El museo Rolando Costa Arduz, en la Facultad de Medicina de La Paz, hace un repaso por los momentos y los protagonistas en Bolivia de más de un siglo de la actividad de sanar gente.
Álex Ayala Ugarte • Fotos: Archivo Rolando Costa Arduz
Una autopsia realizada con traje y con bombín? Increíble, pero cierto. En una imagen de principios del siglo pasado, en el desaparecido hospital de Landaeta, los doctores Rodolfo Rada y Casto Orihuela examinan un cuerpo desconocido en compañía de Carlos Valenzuela, más conocido como El Chairo Valenzuela, que viste traje y bombín.
Tomas como ésta, que resumen el pasado de la medicina a modo de latidos en blanco y negro, son parte del museo Rolando Costa Arduz, ubicado en la Facultad de Medicina del barrio de Miraflores de la ciudad de La Paz, donde más de 700 fotografías dan una idea de las andanzas de los matasanos bolivianos.
Así, pasajes como la Guerra del Pacífico, con bigotudos médicos que usaban gorras como de maquinista, y la Guerra del Chaco, con sus ambulancias móviles, forman parte de este repositorio que trata de mostrar cómo era antes el oficio.
Los primeros hospitales La voz grave de Rolando Costa Arduz, responsable de esta iniciativa, es la mejor guía dentro del museo.
Con 74 años a sus espaldas, su barba, bien cortada y llena de blancos y grises, es pura presencia, su rostro se completa con lentes de estudioso y viste de forma clásica.
Muy distinto a él se veían, sin embargo, los médicos de antaño, de principios del siglo pasado, cuando eran conocidos como románticos. “Engalanados con chalecos de fantasía, una flor en el ojal de la pechera, reloj con cadena y con la cabeza cubierta por pajizos y bombines mostraban la importancia de las prendas para dar cuenta de la jerarquía social de su posición”, rescata el doctor Costa.
Eran los profesionales que atendían en los hospitales Landaeta y Loayza, los primeros que hubo en La Paz, que deben su nombre a los mecenas que los financiaron. “El primero comenzó a funcionar en 1664 y el segundo 150 años después, ambos gestionados en sus inicios por órdenes religiosas como la de los juandedianos o la de las hermanas italianas de Santa Ana”.
Y en el número 125 del Perú Ilustrado, de 1889, se puede observar un dibujo de la calle San Juan de Dios, que en su tiempo era conocida como “la calle de los hospitales”.
Los mismos, mientras tanto, estaban divididos en secciones para mestizos, indígenas, enfermos incurables, enfermedades infecciosas...
La importancia de Miraflores Con todo, no fue hasta la conformación del hospital de Miraflores, cuya historia se recoge en el museo, que se dio un paso de gigantes en cuanto a la atención a los pacientes.
“En una extensión de más de ocho hectáreas comenzó con 600 camas —cinco lechos por cada 1.000 habitantes, lo recomendable para la época—, seis pabellones de medicina, cinco de cirugía, uno para niños, seis para contagiosos, dos para pagantes de primera y de segunda, un área de maternidad, un pabellón para baños, hidroterapia y electroterapia y los lugares destinados para servicios generales, cocina, lavandería...”, acota el doctor.
Obra del arquitecto Emilio Villanueva, el hospital se inauguró en 1918. “Se escogió Miraflores por no sufrir aglomeraciones urbanas y ser un lugar de fácil accesibilidad”.
Aunque no menos importante fue el Liceo de Señoritas La Paz, creado el año 1917, pues allá, de la mano del doctor Juan Manuel Balcázar, se graduó la primera generación de enfermeras de la ciudad.
A la par, el Colegio de Medicina, fundado en 1834, iba formando profesionales. “Su primera sede fue el local donde hoy está el colegio Ayacucho. Posteriormente funcionó en otro lugar de la calle Indaburo y en el edificio White House de El Prado, por citar algunos sitios. “Hasta que gracias a la donación de José María Gamarra se trasladó a Miraflores, donde se ubica actualmente”.
Un sinfín de curiosidades Además de fotografías que hacen un repaso por los cambios que se han ido produciendo a lo largo de la historia, en el museo se muestran otras que, aun formando parte de acontecimientos que fueron clave para el país, rozan lo anecdótico.
