No sólo para Santa Cruz, sino para todo el país, lo del Mutún es de importancia crucial. No sólo la racionalidad sino también la prudencia exigen que no se demore demasiado el proceso de licitación para la explotación y posterior industrialización del hierro que atesoran los yacimientos con aquel nombre.
En circunstancias de mercado internacional tan favorables para las exportaciones bolivianas, a Bolivia le urge enganchar nuevos vagones a su convoy productivo. Debe asegurarse que estos le garanticen réditos seguros, dentro de un régimen de concesiones que marque un adecuado equilibrio entre los intereses del Estado y los de las empresas adjudicatarias. Y que se concilie, además, con los principios constitucionales vigentes en la materia.
Pero racionalidad y prudencia, en el caso, tienen que ver también con algo tan importante como lo anteriormente remarcado. Se trata de la necesidad de preservar el acervo forestal que rodea al Pantanal y cubre extensas zonas de la parte este del departamento de Santa Cruz.
Expondríamos a obvios y graves riesgos de desertización a tan valioso patrimonio forestal si consentimos que en vez de gas se utilice carbón vegetal como combustible en los respectivos hornos de fundición. En Bolivia, lamentablemente, la tendencia a la ganancia fácil le dobló la mano a la normativa sobre manejo sostenible del bosque. Son muy pocas las empresas que se atienen a ella en la explotación forestal. Lo normal es que sólo queden claros cada vez más extensos en zonas remecidas por el bramido de las motosierras. Entre nosotros, la destrucción de la floresta no asume aún las proporciones catastróficas que acredita en el Brasil. Aún tenemos selva amazónica virgen que es la envidia de ecologistas de otras partes del mundo, pero ya se halla crecientemente avasallada por toda clase de depredadores. Algo que alarma, por cierto, si se considera los efectos negativos de la desertización en el régimen pluvial y la fertilidad de la tierra.
Ambas contingencias impiden un desarrollo sostenible, tanto en la agropecuaria como en la actividad forestal. Lo peor es que equivalen a cerrazón de horizontes para la propia industria turística. Ésta, conviene destacarlo, tiene en el Pantanal boliviano, un verdadero paraíso natural, grandes posibilidades de desarrollo.
Claro, lo del carbón vegetal como combustible en los hornos de fundición de la empresa brasileña causante indirecta de la tremolina que tuvo lugar en Puerto Suárez (tres ministros de Estado mantenidos como rehenes y vejados de diferentes maneras, al estilo impuesto por los que hoy gobiernan ) asegura empleo para algo más de 200 personas.
Pero a cambio de sólo 200 pegas no se puede enajenar un futuro de desarrollo sostenible para la región cruceña. La opción del carbón vegetal como combustible debe ser totalmente descartada.
*Mario Rueda Peña es abogado y periodista.
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