash core. ´Al principio, cuando éramos changuitos, en el colegio, hablábamos más de política, de corrupción. Ahora vemos lo que está pasando en Latinoamérica, vemos la pobreza y tocamos temas más sociales´.
Harod lleva el pelo de punta, un piercing en la ceja y varios tatuajes en el brazo. Habla rápido, nervioso, con una energía arrolladora que vislumbra un poco cómo es sobre el escenario.
El movimiento musical en El Alto está muy vivo y Trauma es tan sólo un ejemplo. Las crisis económicas y sociales que afectan a esta ciudad no paran de generar protestas y marchas, pero también arte. Los jóvenes alteños han encontrado en la música una vía de escape, una forma de expresar la realidad diaria, donde las cosas no siempre resultan fáciles. La imagen que existe de El Alto es uno de los puntos que este festival pretende cambiar. Y Harod lo tiene claro. ´Hay gente que dice que en El Alto hay jóvenes que se dedican a la delincuencia, a las drogas, al alcoholismo, pero eso es sólo un 10%… La mayoría de los jóvenes de aquí se dedica a la música, al arte, al teatro, incluso a la danza´, dice.
Queda muy poco para empezar a tocar y Trauma es el primer grupo de la noche, Harod y sus dos compañeros comienzan a prepararse.
¿Pero de dónde ha surgido el Ayni Rock?, se preguntan muchos de los asistentes al concierto. La respuesta la tiene Sergio Claros, ingeniero de sonido de 43 años que tras observar las nuevas expresiones de El Alto y visitar varios boliches de la urbe comenzó a darle vueltas a la idea de contribuir con algo, y pensó en un gran festival.
Entonces, nació el proyecto y se decidió a organizar una convocatoria y hacer audiciones en un pequeño teatro. Y fueron 20 los grupos que se apuntaron al casting, pero únicamente ocho los elegidos para grabar un CD y un DVD en vivo.
Uno de ellos fue Carlos Urbina, integrante de la banda Marqués de Sade, con un estilo cercano al heavy metal, con letras optimistas, dirigidas a la gente oprimida que sufre. Detrás de sus gafas y su pelo largo se esconde un gran músico que, con sólo 20 años, es capaz de tocar el teclado con una maestría y una habilidad asombrosas. ´La banda lleva un año y medio, somos amigos del colegio´.
Ellos, como Trauma, también están entusiasmados con el festival. Es una oportunidad única para los músicos alteños, en los que nadie había reparado hasta ahora, diamantes en bruto que se han ido puliendo gracias al esfuerzo de los técnicos que les han ayudado.
Con todo, el ingrediente principal en El Alto no sólo es la técnica o el estilo musical, sino también la ilusión, las ganas de transmitir ideas nuevas, que ayuden a salir de la marginalidad y la pobreza.
Comienza el espectáculo ´El Alto no es una ciudad de bandoleros, es una ciudad de creadores, de profundos creadores´. Son las palabras con las que comienza el espectáculo. La gente, en su mayoría jóvenes vestidos de negro, salta y grita con fuerza, esperando el momento de ver a algunas de las bandas más underground del panorama nacional.
Una luna redonda brilla sobre el escenario y humo gris comienza a extenderse por todos los rincones. Entonces, Trauma hace su aparición. Es un sonido oscuro, duro, acompañado por la voz rasgada y gutural de Harod. Y el público responde con saltos y aplausos.
Marqués de Sade, el segundo grupo de la noche, arranca con un sonido más suave, tintes rockeros, y una base de heavy metal. El bajo y la guitarra se juntan, y comienzan a moverse, acompasados, mientras Carlos Urbino, en la esquina del escenario, exalta la importancia de su teclado, que conforma las bases de la melodía.
Acto seguido, un conjunto invitado causa un revuelo diferente entre el público. Es Escoria, una formación con 15 años de experiencia en El Alto. Todos conocen sus letras, algunas en aymara. Hablan de la Pachamama, de la libertad y del pueblo . ´Para el pueblo lo que es del pueblo´, ese es su lema, que todos cantan a coro. Y acaban su actuación con una pregunta, tras la que todos aplauden: ´Cinco siglos de marginación, ¿cuánto más tendré que esperar?´.
Luego, debutan el resto de las bandas: A Ciegas, con un sonido más relajado, y Armadura, una banda heavy con un estilo tradicional: cabellos largos y ropa negra.
Cuando el concierto termina, son muchos los que piden más y más canciones, y Sergio Claros sonríe.
Al día siguiente se repite la aventura. Esta vez les toca el turno a Séneca, LP La Paz, Horda y Chamán. Dos grupos invitados, con bastantes años de experiencia sobre el escenario, amenizan el concierto. Son Estartor y Maga Blues Band, que hacen mover el esqueleto hasta al más tímido.
Y a la conclusión, la gente se marcha convencida de que a partir de ahora, en la noche cerrada de El Alto, brillarán muchas más estrellas.