Las danzas, cientos de especies de orquídeas, la música, el arte sacro y la arquitectura hacen de la región un lugar ideal para perderse.
Inés Ruiz del Árbol • Fotos: Pedro Laguna
Crear el cielo en la tierra. Ese era el objetivo de los jesuitas españoles que llegaron a la selva boliviana a finales del siglo XVII. Quizá embriagados por la belleza natural del entorno, los misioneros construyeron en este lugar la ´Ciudad de Dios´, escenario de una pacífica evangelización y civilización de las poblaciones nativas de la selva. Pero las misiones jesuíticas permanecieron en la Chiquitania menos de un siglo, tiempo en el que formaron sociedades ordenadas donde se utilizaba la música, el baile, la pintura y la escultura para alabar al Señor.
Este rico legado de bellezas artísticas y naturales ha permanecido casi oculto a ojos de los viajeros durante siglos. Y es ahora, gracias al reciente relanzamiento de la Chiquitania como destino turístico, cuando se exhiben al mundo las maravillas que hacen de esta región un lugar mágico, marcado por las huellas de la historia, la música y una singular arquitectura.
Las partituras de San Javier
El eco de la música resuena por toda la iglesia, llegando hasta los recovecos más escondidos y alejados, impregnados aún por el olor de antaño. San Javier danza al ritmo de los violonchelos, los violines, las flautas y el órgano, que acompaña al coro de los jóvenes chiquitanos.
Las voces profundas de los chicos del coro, vestidos de blanco e interpretando música barroca, y el tono dulce y suave de las chicas, ataviadas con el mismo color, crean una atmósfera diferente en todo el pueblo, iluminando la noche.
En esta población, de 15.000 habitantes, se acaba de crear una escuela de música con un extenso repertorio, extraído de los valiosos archivos misionales. Y son ya más de 70 los alumnos que trabajan duro en esta escuela para conseguir que las raíces de su música se extiendan por Bolivia y a otros países.
La música barroca tiene una importancia fundamental en esta región, pues es la pieza clave que enlaza el presente con el pasado de las misiones jesuíticas, donde se configuró la esencia de lo que ahora son los pueblos chiquitanos.
La música era en el pasado un instrumento fundamental para la proclamación del Evangelio, y los jesuitas la usaron para acercarse al pueblo y hacerlo más partícipe de la vida de la iglesia. Pero lo que más sorprendió a los españoles es que se encontraron con un pueblo excepcionalmente dotado para la música, lo que hizo que este arte se desarrollara rápidamente en todas y cada una de sus manifestaciones, ya fueran corales o instrumentales.
Fue durante la restauración de los templos de la región que se hizo uno de los descubrimientos más trascendentales para la historia de Bolivia, pues entre los materiales polvorientos y los altares semiderruidos se encontraron cientos de partituras de la música misional.
Hoy, todo este valioso material descansa en el Archivo Musical de Concepción, para evitar que caiga en el olvido. Este archivo cuenta con alrededor de 5.500 páginas de manuscritos musicales escritos en latín, guaraní, español e italiano.
Para difundirlo se cuenta con el Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana ´Misiones de Chiquitos´, que lleva funcionando desde el año 1996 y se celebra cada dos años, del 27 de abril al 7 de mayo.
Las orquídeas de Concepción
El pueblo de Concepción amanece lentamente, luminoso, al ritmo de la intensa romería que anuncia la Gran Fiesta del Santo Patrono.
La rutina y el sol se adueñan poco a poco de las calles y, más allá, a lo lejos, de las serranías y llanuras chiquitanas. Y en este ritual matutino, del que nada ni nadie queda exento, los bosques de Concepción tienen una invitada de honor. Se trata de la orquídea, una delicada flor que cuenta con más de 120 especies en la zona.
Su diversidad de colores, violetas, rojos, amarillos, naranjas y blancos, sus formas redondeadas o en campana, sus tamaños diversos y sus texturas, suaves o rugosas, han convertido a Concepción en el santuario de la orquídea, con más de 10.000 especies distintas, y escenario del Festival Nacional de la Orquídea, que se celebra cada año.
San Ignacio, riqueza natural
Dice la leyenda que quien bebe agua de la laguna de Guapomó regresa a San Ignacio, y regresa para quedarse, siempre. Eso parecen susurrar sus aguas, en un balanceo constante de azules cristalinos.