Entre ellas, la de los participantes del cuerpo de ambulancias de la Guerra del Pacífico, dirigidos por Zenón Dalence, organizado en 1880 para auxiliar a los soldados. Y en parecida escena aparece años más tarde el doctor Quintanilla Quiroga, atendiendo una unidad móvil que evacuaba a los heridos.
Otras imágenes, en una tónica diferente, ofrecen poses más cotidianas. Tal es el caso del primer consultorio odontológico de La Paz, lleno de médicos, en el que el paciente parece estar sufriendo un auténtico suplicio. Con una estética similar, un anuncio del oculista Gustavo Carvajal da fe de las bondades de su servicio oftalmológico.
Por otra parte, hacerse fotos como de familia a la entrada de los hospitales era una práctica común entre las promociones de médicos. Pero la más espectacular toma conjunta que se conoce pertenece al Primer Congreso Médico Nacional, que se llevó a cabo en La Paz a finales de diciembre del año 1939.
Un grupo de caricaturas, con los médicos más destacados de cada década, se suma a la colección.
Galería de personajes Sin embargo, si de personajes y personalidades de la medicina se trata, no hay nada como la galería de retratos del valioso repositorio.
Allí tienen cabida desde rectores y vicerrectores de la Carrera de Medicina hasta los ministros del área, cuyo cargo ha recibido distintos calificativos a lo largo de la historia. “Ha habido desde ministerio de Trabajo, Previsión Social, Higiene y Salubridad, por poner un ejemplo, hasta el actual Ministerio de Salud y Deporte”, dice Costa Arduz.
Precisamente, la titular de este último, Nila Heredia, tiene un lugar destacado en el museo. “Su foto, de hace algunos lustros, corresponde a la época en que fue vicerrectora”.
Otra serie significativa refleja al séptimo curso de medicina de 1969, importante porque algunos de sus integrantes formaron parte después de la famosa guerrilla de Teoponte.
Los miembros, en diferentes épocas, de la Sociedad de Cirugía de La Paz, el Servicio Médico Forense, la Sociedad de Historia de la Medicina o la Sociedad Boliviana de Urología, entre otros, también tienen su espacio, así como los primeros representantes de la Confederación Médica Sindical de Bolivia, conocidos, según Costa, “por ayudar a los mineros de Huanuni tras la masacre de San Juan”.
Entre los ilustres, mientras tanto, están Loayza y los Landaeta —padre e hijo—. De estos últimos, el repositorio exhibe la reproducción de dos pinturas de Diego del Carpio, de fines del siglo XVIII, que se conservan aún en buen estado en el museo sacro de la catedral.
“Y no hay que olvidar tampoco a otra gente de talento como Natalio Aramayo —apunta Costa—, docente que con 45 años de servicio fue uno de los que más tiempo dedicó a la educación en la facultad”.
Tras estas palabras, el doctor Costa desvía su atención hacia unas cajas. Son imágenes enmarcadas que ilustran los momentos cumbre de la medicina mundial. Todavía sin tener un espacio definido para ellas, el médico paceño ya las alista. Y luego comenta: “No sé por qué el museo lleva mi nombre, si aún no me he muerto”.
El perfil
Con 74 años y docente desde hace casi 40, Rolando Costa Arduz es el mentor del museo que hoy lleva su nombre, ubicado en la Facultad de Medicina de Miraflores. En él, más de 700 fotografías hacen un repaso por la historia de la medicina en Bolivia, tanto en lo referente a los docentes, rectores y vicerrectores de la universidad como a todo aquello que está vinculado con la construcción de los hospitales y con la participación del sector médico en las dos guerras más famosas que el país libró en los últimos tiempos: la Guerra del Pacífico y la Guerra del Chaco. Hoy, Costa es asistido en el repositorio por Raúl Braulio Fuentes, que trabaja en la facultad. Además de ser protagonista en este esfuerzo por recuperar la memoria, Rolando ha sido vicerrector de la carrera en dos oportunidades, ha dirigido la Sociedad Boliviana de Historia de la Medicina y ha sido ejecutivo de la Confederación Médica Sindical de Bolivia. También ha publicado 38 libros —varios de cuentos—, amén de contar con un sinfín de materiales todavía inéditos, y ha dirigido una revista médica durante 156 números. Por otro lado, Rolando Costa fue médico y amigo personal del escritor paceño Jaime Saenz.