Ha bastado un año para que el papa Ratzinger haya desbaratado todos los pronósticos periodísticos negativos que se habían urdido injustamente a su alrededor, dando por imposible la elección de quien fue por muchos años presidente de la Congregación de la Doctrina de la Fe. El cardenal alemán ´gozaba´ entonces de lo que llamamos mala prensa. Incluso apoyada por algunos católicos considerados ´progres´. Tampoco él mismo imaginaba que sería llamado al trono pontificio. Hubiese preferido dedicarse a pensar y a escribir sobre lo que fue su especialidad durante toda su vida, la Teología y, más concretamente proyectaba escribir un libro que titularía El Señor. Pero ese mismo Señor le tenía preparado otro destino. Y parece que el Espíritu Santo no tuvo mucho trabajo que hacer porque Ratzinger fue elegido con una rapidez sorprendente para suceder al gran pontífice que fue Juan Pablo II. Los cardenales del cónclave vieron en el cardenal alemán su gran capacidad intelectual, moral y religiosa.
Permitiéndome una consideración más bien superficial: si el rudo pescador Cefas, rebautizado Pedro, recibió el mandato de Jesús: ´Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia´, ¿por qué no elegir como sucesor a un sabio teólogo, universitario y profundamente conocedor del pensamiento que revolotea, más incierto que seguro, en toda la historia de la humanidad y en los distintos ámbitos del mundo actual, y estudioso por largos años de la doctrina de la fe?
Una vez consagrado sucesor de San Pedro con el título de Benedicto XVI, sus actuaciones lo han mostrado como el hombre humilde y prudente, abierto a la gente común así como a los representantes de otras confesiones. Exactamente todo lo contrario de la rigidez y autoritarismo que quisieron atribuirle. Ciertamente que su actividad no es la misma que la del incansable viajero, su antecesor, Juan Pablo II, pero sí refleja en su rostro la misma serenidad del espíritu, el gesto discretamente sonriente de los hombres de paz interna, seguro de contar con el respaldo de quien le asignó la difícil carga de regir la Iglesia universal y ofrecer al mundo entero su mensaje de fraternidad y paz.
La personalidad del papa Ratzinger se destaca en forma tanto más oportuna y necesaria, aun para los no creyentes, en un mundo desnortado, confuso y amenazado por los odios y las guerras. Su primera encíclica, Deus Caritas Est proyecta al mundo entero el misterio del amor de Dios a los hombres y la respuesta de amor que el hombre debe dar a Dios y a los hermanos.
El depósito de la fe tiene necesidad de ser preservado de las contaminaciones que la amenazan en el curso del tiempo y con los cambios de las ideas, costumbres y los grandes descubrimientos de la ciencia. Ocurrió, por ejemplo, en los años más extremos de la Teología de la Liberación. Algunos de sus promotores más radicales, sin duda bien intencionados frente a la injusticia social en todo el mundo, buscaron solucionarla introduciendo ideas materialistas marxistas. Ratzinger, hombre de una vasta cultura, tanto secular como teológica y conocedor profundo de la historia de los movimientos ideológicos de la humanidad, salió al paso con un documento clarividente en el que establecía las fronteras entre la recta doctrina de Jesús y las confusiones que torcían su auténtica interpretación. Ésta fue una de las causas determinantes de la mala prensa que tuvo el cardenal defensor de la fe.
El año de pontificado transcurrido asegura a la Iglesia una conducción sabia y serena.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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