Este mítico embalse, que cuenta con aproximadamente 20 millones de metros cúbicos de agua, no sólo abastece a la población chiquitana, sino que también es un escenario apto para la navegación, la pesca deportiva y la natación y fuente de ingresos de la zona.
Muy cerca de este idílico paraje se encuentran las Cuevas del Yeso, escondidas entre una frondosa vegetación de árboles como el morado o el soto, con cuya madera se fabrican las columnas de las iglesias chiquitanas. Dentro de la cueva desciende la temperatura y los colores se confunden para formar un blanco brillante, el color del caolín.
Este material se utilizaba para blanquear y decorar las viviendas el día de la fiesta patronal, celebrada el 31 de julio. Pero no es su único uso, pues ahora se emplea para la producción de cerámica.
La madera de San Miguel
Pasear por San Miguel es encontrar el arte y la cultura chiquitanas en su máxima expresión. Danzas, gastronomía y naturaleza se entremezclan para conformar la fisonomía de un pueblo particular, lleno de encantos para no perderse.
Pero, sin duda, lo que más destaca de esta población cruceña son sus talleres de madera, donde cada día se trabaja para crear el imaginario religioso más importante de la región. En estos talleres se trabaja sobre todo la madera de cedro y roble, muy abundante en la zona y que ayuda a que la calidad de los tallados sea superior.
Las nuevas creaciones de los artesanos, que van desde retablos, guirnaldas de flores hasta figuras religiosas y crucifijos, descansan en las esquinas de los talleres, esperando ser decoradas con pintura de ocre. Y todos los artesanos trabajan despacio, descubriendo poco a poco un torso, unas manos, una figura... y diferentes objetos de veneración para cientos de fieles.
Las danzas de San Rafael
Cuando las calles de San Rafael se visten de fiesta, tambores y flautas anuncian la danza del cántaro de chicha, justo al frente a la iglesia.
Entonces, cinco mujeres vestidas de blanco, con sombreros de paja y bordados verdes, rojos y amarillos bailan frente a unos cántaros de arcilla. Es un homenaje a la chicha, una bebida nutritiva y muy típica de la región. El ritual es sencillo, pero lleno de sentido y ritmo. Toman el recipiente, giran con él y se mueven acompasadas de derecha a izquierda. Mantienen el paso, retroceden y vuelven a tomar el cántaro. Las cinco sonríen. Y así solicitan la mejor de las cosechas.
Luego, viene el baile de los yarituses, protagonizado por hombres vestidos con pantalón de lienzo y cubiertos con sábanas de colores. En las rodillas llevan semillas para dar sonoridad a la danza, que se originó para venerar la figura del dios Pillo, un cazador muy astuto.
Santa Ana y su viejo órgano
Es de noche, pero en Santa Ana parece ser pleno día. El templo está completamente iluminado y cientos de personas se agolpan frente a la puerta para escuchar el concierto de órgano, uno de los pocos instrumentos que se conservan de la época misional, tras haber sido escondido en la selva y haber estado 80 años en desuso.
La música resuena por todo el templo que, aunque pequeño, posee la acústica propia de las grandes catedrales. Es por eso que ésta es una de las sedes del Festival de Música Barroca y Renacentista.
La iglesia de Santa Ana, por su parte, se construyó en 1767, con paredes de adobe y techo de paja. Estas paredes están reforzadas con una mezcla de barro, ceniza, caolín y mica, y la sencillez decorativa convierte al templo en uno de los más hermosos de la región, por la increíble mezcla del arte misional con la belleza del poder indígena.
San José y la piedra
Después de caminar por los pueblos de la ruta jesuítica, el viajero descubrirá que es en San José de Chiquitos donde existe el único templo construido en piedra de la región, por la existencia de piedra laja y cal en los alrededores. Así sus tonos tostados, ocres y amarillos dan un toque distinto a San José, que siempre recibe a todos sus visitantes con los brazos abiertos.
En la construcción de la iglesia participaron más de 5.000 indígenas, que realizaron el trabajo entre 1697 y 1760. Y es por su valor histórico por lo que fue declarada, junto con otras de la ruta, Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, haciendo notar que las misiones y la selva que las rodea son el lugar idóneo para perderse, y quizás para no regresar nunca.